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lunes, 11 de julio de 2016

Ética y docencia. Una relación que necesita ser reflexionada.



Los valores éticos de la docencia del siglo XXI[1]

Luz Divina Trujillo[2]


Espero que este decir, corresponda con las expectativas esperadas en el contexto de este evento tan importante por hecho impulsar la reflexión sobre el ser y hacer docente, pues existe la tendencia enfocar la mirada en los objetos a utilizar en la educación, como el currículo por ejemplo, pero poco en los sujetos, en su ser y hacer que se despliega en el acto de docencia, donde invariablemente se vive la ética.

Quiero partir de esta frase expresada Umberto Eco, “la dimensión ética empieza cuando entra en escena el otro”[3] y con ello abre una reflexión sobre la ética a partir del lugar que tienen los otros en  el despliegue de nosotros mismos, es decir, siempre buscamos el rostro del otro cercano a nosotros, para así, impulsar  nuestra humanidad, prueba de ello lo tenemos con la historia de Tarzán, quien siendo humano, busca la cara del mono, y  desde este referente se despliega hasta donde ése otro (el mono), le permite.

Inicio con ella, porque la profesión docente, sucede en esta relación de otredad, ya nos los dijo Freire, “no hay docente sin dicente”[4], esto es, que el maestro, maestra, solo existe, porque un “otro”, el alumno le permite tomar ese lugar, de esta manera, estamos en la misma escena pedagógica, viviendo actos éticos.

¿Pero qué es la ética?  Si buscamos una definición, y recurrimos a un diccionario pronto veríamos que se trata de rama de la filosofía que revisa el  comportamiento moral de los hombres en sociedad, que la ética es el campo de ideas propias para la reflexión de la conducta de la persona en cualquier ámbito de su vida. 

Por tanto nosotros los maestros, personas morales, tenemos modos de comportamiento en el ámbito personal y profesional, y por ello, tenemos una conducta ética en cada uno de las situaciones que vivimos en el acto docente, mismo que necesitamos pensar, urge darnos este momento para revisar su pertinencia.

Y tendremos que iniciar por reconocer que hablar de lo ético no es fácil, que  reflexionar los modos de comportamiento educativo más cotidiano, donde se viven esas escenas fundantes de las que habla Eco, no es suficiente con una definición, que ésta no alcanza para abarcar tanta realidad.

Necesitamos de otros planteamientos, por ello, la afirmación de Umberto Eco, “la dimensión ética empieza cuando entra en escena el otro”, ayuda la mostrarnos la situación cara a cara donde unos y otros nos comportamos, nos permite asomarnos y ver quién somos y qué hacemos ahí, en lo vivo, donde la docencia, es invariablemente un acto ético que exige una mirada poderosas para desentrañar lo que ahí acontece.

Así, Ética y Docencia se entrelazan, forman una argamasa.  Son dos palabras que se dicen con cierta facilidad, nos son cotidianas, pero hablar de ellas, argumentarlas no es sencillo, pues son dos conceptos cargados de historia, de experiencia, de miradas teóricas, y que sobre todo, los que estamos aquí, (y los que no también) los existimos en un entorno social, político, económico que se dibuja y desdibuja trazo tras trazo, dando lugar a una época que como afirma Bauman, no se había sentido antes, nos dice que lo que nos acontece hoy día no es como los

“los cambios del pasado.  En ningún otro punto de inflexión de la historia humana los educadores debieron afrontar un desafío estrictamente comparable... Sencillamente, nunca antes estuvimos en una situación semejante… debemos aprender el aún más difícil arte de preparar a las próximas generaciones para vivir en semejante mundo[5]

Somos parte de un contexto sociohistórico, fuera de serie donde los  maestros y maestras somos demandados hacia un cierto actuar pedagógico sin mediar excusas, y ahí, en ese ser y hacer diario, en un estira y estira, hacemos la educación, asumiendo –conscientes o no-, la responsabilidad de formar a la nueva generación; a una generación que necesita ser capaz de colocarse en este mundo globalizado, neoliberal y tecnologizado, una generación que necesita conocer la naciente realidad llamada posmoderna, donde las transformaciones sociales, culturales y ambientales no cesan ni cesarán al ser invadidas por una velocidad acelerada, por una urgencia del cambio que irrumpe nuestra noción de tiempo lineal al situarnos frente a  futuros que no se sienten lejanos, sino muy próximos, tanto que asusta pensar, si la noción de tiempo que aplicamos a la formación actual, corresponde al aceleramiento del tiempo-espacio posmoderno.

Es innegable que este tiempo social nos coloca en situaciones límites, de sobrevivencia, por tanto se necesita una formación que nos ayude a comprender y afrontar los  nuevos retos sociohistóricos, desde comportamientos profundamente conscientes de lo que impulsan, pues la responsabilidad es enorme.

Y no se trata de juzgar, de decir que nuestra ética docente es correcta o no lo es, No, se trata de comprender la magnitud del desafío, de estar atentos a los resultados formativos a que damos lugar y lanzamos al futuro, para así, hacernos cargo de ellos, sabiendo qué, por qué, para qué hacemos lo que hacemos hoy, si se necesita mañana o no.  
Y cuando afirmo “hacer lo que se necesita” no me refiero a “hacer lo que se debe hacer” porque si pensamos así, desde un deber ser instalado en nuestra cabeza, si nos esforzamos por cumplirlo, estamos trabajando por un ideal, que tiene su origen en ideas pretéritas, que viene de un pasado donde ya han funcionado, o de otros espacios ajenos donde se ha aplicado, y ahora deseamos se vuelva a  repetir, y si insistimos, nos daremos de topes contra la pared, porque ese ayer no es hoy, sino que hoy, es un tiempo muy distinto, saturado de nuevas situaciones donde urge comprenderlas, reconocer lo que está naciendo, y hacer eso que se necesita para impulsarlas porque sabemos que son buenas societalmente. Se trata de impulsar lo que es mejor, y así, se frene lo que pueda lastimar el tejido social. 

Al hacer lo que se necesita, apelamos a la idea de  Freire sobre lo “inédito viable”[6], cuyo sentido es atender la esperanza de un mundo mejor y posible, por tanto, eso que es posible hacer, se torna un motor de búsqueda que facilita el desarrollo de lo alternativo, pero esta construcción exige un esfuerzo intelectual, ético, social, lo cual es un desafío histórico, y que vive toda generación a cargo de su momento, por eso le apostamos a la educación, donde sucederá este pase de estafeta y por ello, necesitamos que la generación siguiente sea capaz de construcciones que mejoren nuestras herencias sociales.

Por tanto, pensar a la ética desde el decir de Umberto Eco, permite un ejercicio intelectual que nos aleja un momento de la instrumentalidad de la educación, que sin bien hace falta, a veces nos impiden reflexiones profundas sobre los sucesos educativos. Lo instrumental tiene su momento, y la reflexión no puede ser opacada por éste; reflexionar es una tarea necesaria en nuestra vida educativa. 

El ejercicio que propongo desde esta escena donde docente-alumno se comportan éticamente ayuda a mirar la complejidad del acto, lo duro de vivir éticamente la docencia, frente a las nuevas generaciones.  Por ello, es importante explorar preguntas que permitan enfrentar la magnitud del problema formativo en el que estamos implicados querámoslo o no, y algunas de ellas podrían ser ¿Qué ética para que contexto? ¿Qué ética para que docencia? ¿Qué ética para qué sujetos? ¿Qué ética para qué futuro?

