jueves, 18 de agosto de 2022

El progreso de la escuela no ha garantizado una sociedad igualitaria. ¿Qué rol hemos y estamos jugando los educadores?

 


Emilio Tenti Fanfani. La escuela bajo sospecha: Sociología progresista y crítica para pensar la educación para todos. Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2021. Libro digital.

He sabido de este autor por otro libro que revisé hace tiempo, por artículos que leí, conferencias dictadas anidadas en YouTube; sé que es sociólogo, que tiene una amplia trayectoria por el mundo de las políticas educativas mundiales aportando ideas importantes sobre la educación, como la del “oficio docente”.

Al comienzo de la lectura, sentí desencanto, y no entendía la causa, pues no es un libro con lenguaje complejo, el autor se esforzó por situarlo en nuestro mundo, pretende comunicarse con nosotros, todo lo que dice, nos compete, por ello, necesita ser leído, pero ese comienzo me causó cierto tedio que enlenteció la lectura. Y tuve que preguntarme ¿Por qué mi actitud?  Así que tuve la tarea de pensar, por qué esta primera relación con tan importante libro me detenía, y a la par, avanzando en la lectura.

Terminada la lectura, puedo pensar en su tesis de “la escuela bajo sospecha”, que alude a una escuela en falta, que no ha logrado cumplir sus promesas de disminuir las desigualdades sociales, lo cual, se ha vuelto evidente.  Por ello, en la primera tercera parte del libro, se enfoca en explicar esta la paradoja de que, contando con una población más escolarizada, con más títulos, el progreso de las personas, la dignidad humana, va en retroceso, que no existe esa correlación de fuerzas entre desarrollo educativo y desarrollo social.

Para ahondar en el fenómeno, toca varios puntos, como la creciente credencialización escolar, población con más y más grados, como se cuenta con un sistema de evaluación que fiscaliza la educación más que formar, la lógica meritocrática que pones a todos a luchar por el progreso en desiguales oportunidades, el pobre en la escuela pobre, el rico, en escuelas de su nivel, etc., dándose un circulo vicioso de reproducción de desigualdades en la misma escuela que promete progreso, desarrollo, bienestar desde la tutela de un Estado que falla.  Pero no se queda ahí, su mirada se magnifica hacia lo social, pues reconoce que dar garantías de ciudadanía justa, no solo es tarea de la escuela, se adentra por lo social, y desde conceptos como capital cultural analiza lo que puede hacer o no la escuela frente a esta situación, y nos dice algo que los maestros sabemos muy bien, que aprender no es por decreto, que exige esfuerzo, tiempo, condiciones y si no se piensa en estas diferencias que aporta el capital de cada sujeto, la educación fracasa, pues parte de estándares que no todos poseen dadas las realidades de sus primeros años, como lo es familia, cuyo desigual capital cultural, en la escuela, se reproduce, ahondando la marginación, y esto favorece la desigualdad social.

Este decir, es claro, bien argumentado desde conceptos de la sociología de Bourdieu, Durkheim, y otros importantes autores, que nosotros los maestros apenas conocemos, pero sabemos que nuestro autor sí.  Con tales aportes, profundiza para encontrarse con la existencia de la clase dominante, esa que toma las decisiones, la que atrapada en las lógicas tecnocráticas y economicistas de la época, toma decisiones injustas sobre los dominados, y en especial sobre la educación actual, lo cual, trajo y traerá severos costos sociales que obnubilada en su poderío y creencia de progreso, va dejando una estela de marginación, de exclusión, de graves problemas sociales que si bien existían, cada vez se agudizan más.

Y bien, esta parte, pienso, nos es familiar, tal vez de oídas, leída, sabemos de esto, ¿cómo? Por ser profesores, dada nuestra condición laboral, nos hemos situado en el lado de los excluidos, marginados.  Sentirnos de este lado, pienso, a reserva de pensarlo mejor, nos lleva a responder a “botepronto” y sin mucha reflexión, sin una argumentación sistemática, como esta que se hace aquí, y quedamos atrapados en la “lógica del marginado”, y ahí, nos arrinconamos rumiando nuestras emociones y sentimientos frente a una realidad que nos achica en medio de discursos que nos vuelven un mito del bienestar humano.

Entonces, caí en cuenta que esta parte tiene que ver con mi desagrado porque me volvió a esos “saberes”, a estas ideas que no se piensan, pero que sentimos, que vivimos, y desde ahí, invadidos por los emocional, hacemos cosas mínimas, propias de los usos y costumbre de la resistencia magisterial.  Si, pienso que no me gustó ese llevarme al lugar de los excluidos, porque movilizó lo que me inmoviliza, entonces, se activó la resistencia.

Con la lectura hecha, es imposible negar lo ahí planteado, es cierto que se vive una educación sumergida en un mundo que la utiliza de acuerdo a las fuerzas hegemónicas, a las tendencias, a los argumentos de quienes tienen poder de decisión sobre otros dadas la formas de participación regulada, eso no lo rebato, pero me pregunto, ¿No podemos abrir otros ángulos de reflexión? ¿Será posible analizar este presente para reconocer las fuerzas que precisamente hegemonizan, pero sin esta dualidad de dominantes y dominados? He aprendido con base a otros textos, que todos participamos, desde los actos más cotidianos y simples en la construcción de la realidad, todos hacemos las historias, de las cuales, unas hegemonizan más que otras, pero articuladas forjan el todo social, el sentido de la época, entonces, si todos jugamos un rol ¿Qué estamos haciendo para ser parte de los dominados? ¿Qué podemos dejar de hacer desde nuestras míseras vidas cotidianas para dar giros a esas fuerzas hegemónicas? ¿Cómo podemos cambiar nuestra participación decretada por una partición despierta, informada, atenta? Me resistí a verme entre los dominados sin opción de hacer algo, cuando sé que lo puedo hacer desde mi cotidianidad docente. 