Para ello, necesitamos superar el sentido habitual de las palabras que venimos empleando, y ayudarnos con otras que nos adentren por otros significados que ayuden a reconocer otros panoramas, nos aporten criterios más abiertos para movernos en esta realidad tan inestable.

Propongo traer a esta escena docente, palabras como la responsabilidad, la alteridad u otredad, el amor, la formación, utopía, esperanza y otras tantas que vendrán en ayuda y que al explorarlas daremos más luz a nuestra mirada y así, alumbrar esa penumbra y visualizar algunos horizontes que se puedan caminar,  porque ni no lo hacemos, si nos quedamos en el mismo lugar, corremos el riesgo de extraviarnos en lo que fue y ya no es, impidiendo andar por los nuevos rumbos acelerados que se nos abren de instante a instante. Y eso, nos lleva a perdernos, y desaparecer de esta escena tan importante.

Antes que nada, habría que reconocer el tiempo que vivimos.  Este aquí y ahora, que nos acontece, del cual la percepción y comprensión del mismo no es muy clara; lo vivimos en tiempo presente, una escena tras otra que invade el cuerpo, las emociones, los pensamientos ¿pero que tanto esto que pensamos, sentimos nos permite tornarlo conceptos? Y si logramos pensarlo, ¿desde qué conceptos lo hacemos?

Para nuestra suerte, tenemos a varios intelectuales que se han encargado de esta tarea, ellos nos hablan de los acontecimientos, que uno tras otro vemos pasar e irrumpe nuestra vida más cotidiana. Ellos pueden demostrar con fuertes argumentos cómo todo lo conocido se fragmenta, se diluye, se esfuma frente a nosotros, y eso asusta.

Todos sabemos que la economía y la tecnología han llegado para instalarse y dirigir los rumbos del mundo, que su desarrollo cambian día a día el paisaje social.  Oímos por ahí, por allá, que se habla de un mundo nómada, de la emergencia de grupos organizados por valores diferentes a los conocidos que peligrosamente se vuelven poderosos, del mundo del mercado, de la primacía de lo emocional por sobre lo racional... y todo esto, ha puesto al mundo conocido en crisis.

El mundo construido por siglos, se nos transforma en otras cosas extrañas, por ejemplo, la institución familia, esa primera institución a la que arriba el ser humano desde su nacimiento, ya no es como la conocimos hace tan solo unas dos o tres décadas. La forma que ahora asume nos resulta extraña, y ante esto, lo que deseamos es que regrese a ser lo que fue, pero eso ya no  sucederá más, por el contrario, la veremos reconformarse en otros modos en respuesta a las nuevas realidades que se entretejen. Si no comprendemos esto, nos parecerán pecados de la historia naciente.

Así, podemos poner varios ejemplos, como lo que le sucede a la institución Estado, y qué decir sobre nuestra institución educativa, nuestro espacio que lo vemos día a día modificándose, todo cambia, y pese a esfuerzos de resistencia, estos avanzan y avanzan sin encontrarse con fuerzas que los reorienten.

Todo este tejido de sucesos en diversas dimensiones es lo que llamamos CONTEXTO, y es toda esta atmosfera epocal que respiramos, emana sentidos que nos lleva por derroteros inciertos, que vamos palpando a tientas,  conociendo sin muchas herramientas conceptuales, dado que nuestra propia formación ha sido producto de formación des-ubica, la formación que ostentamos a momentos no nos permite una sabiduría que responda con pertinencia a nuestra época y ante esto urge preguntarnos ¿le sucederá esta misma experiencia a las generaciones venideras? ¿Serán asaltadas por su propio tiempo? Por esta razón necesitamos una reflexión ética...

Por todo lo expuesto hasta aquí, la ética no puede ser una definición.  La ética trata de una forma de vida, no es algo intangible, por eso dice Eco, empieza a vivirse, cuando entra en escena el otro.  En la docencia siempre estamos frente al alumno, la ética se vive en cada uno de sus instantes, mucho insistió, Pablo Latapí en la reflexión sobre los valores éticos, y decía que se viven, que no son discursos vacíos, son una forma de vida.

Este contexto, este mundo actual nos impone una forma de vida, nos orienta por unos valores dictados por los procesos que lo ordenan, y ahí, nosotros y los niños, respondemos a este tiempo con comportamientos que siguen esas pautas hegemónicas que poco a poco van gobernando la vida social.

Los niños, nuestros alumnos, han nacido en estas atmósferas, nosotros nos estructuramos como adultos en un tiempo atrás, dependiendo de nuestra edad, nos situamos en el este siglo XXI, y venimos uno al lado del otro, -se supone-, caminando el mismo tiempo, un tiempo que para ellos es virgen y para nosotros resulta extraño porque lo miramos con ojos del pasado y sin saberlo, nosotros les hablamos y orientamos en valores éticos desde los que crecimos, pero que ellos ya no los viven, les son ajenos, por tanto, se van dando comportamientos desencontrados, se viven escenas caóticas ¿de qué ética podemos hablar ahí?

Nuestros alumnos, como hijos de su tiempo, van creciendo en el aceleramiento, y van ordenando bajo estas fuerzas zonas de sus personalidad que los hacen inconsistentes, frágiles, ajenos; las nuevas tecnologías lo ponen ante todo y nada, perdiendo la capacidad de asombro; exigen que todo sea rápido, ejercer el menor esfuerzo; avanzan por la vida sin comprometerse con actividades largas, tienen una gran habilidad para cansarse, los aburre cualquier actividad[7]... Y ante esto, ¿a quien podemos culpar? Definitivamente necesitamos entender que son hijos de este tiempo, y como afirma Maffesoli, responden al ritmo de la vida actual[8], un ritmo en torno a sentidos que nosotros no conocimos.  

Con Maffesoli nos enteramos de que este mundo actual responde a un deseo más estético que ético, es decir, que hoy rige más el deseo de hacer lo que a cada uno le sienta bien, lo que nos da placer, generar el mínimo esfuerzo, vivir la vida más a la manera de Peter Pan; no existe un deseo de crecer y tomar responsabilidad, sino de ser eternamente joven, viviendo instantes eternos de tranquilidad, sabiéndose en el futuro pero viviéndolo a como llegue, más en el disfrute que en el reto de modelarlo.  La experiencia ética sin duda ayudaría a un equilibrio.

Ahora bien, esa subjetividad infantil, ¿en qué grado ya la encarnamos los adultos?  La fuerza formativa del contexto social es poderosa, y nadie queda marginado y ante esto, ante esta presencia estética subjetiva que se nos va estructurando se hace prioritario rescatar y equilibrar los actos éticos, pero ¿qué ética?    

Victoria Camps dice que necesitamos una ética sin atributos[9]. Una ética que no se afilie a nada que la invada de deber ser, que no sea religiosa ni fundamentalista, apela a una ética que responda a los nuevos problemas de convivencia humana, que no son pocos, mucho sabemos de la violencia, la desigualdad, la injusticia, que son padres de otros muchos otros problemas que llenan las planas de los periódicos. 

Y nos dice que una ética sin atributos es aquella que permite a las personas asumir su vida con madurez en medio de las complejidades a las que son sensibles, y son capaces de dar razones de lo que hacen, que pueden pensar por cuenta propia en lo que se necesita hacer. Esto es, se trata se aprender a reconocernos inmersos en medios de fuerzas, y en ellas mismas, reconocer espacios de acción donde desplegarnos como sujetos.[10]

Pero cómo hacer esto, cómo se puede vivir una ética así en medio de los flujos de realidad posmoderna va dando lugar a comportamientos dislocados, momentáneos, guiados por el interés personal, el consumismo banal, la necesidad de amular cosas materiales en busca de una felicidad que no se alcanza, donde va generando enfermedades depresivas, pensamientos de aislamiento, vacuidad humana.

Dada mi propia experiencia pedagógica, propongo que desatar algunos nudos teóricos y pensar en la importancia de auxiliarnos de otros conceptos igualmente poderosos, que aunque también golpeados por el entorno actual, pueden aun ser un soporte para avanzar y fortalecer este ámbito donde docente y alumno se encuentran, donde viven un comportamiento que necesita formar el carácter, el sentido, el amor a la existencia digna y sencilla que les permita auto- forjarse hacia su más enriquecida humanidad.

Quiero mencionar solo tres conceptos, (habría otros, que en este espacio sería imposible abordar, como la esperanza, la utopía, pero no es el lugar ni el tiempo), me parece que para construir escenas de encuentro docente-dicente que den vida a esta ética sin atributos, necesitamos recuperar la capacidad de responsabilizarnos, la capacidad de reconocer al otro, la capacidad amorosa, del apasionamiento.

Por tanto, sostengamos que la ética necesita el apoyo de la responsabilidad.  ¿Qué es la responsabilidad? Manuel Cruz viene a nuestro auxilio[11].   Este filósofo la plantea como un “hacerse cargo” ¿hacerse cargo de qué?  De todo aquello que nos parece incomodo, que nos indigna, y que está cerca de nosotros, que sucede casi frente a nosotros, y es eso, ante lo que no podemos ser indiferentes.  

La responsabilidad es un modo de comportamiento que nos impulsa a resolver situaciones, y si todos hiciéramos ese pedazo de tarea, la realidad empezaría a cambiar, y las escenas dantescas del mundo que nos ha tocado vivir se transformarían.  Dice Manuel Cruz, que no vasta colocarse un moño de color, una camiseta, una bandera, porque eso no cambia nada, el mundo necesita de sujetos que asuman responsabilidades resolviendo aquello a lo que son sensibles, sujetos que se esfuerzan por responder a las necesidades de los otros porque aún son capaces de sentir compasión, amor, apego social.

Sin embargo en este contexto posmoderno, vemos que tendencia a buscar los logros personales, va en aumento este deseo de sentirse cómodo, va aumentando del desdén a lo colectivo y dar lugar al encuentro, esto va siendo innecesario, superfluo, y se va generando un abandono de la responsabilidad.  

Así, el tiempo social va atentando contra esta capacidad humana de tomar responsabilidades, y poco a poco, dejamos que pasen cosas sin hacernos cargo de casi nada, y con ello, nos vamos extraviando, permitiendo el crecimiento de la  indiferencia, el desapego al problema de los otros. Sin mal intención pensamos que a otro le toca hacer lo que se percibe hace falta, y ¿cómo sabremos que otro lo hará? Y así, sin darnos cuenta, sin mala fe, vamos dejando tareas pendientes, que no hicimos porque somos seducidos por la cultura del mínimo esfuerzo, un esfuerzo que pensamos no nos corresponde. Y sin vivir esta exigencia humana de la responsabilidad ¿qué escenas éticas activamos?

Sobre la capacidad de reconocer al otro, esto es, sobre la relación tu-yo, yo-tu, que algunos autores llaman Alteridad u otredad, Levinas[12] nos aporta muy buenas ideas al respecto, una de ellas en este momento me permite plantear que al asumirnos como docentes, ofrecemos al alumno una imagen de nosotros, e igual ellos, nos permiten mirarlos, y dice Levinas que en este simple acto, nos decimos “heme aquí” ambos, docente y alumno se presenta como dos personas acosadas mutuamente por su proximidad. 

En esta proximidad de heme aquí mutuo, se activa una demanda -sin posibilidad de callar-, se exige un lenguaje que comunique más allá de contenidos escolares, más allá de los formal, esta proximidad demanda un decir que deje fluir la subjetividad, es decir, también deje entrar la dureza del proceso de existir de cada uno.

La realidad posmoderna, plagada de prisas, de exigencias, donde este “heme aquí” es tan instantáneo, la prisa lo desvanece, la demanda de proximidad se acalla, para dejar entrar lo que Larrosa[13] llama actitud fariséica, desde la cual, el docente se posiciona en su rol, y demanda al alumno encarnar el suyo, quien termina siendo disminuido al darse prioridad al currículo por ejemplo.

Si diéramos más fuerza a ese heme aquí, y hacerle caso a esa proximidad, que da lugar a la experiencia de necesitarse, de aportar cada uno su fuerza, sus sentidos, seguramente la contribución mutua para para crecer hacia la mejor versión de sí mismo sería excepcional.

Ahora bien, fortalecer nuestra capacidad amorosa es otra necesidad y para ello, tenemos a Alain Badiou[14], quien nos cuenta en un pequeño libro ideas muy importantes sobre el amor, rescatándolo de esos mensajes idílicos y simplistas. Para el amor es ante todo una construcción, y esta necesita ser duradera, vivirse como una obstinada aventura.

Nos lleva a pensar que este verbo, amar, se vive como un aventurero, y un aventurero nato, no se deja vencer ante el primer obstáculo, que no abandona su esfuerzo a la primera divergencia, a los primeros aburrimientos.  No, para él, un amor verdadero es aquel que triunfa sobre los obstáculos que el espacio, el mundo y el tiempo le proponen.  No por algo, Morin[15], igual le llama “el complejo de amor”, que consiste en admirarse en lo diferente del otro amado, que muchas veces nos ahuyenta.

El amor entonces es duración, es hacer que eso que se siente tenga la más larga plenitud, que exige que el amor se reinvente día a día, dura en el duro deseo de durar.  Por tanto vivir el amor es algo que implica reto, esfuerzo, enfocarse construir emociones donde parece que nada puede suceder. En la escena de docencia, donde alumno y docente se encuentran, media el amor; reconocer al otro diferente, y pese a sus defectos, carencias, vivir la aventura de vencer todo obstáculos que se presente, se activa esa aventura amorosa.

Pero también este autor, nos cuenta que la capacidad amorosa tiene enemigos dado que el amor, si bien sabemos da intensidad y sabor a la vida, no es ajeno a los riesgos, a la incertidumbre, el amor en tanto construcción con otro, no es un espacio seguro, conlleva misterios, zozobra, y hoy día vamos siendo débiles, frágiles, sentimos que no podemos con esas emociones de infelicidad que también puede causar el amor, preferimos no sufrir, vivir en la comodidad, seguridad.  Hoy, se evitando el azar, todo encuentro no planeado vamos perdiendo esa poesía existencial de la experiencia amorosa, dando paso a un hedonismo, al culto de uno mismo, disminuyendo esta capacidad de admirarse, fascinarse ante la presencia de los otros.