Sé que no puedo rebatir las verdades que analiza, son ciertas, pero no me agrada el lugar que en esa realidad se me otorga, y apelo a “nuestro-poder”, ese concepto acuñado por Foucault que nos revaloriza como sujetos, Foucault nos dijo que todos ejercemos el poder, lo hacemos de instante a instante; luego entendí que todos somos “ámbitos de sentidos” al leer a Zemelman, y también, que todos tenemos resortes desconocidos en el inconsciente que nos lanzan a vivir situaciones inéditas como lo planteó Freud, comprendo ahora que somos “fuerzas vivas”, y que nos desplegamos en esos lugares sociales, llenos de dispositivos de poder, unos más poderosos que otros que pretenden controlar nuestro-poder,  pretenden gobernar nuestra subjetividad, y concuerdo, logran algo, pero no del todo, en esta explosión de vida que somos ¿cuántas decisiones tomamos que quedan fuera de ese control?

Pienso que somos ingobernables del todo, cada uno toma decisiones, orientadas por esa parte iluminada y oscura en nosotros, tenemos un poder íntimo que ejercemos, salvo que la forma de gobierno sea muy castrante, que también existe, y no pretendo hacer apología del sujeto, no, solo digo que las personas, en esta capacidad de optar, tomamos caminos, atajos, veredas, de acuerdo a nuestros deseos, necesidades, intereses, somos de lo más impredecibles… la subjetividad humana es un campo aún muy oscuro, lleno de revelaciones de quienes somos.  Si solo nos situamos en ese lugar de dominados, refugiados en esa verdad a medias, en nuestra ignorancia, apoyamos esas fuerzas, por lo tanto, hay que buscar y conocer esos dispositivos de poder que se nos imponen y de los cuales participamos, para transformarlos desde nuestro propio poder reorientado.

Esta es la forma en que puedo comprender mi enfado en la primera parte del libro.  Y me alegro haber resistido y terminar el libro, del cual pude abrevar un mundo de ideas sobre el aprendizaje, la familia, cómo nos piensa a los maestros, eso del “oficio docente” da muchas pistas sobre lo que nos aporta una identidad, aunque para mi gusto, cree demasiado en nosotros, deja de lado esto de la subjetividad docente que emana para todos lados y sospecho que él la ve marchar para el lado esperado, que existe un deber en su mirada, cuando nosotros, podemos tomar un caminos inesperados.  A veces sospecho, que hablar sobre nosotros, siempre se encuentra con una la mirada desde el deber ser, nunca sobre el humano terrenal que somos.

Este libro, nos resitúa en la realidad, nos lleva a mirar una escuela en falta, y nos ayuda a reconocer diversas dimensiones del problema que vivimos como educadores; aporta información valiosa que necesitamos para despabilarnos, y mejor informados reconocer nuestro lugar, qué estamos haciendo en favor o en contra de esta hegemonía de fuerzas económicas, culturas, científicas, tecnológicas, de lenguaje, históricas, etc.

Definitivamente, es un libro que amerita ser leído y cada quien hablará de su experiencia de hacerla, la mía fue una batalla resistiendo a esa forma de pensar que conocí desde los 80s, cuando me inicié en esto de las lecturas al volverme docente a nivel superior, leer sobre estas cosas era el pan de cada día, y reconozco que quedé atrapada, hablé de esos poderes fácticos que se nos imponen, y la necesidad de luchar contra ellos. Ahí estuve, y no supe cómo me zafé de eso (y quien sabe si siga allí), tal vez han influido los libros leídos, o la docencia libre en la Maestría Formación Docente, la historia personal, la formación, etc., las tesis de maestría, y doctorado que escribí, que siempre orienté hacia el problema del sujeto, reconociéndole ahí, un poder, que ahora puedo pensar mejor.   

Hoy, pienso (y con miles de dudas), que estamos en las manos de nosotros mismos, lo que me causa terror, porque nos resitúa en la ley de la selva, y viene la idea de “ética-estética” de Maffesoli, y tranquiliza, y es que desde ese lugar apenas conocido llamado subjetividad, somos capaces de hacer las cosas más divinas, como las más infames, pues siempre nos cuidamos de no caer en disonancias cognitivas que nos confronten, y desde ese criterio de autocuidado, siempre tendremos la razón hagamos lo que hagamos.

Maestros, maestras, maestres, hay que leer este libro.  Al normalismo (los estudiantes) le caería muy bien.  Y así como leemos a este autor, que mucho nos ayuda con sus análisis, hay que leer otros más, leer, créanme, nos ayuda a asomarnos a nosotros mismos, nos permite reconocer “eso-desconocido” que somos, con las lecturas nos aproximaremos a nuestro potencial, a reconocer que somos una fuerza pura, ese “ámbito de sentido” que dice Zemelman, y que siempre se espera sea bueno para lo social, pero si no lo es, cuando menos aflora, lo podemos pensar y analizar, saber qué tan peligrosos podemos ser desde nuestro hacer. 

Pero insisto, NO hay que hacer apología de nosotros mismos, somos un océano lleno de misterios…