Esta experiencia amorosa, el aventurarse por los caminos de la emoción, da lugar a la pasión, esa sensación de entrega total hacia algo que en verdad queremos, que anhelamos desde el fondo del ser, y aunque sintamos que no podemos, hacemos esfuerzos por lograr eso anhelado, dando lugar a la emoción de  construir algo que importa, y al hacerlo nos auto-construimos siguiendo nuestros sueños.  Vivir estos sentimientos, encarnarlos, otorga al ser algo de autenticidad, que cuando estamos frente al otro, en este caso nuestro alumno, y somos ese heme aquí, él puede ser sensible a esta capacidad de apasionarnos con los que hacemos en la tarea pedagógica, expandiendo esa pasión en cada cosa que decimos y hacemos, y esto, es un modo muy humano de expandir este tipo de emociones en este mundo tan materializado, que de alguna forma se continua en la escuela aunque.  Necesitamos reconocer que la educación si bien tiene un discurso de valoración a los niños, sabemos que se enfatiza más la capacidad cognitiva, y Zemelman se pregunta al respecto:

¿Qué pasa con las otras facetas que hace al hombre concreto?, ¿Cómo saber la ponderación exacta en que se pueden combinar inteligencia, voluntad, emocionalidad, pasión, en la caracterización del sujeto capaz de colocarse ante las circunstancias?, ¿Cómo rescatar al sujeto desde su necesidad de horizontes de conciencia, de manera que no quede atrapado en la lógica discursiva de la comunicación? Entorno de cuestiones como éstas podemos retomar la exigencia de un pensamiento con música, o de lo dionisíaco como esa nostalgia que inspira Nietzsche. Volver la mirada hacia la existencia envolviendo en su secreto la pasión domeñada o reducida a lo apolíneo.  Pasión como expresión no discursiva, pasión como el magma del hombre por ser hombre. La pasión recuperada ante el discurso por el discurso, como lo excedente de aquél; el magma como lo preformativo: querer hacerlo que se es, ser en el hacer, o hacer desde el ser”[16]


Apasionarnos con la docencia es un modo de vivir la ética.  Y por todo lo dicho hasta aquí, hacer esto con plena conciencia y sentido pedagógico que dé lugar al despliegue apasionado de nosotros mismos para cumplir nuestros sueños, no nos va resultando fácil.

Hasta aquí, se hablado de este ejercicio ético buscando el apoyo de algunos conceptos poderosos desde cuya fuerza pueden sostenernos en esta imperiosa necesidad de formar mejor a nuestra infancia, y al hacerlo, nosotros mismos nos veamos enriquecidos con más experiencia y sabiduría pedagógica.

No será fácil, necesita a sujetos docentes que sean capaces de enfrentar las fuerzas del contexto armados con cultura pedagógica que ayude a pensar y colocarse en lo que se necesita, en esta urgencia de vivir una educación de manera apasionada que provoque la capacidad magmática del ser humano para abrirse hacia sus más excelsas cualidades y logre formarse en ese carácter fuerte, que lo constituya en una persona madura capaz de explicar y fundamentar lo que hace, lo que necesita; que opta y se compromete con la circunstancia que lo rodea, que da sentido a su vida y desde éste, asume los riesgos para el logro de fines más sociales, esto es, que sea capaz de encarnar una ética sin atributos.

Adela cortina[17] dice que la ética sirve para recordar que tenemos la responsabilidad de evitar el sufrimiento haciendo bien lo que sí está en nuestras manos, invertir en lo que vale la pena, sabiendo priorizar reconociendo lo que verdaderamente se necesita.

Y aprender a vivir este tipo de ética empieza en nuestro trato diario, entre nosotros, entre nuestros alumnos, viviendo esos actos de responsabilidad en las pequeñas cosas cotidianas, siendo sensibles, respetando, reconociendo la realidad para construir en ella garantías de una convivencia que fortalezca de nuestra subjetividad, para alcanzar la mejor versión de nosotros mismos.

Es indiscutible que en la escuela vivimos la ética, pero necesitamos no perder los ejes que he mencionado, porque si nos sucede, el contexto también educa y es poderoso, seductor, y va abriendo zonas donde lo ético se diluye, y esta pasión por el otro se cambia por alguna banalidad ¿y hacia donde nos lleva? No lo sabemos.

Maffesoli dice que vamos hacia la estructuración de una nueva época, ¿cuál, cómo será? Tampoco lo sabemos.  Él, como buen sociólogo, nos invita a estar atentos. Hay que hacerlo, hay que estar atentos, no descuidar experiencias éticas que ayuden a nuestros alumnos a auto-realizarse desde sus pequeños actos cotidianos, aprendiendo a vivir situaciones que no nos dañen, donde nos respetamos mutuamente y sintiendo esas emociones que nos vinculen con los semejantes para fortalecer el lazo social, siendo capaces de sentir al otro, y jamás demos cabida a la fatal indiferencia.  

Luz Divina Trujillo
Julio11, de 2016.





[1]Palabras para dar inicio a las actividades del Congreso “Reflexiones sobre el ser y hacer docente del siglo XXI”, zona XCIX, Realizado en la UPN-Mexicali, 11 y 12 de julio de 2016.
[2] Docente en UPN, Mexicali.
[3] Umberto Eco. Cinco escritos morales. Editorial Lumen, España, 1998, 105.
[4] Paulo Freire, Pedagogía de la autonomía, (México, S.XXI, 2004)
[5] Sigmunt Bauman, Los retos de la educación en la modernidad líquida. ( España, Gedisa, 2007) 46.

[6] Paulo Freire, Pedagogía de la Esperanza: un reencuentro con la Pedagogía del oprimido. (México, Siglo XXI. 1990)
[7] Victoria Camps.  Creer en la educación, (España, Ed. Península, 2008)
[8] Michel Maffesoli, El ritmo de la vida.  Variaciones sobre el imaginario posmoderno, (México: Siglo XXI, 2012), 162.
[9] Victoria camps, El declive de la ciudadanía (España, PPC, 2010).
[10] Cornelius Castoriadis, La noción de autonomía según Cornelius Castoriadis, 1993.http://666ismocritico.wordpress.com/2007/03/02/la-nocion-de-autonomia-segun-cornelius-castoriadis/
[11]Manuel Cruz,Hacerse cargo. Sobre responsabilidad e identidad personal. (España, Paidós,1999).

[12] Emmanuel Levinas, La sinceridad del decir”. En Dios, la muerte y el tiempo. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. (Madrid, Editorial Cátedra, 1998).
[13] Jorge Larrosa, Entre las lenguas: lenguaje y educación después de Babel. ( Barcelona : Alertes, 2003)
[16] Hugo Zemelman Merino, Necesidad de conciencia. Un modo de construir conocimiento, (España: Col.Mex., Anthropos, Ed.Rubí, 1998), 79.

domingo, 29 de mayo de 2016

De 200 a 185 días ¿cambia algo en la cultura escolar?






No tenía intenciones de entrar a esta discusión, porque sean 200, o 185 días ¿importa?

La política educativa, inmersa en las grandes exigencias de la hegemonía mundial,  propone esto, propone lo del uniforme, recorta aquí, recorta allá, y sobrevive en esos vaivenes de las demandas de quienes gobiernan el mundo actual, esos poderes que han llegado a ese lugar no por malvados, sino por personas de carne hueso que ahora controlan el mundo, y han sido formadas en el mundo que todos respiramos, quienes son producto de las fuerzas sociales que activamos todos desde la vida cotidiana y que todos vivimos, respiramos, pues somos parte de ese todo, ocupando lugares diversos, unos dirigiendo, otros sobreviviendo, pero todos haciendo esta historia. Y es algo que no digo yo, sino que aprendo de esos grandes teóricos como Bauman, Zemelman, Morin, Maffesoli van en estos sentidos de interpretación y a quienes necesitamos escuchar.

Ahora bien, esta política educativa, ya sumergida en esas exigencias, propone y propone exigencias que acá, en la vida real, nos es complejo pensar y vivir en  medio de todo el peso social que ya cargamos, pues la educación es una tarea extenuante,  y que resolvemos a cómo podemos en la vida cotidiana de las aulas.

Y se nos sitúa en esta discusión, pienso yo, inútil, porque considero que no tiene sentido si pensamos esto desde el reto de EDUCAR a las nuevas generaciones, que es una responsabilidad que tenemos como generación adulta y más, creo yo, de quienes lo hacemos profesionalmente, por tanto, ¿cuánto tiempo, ya sean días, meses, horas necesita? Considero que formar a los niños, a los jóvenes, no tiene tiempo, es un acto cotidiano del aquí y el ahora, y más en nuestro caso... y ahora, si nos preguntamos ¿cuánto cuesta, cuánto vale? No podríamos responder, solo sé que hay que hacerlo y que hacer tal cosa no es fácil, no es rápida, no es ajena a nadie, y que necesitamos tanto para hacerlo, necesitamos lo económico, necesitamos tiempo, necesitamos la solidaridad social, porque solos no podemos, los niños son hijos de este mundo en crisis (familias, instituciones, sentidos, desesperanza y tanto problemas social), ¿cómo hacerlo solos? Es una tarea indescriptiblemente compleja... ¿unas horas menos o más lo resolverán?

Por ello, si pensamos esta propuesta, como trabajadores, como asalariados de la educación, indiscutiblemente esto ameritaría otras discusiones, porque sé que nos pagan 20 horas semanales si tenemos una plaza, o más si trabajamos dos plazas y estamos todo el día en la escuela, exhaustos, cuando hacemos una labor pedagógica.  Me pregunto si quién tiene la preocupación de formar a las nuevas generaciones o cómo hoy se necesita ¿invierte solo 20 horas?  Actualmente, se nos pide asistir 200 jornadas de trabajo al plantel educativo, pero quién está preocupado por la formación, ¿trabaja 200 jornadas? 

Si nos colocamos en el problema de educar, el tiempo laboral y el tiempo de formación son diferentes, el primero corresponde al tiempo que se nos paga y nos permite una vida económica no sin sinsabores, porque esto que hacemos ¿Quién le puede dar precio? ¿Cuánto dinero cuesta educar? Es algo creo yo, incalculable.

Por esto y muchas ideas más que podrían argumentar, considero que es una discusión inútil y que necesitamos ver detrás de ella, y en vez se sumirnos en el encono de ver que nos pretenden hacer trabajar más con menos apoyo, ¿qué es lo que se está evadiendo porque es más difícil de enfrentar?  Sospecho que se evita la verdadera e importante discusión de un viejo problema,  ese relativo a cómo ayudarnos a "apropiarnos pedagógicamente" de nuestra profesión, pues recuerdo en este momento a Alberto Arnaut, gran estudioso de nosotros, quien  en ese libro "Historia de una profesión" (la nuestra) nos dice que  mucho nos fuimos aplicado a la defensa de lo laboral (que también se necesita, pero que ahora amerita nuevas formas para hacerlo dado el cambio del mundo), y fuimos pensando que eso, nos hacía docentes, que invistiendo ese imaginario de la vida docente, el título normalista, y luego luchar por nuestro lugar laboral todo estaba resuelto, situación en que en su momento funcionó, pero hoy no, estamos en otras relaciones sociales, económicas, culturales, un tiempo que nos informa que hay más por qué luchar y con otras estrategias ajenas a salir a la calle, hacer marchas y paros.

 La verdad, pienso, (no sin dudas) que elegir 200, o 185 días no tiene sentido cuando la rutina escolar nos hará trabajar lo que normalmente trabajamos, que elijamos lo que elijamos responderemos a nuestra cultura escolar, a nuestras concepciones.  Entonces, el verdadero problema a discutir y resolver, es este reto de movilizar a nuestras concepciones para responder al tiempo actual como sujetos. 

Movilizar nuestra cultura escolar y colocarnos en la real-realidad, aprender a situarnos a la altura de las circunstancias creo es el verdadero reto, es el problema nodal, difícil de resolver, y se evade, se nos aleja de éste con discusiones que solo desatan el encono pues nos vemos abandonados, nos recuerdan este malestar docente de sentirnos solos, abandonados ante la tarea EDUCAR, y más, necesitamos auto-convencernos de formarnos para ello pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo abandonar nuestras viejas historias, y concepciones que nos hace añorar aquél viejo calendario de mi infancia en el que entrabamos el 2 de septiembre y salíamos de la escuela el 30 de junio? Como formadora de maestros, intuyo la complejidad y el desafío pedagógico.  Sé que el tiempo nunca regresa, avanza y avanza, y nos pone en nuevos desafíos. 

Bueno, esto pienso, está bien o mal, no lo sé, pero somos tantos pensamientos como experiencias, creencias, sentidos, emociones somos, y desde esta conciencia de un nosotros plural necesitamos leernos, hablarnos, mirarnos para pensar mejor juntos.

Luz Divina Trujillo.

sábado, 6 de febrero de 2016


PALABRAS DIRIGIDAS A LA XXI GENERACIÓN.
LUZ DIVINA TRUJILLO
5 DE FEBRERO DE 2016

Estimados compañeros, compañeras de universidad, familiares todos: padres, madres, esposas, esposas, hermanos, hijos de nuestros egresados, bienvenidos a esta ceremonia de graduación.

Queridos alumnos, egresados ya en pocos momentos.  Mis felicitaciones por estar aquí, alegres, entusiasmados por ver cerrarse una etapa de sus vidas, pues sabemos que estos dos años, han sido un tiempo invaluable en el que se pausaron otras  tareas importantes, para enfocarse en una formación potencial, lista para activarse en las nuevas emergencias de sus vidas tanto personales como profesionales.

Y al pedirme encarnar este honor, de que su generación lleven mi nombre, me pusieron en la tarea de tomar conciencia sobre la tarea realizada con ustedes y nosotros, ya que se trató de una responsabilidad compartida con mis compañeras docentes, Teresita de Jesús Ruiz Botello, Judith Rodríguez Delgado y Rosa Isela Terrazas, iniciada hace más de dos años.

Y uso la palabra conciencia, teniendo claro que ahora, podemos dar el significado justo a esta palabra tan habitual, pero que paradójicamente es tan poco consciente... Y así como esta palabra cobra nuevos significados en ustedes en y nosotros, hay muchas otras que no fueron de relación fácil, enumero algunas:

Conciencia histórica, Potencialidad, colocación, racionalidad, totalidad, sujeto, subjetividad, conciencia crítica, conciencia utópica, conciencia ética y muchas más que dan textura y sentido a un enfoque llamado “Epistemología del Presente Potencial”, devenido de la fuerza intelectual de un gran hombre latinoamericano: Hugo Zemelman Merino, fallecido apenas hace dos años. Propuesta que llega a nuestra comunidad por los trabajos del Maestro Alfonso Lizárraga Bernal.

A su llegada a esta maestría, estas palabras inundaron sus vidas, eran desconocidas en el modo de pensarlas y usarlas en ella, y al escucharlas generaban ansiedad por no poder colocarse en los sentidos de las tareas que se les proponían.  La experiencia se inició inquietante aunque muchos de ustedes optaron por ella, porque otro egresado, les compartió la idea de que aquí pasaba algo, y que eso era bueno, que esta maestría tenía algo especial. Y entonces nos buscaron...

Pero al vivir los primeros encuentros, al adentrarse por la estructura curricular, los sentidos de los seminarios, por la práctica didáctica, al escuchar el lenguaje epistémico que necesita, sintieron que era estar en todo y en nada.  Y llegaron preguntas existenciales: ¿de qué trata esta maestría? ¿Cuál es su finalidad, que me va a dejar? ¿Qué estoy aprendiendo? ¿Vale la pena quedarme?  Y el deseo de claudicar se activaba en cada desafío académico por cumplir...

Cada uno podría reseñar con lujo de detalles su ingreso, su estancia, sus vicisitudes para cursar los cuatro semestres,  pero prefiero enfatizar el hecho de que pese a todo, se quedaron y aquí están, felices...La pregunta es entonces, ¿por qué se quedaron?

Sospecho, como dice Jaime Sabines, “yo no lo sé de cierto, pero supongo” que leyendo, pensando, escribiendo, sintiendo,  existiendo lo que aquí se hace, algo les pasó... y creo que es eso que vengo llamando “ignición del sujeto” y no es otra cosa que el  despertar “algo” que se nos durmió durante los procesos de socialización, que tanto insistieron en que adoptáramos diversos roles  y funciones, y en ese cumplir con la vida social hecha, algo se nos fue apagando, pero recordando a Bachelard, con su idea de la llama, que me hace creer que somos una llama, que tiene derecho a producir todo lo posible, pero esa flama que somos se aquieta, se achica, quedando como un pequeño piloto dentro de nosotros, esperando un contexto propicio para volver a encenderse e iluminar nuestro propio interior y descubrir todo nuestro potencial.

Y  Zemelman con su idea “existencia: potencia” nos permitió explorar esta relación para despertar las fuerzas adormecidas y recuperarnos como sujetos sin renegar de los roles establecidos, sino ser sujetos en el mismo seno de ellos.

¿Cómo se hizo eso? La tarea no fue sencilla, hubo que abrevar de las ideas de Bachelard, de Berger y Luckman, de Maffesoli, Zemelman, Foucault, Kuhn, Popper y tantos otros autores desconocidos, hubo de discutir sus ideas en relación con nuestros mundos de vida, tuvimos que escribir,  sosteniendo un decir propio con ayuda de sus palabras poco a poco reconocidas, y haciendo todo esto, algo interior se fue despabilando hasta dar lugar a la “la necesidad de ser sujeto” potencia con la nacemos, pero que la vida socializante muchas veces adormece.

Y así, en medio de las resistencias normales, todo se hacía, y al ver la tarea cumplida, el libro leído, el poder de las nuevas palabras, la riqueza del lenguaje, la capacidad de mirar el mundo de manera distinta, compensaba los esfuerzos para continuar.

Como su maestra de investigación, les vi y les sentí esa emoción del crecimiento, les vi y les sentí  exponer a un autor que les importaba donde pese a su dificultad de entenderle, algo les decía y exploraban para pensar algo sabido, pero no comprendido como totalidad; les sentí esa emoción de saberse capaces  de sostenerse en una pregunta, saborear la belleza de moverse entre la información y de saber que no se trataba de teoría muerta, sino de ideas vivas que les permitía el crecimiento de más conciencia...

Y sospecho, que esas ideas, pensamientos, emociones experimentadas a lo largo de cuatro semestres, avivaron esa flama interior que todos somos, y con esa luz pudieron auto-descubrir sus  fortalezas, capacidades, sueños, deseos por explorar, dando mayor sentido a sus vida personales y profesionales.  Recordaron y saborearon el placer ser sujeto, vivieron ese delicado y complejo movimiento de la formación, que solo es tarea de cada uno, pero los fueron aprendiendo y bien.

La Epistemología del Presente potencial no se aprende, se vive, se encarna. Por eso al inicio no había manera de decirles qué se quería, tenían que vivirlo para hoy, comprender que el reto formativo de nuestra maestría eran ustedes.

Ahora si saben que busca esta maestría, que ofrece y que deja en quien la vive, es lo que Zemelman llama, “el despliegue del sujeto”.  Todas esas palabras epistémicas con las que aquí hablamos, connotan el reto de reencontrarnos con nosotros mismos, para saber quién queremos ser y apasionarnos con nuestro despliegue en el mundo que nos tocó vivir. Son complejas, pero la formación es compleja.

Y pese toda esa complejidad se quedaron, experimentaron el sabor de la formación, el desafío de ser sujeto.  Y hora, se van, pero llevan nuestro enfoque en el cuerpo y el espíritu... Viene una pregunta que inquieta: ¿podrán sostenerlo en la instrumentalidad de la vida cotidiana?

No lo sabemos, ya será tarea personal de cada uno “apagar” esa flama encendida, para así, como sujetos, iluminar el mundo educativo tan necesitado de personas comprometidas que con sabiduría, infundan esperanza en la construcción del futuro.

Padres, madres, esposos, esposas, hijos, hijas, tienen ante ustedes a personas que hicieron un gran trabajo sobre sí mismos, ya se los devolvemos de tiempo completo, seguros de que ustedes verán en ellos hermosas cualidades que cada uno aprendió a desplegar... siendo sus familias, las principales beneficiadas de la formación epistémica impulsada por esta maestría.

Muchas Gracias por la confianza queridos egresados, en nombre de mis compañeras, de la universidad que los acogió, de mí misma que tuve el placer de ir con ustedes, les agradecemos su opción por estar aquí, por permitirnos crecer con el crecimiento de ustedes.

Felicidades a todos.


martes, 6 de octubre de 2015

Recordando a Hugo Zemelman Merino

El tiempo que ahora vivo, tan acelerado, me impedido escribir algo en tiempo presente, y no puedo posponer más esta escritura, así que volví a un viejo escrito -nunca publicado-, sobre la obra de Hugo Zemelman, lo que pensaba de ella hace ya 12 años, ideas que entregué a Zemelman en una visita a Mexicali, nunca supe si lo leyó o no, lo cual no me importa mucho, fue un escrito sin mucha pretensión, solo ordenar mis ideas y situarme mejor en una obra apasionante, encontrando ahí mi propio estímulo y sentido. En estos días de recuerdo por su fallecimiento apenas hace dos años, comparto la introducción.  La parte que sigue creo que merece actualizarse, pues ahora, tengo otro dominio de la obra y amerita una reescritura, pero la introducción me sigue pareciendo pertinente.


EL HUMANO COMO HONTANAR DE LA HISTORIA. El valor pedagógico de la Epistemología del Presente Potencial de  Hugo Zemelman. (Documento de Trabajo)

 Luz Divina Trujillo[1]Octubre  de 2003 

...yo no haré más que interrogarle, sin enseñarle
 nada (...)  en una palabra  haciendo otra  cosa que
preguntarle lo que piensa.”  
 Sócrates[2].


Introducción.

Este escrito tiene la intención de compartir la experiencia, que como persona y como docente se  ha generado en la convivencia con la obra de Hugo Zemelman Merino, autor cuya producción nos invita a reflexionar sobre los desafíos que tiene el sujeto de hoy para colocarse como actor social en la definición de futuros. Se pretende que al recuperar por escrito el vivir y sentir de esta experiencia no se descarne de las impresiones, las sorpresas y los asombros al leer-sentir ideas que provocan la necesidad de pensarse como ser sujeto y que además se dé el reto intelectual de cruzar el puente de lo privado a lo público logrando un nivel de significación que propicie en los otros actos de lectura que les hagan reencontrarse con sus propios caminos de experiencia y de sentido.   

La idea central de este trabajo consiste en sostener que este autor ejerce una paideia socrática[3] sobre aquellos que optan viajar por sus ideas,  que desde su escritura genera una fuerza que inquieta y provoca en sus lectores/as un deseo por autorreconocerse y autorreivindicarse en el reto de recobrar su lugar como sujeto social.  Se pretende en este sentido, resaltar que en la obra Zemelmaniana se contiene una dimensión pedagógica que insta al sujeto a formarse para recuperar y ocupar su lugar social desde la apropiación de su existencialidad, de vivir-creciendo con dignidad por la Historia.

¿Por qué hablar de Hugo Zemelman desde este lugar?  En primer lugar porque es una propuesta que aborda el problema de lo humano/a, de un modo epistemológico enfrentando la complejidad desde la cual nos invita a pensar en su multidimensionalidad para construir conceptos pertinentes y abordar de manera menos sesgada e instrumental el problema de la formación humana, y esto desata fuertes impactos en el campo de la educación.  Una segunda razón la situamos en su lenguaje, desde donde ejerce un poder, una fuerza que interpela a quienes lo leen pero sin reducirlos ni anular su capacidad de pensar y de sentir, sino que provoca y desafía estas capacidades tan mermadas por las dinámicas actuales del contexto socio-histórico. 

Su manera de decir su decir, nos coloca en la exigencia de pensar-sentirse.  ¿Cómo lo logra?, al presentarnos un lenguaje comprometido y apasionado pero abstracto[4] por tanto, complejo[5] pero no por ello ajeno y distante del sujeto, sino por el contrario, es un lenguaje que se ofrece paciente, persuasivo y respetuoso a los procesos de significación de cada cual, para dar lugar a nuevas ideas, emociones, sentimientos que desordenan los modos estandarizados de relacionarse con el mundo.  Se está ante un lenguaje con un afán de compartir su mirada sobre problemas de competencia de todos los latinoamericanos desde un decir sincero y provocador por su incesante abrirse para ser significado sin agotarse en su signos,[6] donde el lector vive la oportunidad de recuperar su capacidad de palabra.  Así, desde este decir que desafía a nuestras estructuras racionales, se percibe y siente a un autor que busca dialogar sobre asuntos impostergables, y en este esfuerzo, lo vemos reencontrándose consigo mismo,[7] ya que al compartir su necesidad de decir, nos deja percibir en qué consiste el desafío de ser sujeto y nos recuerda ese viejo deseo adormecido, refugiado en algún lugar de nuestra memoria.

Sin embargo, el reconocer la riqueza potencial contenida en su escritura, también debemos saber que esa cualidad se torna un problema al momento de ser leída, ya que su lectura propicia experiencias cargadas de interrogantes y vicisitudes que sacuden el mundo íntimo de los lectores/as.  En este sentido, es frecuente encontrarse con personas que preguntan: ¿qué dice aquí?, ¿por qué puedo leerlo y siento que entiendo algo, pero después las ideas se resisten en convertirse en lenguaje?, ¿por qué unas páginas me han costado horas de lectura? ¿por qué en medio de su lectura de repente me encuentro pensando en algo muy propio, de mí mismo?, ¿por qué no tengo lenguaje para decir ese pensar-sentir?, ¿por qué estas ideas a veces me animan, me entusiasman, pero otras me reclaman, me exigen o me conmueven en lo más hondo provocando el deseo de cambiar algo en mí y en mis circunstancias? ¿por qué me molesto cuando no logro apropiarme de esas ideas desde mis saberes y deseo alejarme de su lectura?, ¿por qué me ofende o me molesta ese modo de escribir y lo califico de reiterativo, vacío, sin sentido para mí?, ¿por qué tenemos que leer a este autor?, ¿con que derecho escribe así y me hace sentir mal?, ¿no podría escribir de otra manera? Preguntas todas que en el fondo encierran un para qué del tal esfuerzo, un para qué difícil de responder porque en el fondo es un para qué de cada quien, donde a veces no hay manera de responderlas.

Las exigencias de leer un texto epistémico como éste,  no son sólo de tipo cognitivo, sino que demandan otras cualidades que ejerciten la razón y la pasión a fin de sostenerse en un constante reencuentro con las ideas cuyo carácter abstracto nos sitúa siempre en nuestros límites de significación y provoca a cada uno/a un nuevo acto de re-lectura generador de nuevas imágenes que desatan otros significados cargados de emociones y por tanto, nuevos desafíos en el modo de reflexión.  Este ejercicio recupera la capacidad  pensantes y sintiente, y esto  aviva en cada quien  eso que afirma Bachelard cuando dice que si somos capaces de insistir en una obra es porque nos concierne.[8]  ¿Entonces de qué nos habla?

Las páginas de sus libros están cuajadas de ideas que inquietan el espíritu pues son elaboraciones discursivas abiertas que hacen un llamado a todas las dimensiones humanas, por tanto interpela y provoca el deseo de adentrarse por los misterios de esas ideas dejando asomarse las propias, lo que anima a sacudir el sistema de inercias que impiden ser, pensar y sentir en toda nuestra potencia.   Así, al leer esta obra nos reencuentra un anhelado deseo de libertad [9] y la necesidad de derribar los límites que impiden avanzar en ella sin atemorizarse, de estimular el deseo y necesidad de un pensar-sintiendo-haciendo para asumir responsablemente ser hombres y mujeres que se construyen historizándose, recuperándose desde esfuerzos de “...conciencia y de voluntad para reconocer y saber utilizar los espacios de autonomía entre lo que se es y lo que se puede ser.”[10]




[1] Docente de la Maestría en Educación Campo Formación Docente, de la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Mexicali, México.
[2] PLATÓN. Menón. En: Diálogos. Porrúa, p. 216.
[3] JAEGER, Werner. Paideia. F.C.E., México, 1992, pp. 421-424.
[4] “...lenguaje de pensamiento de naturaleza constitutiva que no se identifique con el lenguaje de comunicación. Es el lenguaje de significantes como propio de la razón abierta, o pensar parametral.” ZEMELMAN, Merino Hugo. Sujeto: existencia y potencia.  Anthropos y COLMEX, España, 1998, p. 57.
[5] “...¿Qué se podrían decir las cosas de otra manera? ¡Qué las diga el que pueda!... su urticante estilo convoca al debate, la crítica, la discusión apasionada e ineludible...” Horacio Cerutti Guldberg al prologar el libro: Necesidad de conciencia. Un modo de construir conocimiento de Hugo Zemelman.
[6] Cfr. LEVINAS, Emmanuel. “La sinceridad del decir”. En Dios, la muerte y el tiempo. Cátedra, Madrid, 1998, p. 227-231.
[7] “a través del cuidado del otro se tiene la oportunidad de reencontrar la dignidad  y el respeto hacia uno mismo... Tzvetan Todorov.”  Citado por ZEMELMAN, Hugo en Necesidad de conciencia. Un modo de construir conocimiento. Colegio de México, Anthropos Editorial, Escuela Normal Superior de Michoacán, Universidad Veracruzana, España, 2002, p. 33.
[8] BACHELARD, Gastón. Introducción. En Poética del espacio. FCE, México, 1983, p. 18.
[9] Libertad que es “... a la vez liberadora y avasalladora, excitante y traumática, afirmativa y destructiva”.  LACLAU, Ernesto. “Más allá de la emancipación”. En: Emancipación y diferencia. Ariel, Argentina, 1996, p. 40.
[10] ZEMELMAN Merino Hugo. Necesidad de conciencia... op. cit., p.111.



lunes, 29 de junio de 2015

"...que las heridas sanen..."

Ayer (Mario Benedetti)

Ayer pasó el pasado lentamente
con su vacilación definitiva
sabiéndote infeliz y a la deriva
con tus dudas selladas en la frente                            
ayer pasó el pasado por el puente
y se llevó tu libertad cautiva
cambiando su silencio en carne viva
por tus leves alarmas de inocente
ayer pasó el pasado con su historia
y su deshilachada incertidumbre/
con su huella de espanto y de reproche
fue haciendo del dolor una costumbre
sembrando de fracasos tu memoria
y dejándote a solas con la noche.


“….que las heridas sanen…”

Esta frase, es un buen deseo de alguien hacia la persona a quien ha infringido un daño… ¿Cuántas veces hacemos esto? Sé que son buenos deseos, honestos, salidos del más profundo arrepentimiento, pero cuánta inconciencia encierran, porque este buen deseo, este lenguajear la necesidad de olvidar que se ha hecho algo a alguien, algo que se vuelve indecible para ambos, que no se entiende, solo sucede en medio de fuerzas desatadas en su momento, ahora induce a estas palabras suplicantes, muy sinceras pero que sin saberlo, vuelven a lastimar.

Con estas palabras hacemos que esas viejas heridas en vez de sanar, vuelvan a rasgarse… ¿por qué? Porque con esas palabras le recolocamos en ese lugar del desastre, donde solo hay restos de dolor que vuelven a armarse y formar esa argamasa de recuerdos que deberían seguir ahí, reposando, descansando, cada vez más ocultos, y donde se pueda soñar que ya no existen, porque siempre estarán ahí, esperando algo que los despierte.

Y es esto es tan normal, tan habitual…  Siempre queremos que nos perdonen, que la persona lastimada sane, ojalá fuese posible esa idea idílica del perdón.  Ojalá, pero no es así, porque cuando hacemos algo a los demás, por egoísmo, por desconocimiento, por mala fe, por insensatez, por lo que sea, y al tiempo somos capaces de reconocer que no estuvo bien, (porque hay quien no lo hace, no asume que hizo mal, sus estructuras valóricas no lo permiten y de esas personas necesitamos cuidarnos…), vamos en busca de su perdón, pero, desafortunadamente, ese perdón no existe.

Y no es que piense que uno necesita estar odiando al otro por lo que hizo, no, al contrario, creo en los afectos, en el amor al otro, el cuidado del otro, y por ello propongo usar palabras que no despierten los recuerdos, usar palabras nuevas, limpias lo más posible de pasado y  lo más llenas de futuro… ¿cómo hacer eso tan difícil? No lo sé, creo que lo favorece un sentimiento sincero de afecto hacia el prójimo, ese amor sincero va haciendo surgir esas palabras de reencuentro, que hacen nacer futuro, nuevos momentos de armonía entre el tú y el yo…  En cambio, si las palabras van siendo dictadas por la culpa, surgen estas frases desleales que nos regresan, y en vez de sanar heridas, las desangran más.

No le pidamos a quien es lastimado, aparte de estarlo, también acepte lo sucedido como nada, cuando no es así, ya que su conciencia está invadida de recuerdos que insisten en volver a ocupar un lugar en nuestro presente, dañando, lastimando, volviendo a abrir heridas… Dejemos dormir los recuerdos, que sigan ahí, guarecidos en las sombras del inconsciente, donde siempre estarán, pero nosotros, ocupados en el presente, tejiendo nuevos futuros no los despertaremos, y  ahí pueden seguir, hasta que un día se construyan experiencias que realmente impidan que regresen con esa fuerza destructiva.  Siempre volverán, pero como aromas del pasado, y al reencontrarse ante nuevas imágenes de vida, quedarán empequeñecidos.


Por tanto, no le pidamos al otro lastimado, que olvide, no le pidamos que sane sus heridas, no le pidamos que no recuerde, mejor reconstruyamos la vida, seamos otro nuevo, para que en cada reencuentro seamos capaces de llenar la vida de experiencias enriquecidas, donde las palabras propicien esos “no-todavía”, que llenen las viejas palabras de la alegría de vivir con esperanza…Así los recuerdos, cuando algo los despierte, no encuetren un lugar donde renacer... 

domingo, 21 de junio de 2015

La educación necesita ser pensada y actuada por sujetos para sujetos...

Me asomé al calendario escolar para ver cómo ando en tiempos y organizarme para concluir lo mejor posible el ciclo escolar y vi que de la semana del 7 al 13 de julio un espacio llamado Semana Nacional de Evaluación y me di a la tarea de investigar, y no encontré nada y me pregunto ¿por qué estoy tan desinformada? estar ocupada con los niños no alcanza para estar atenta a estas nuevas políticas educativas que se difunden poco, yo debería saber esto... en fin, en mi recorrido vi muchos documentos, ya del 2011, no están actualizados sobre la evaluación, y leí y leí, y recordé una lectura de Hugo Zemelman, un texto sobre el sujeto, conferencia dictada a psicólogos, y ahí decía que los discursos educativos adolecen de sujeto, es decir, hablan de lo que debe hacer, de ideas ideológicas que no tienen realidad, de cosas por hacer porque la realidad dominante las exige, cosas de esas, pero tienen la idea de sujeto. 

La educación se piensa como algo que debemos hacer desde el rol que nos toca, pero somos sujetos a pesar de todo, pensamos, sentimos, deseamos, y por tanto, al poner este discurso en la realidad no llega, ¿cómo si fue pensado sin esta complejidad?  Nada cambiará si no aprendemos a ver y hacer la educación como un encuentro de personas, personas de carne y hueso cada uno buscando lo propio ¿no se trata entonces de un total desencuentro? ¿Cómo hacer la educación así? sin desanimarme, pienso en el concepto de paideia, ese viejo concepto que da esperanza... "hacer nacer al adulto contenido en el niño" de acuerdo a lo que le leí a Fullat, entonces, los adultos que hacemos la educación necesitamos día a día nacer como sujetos, y superar esta idea de rol instalada y ahí tengo mis dudas si podremos hacerlo... ¿cómo mover la cabeza de este paradigma? como formadora de maestros creo que necesitamos pensarlo mucho y hacer más...


Dejo esta idea pendiente para cuando tenga un poco de tiempo, ahora, los niños me demandan y ellos son ahorita la prioridad, necesitan nacer en ese sujeto más excelso que puedan ser... ojalá, trabajo mucho en ello.

viernes, 29 de mayo de 2015

¿Cómo amar lo imperfecto? gran pregunta...

De Roberto Juarroz este hermoso poema...

¿Cómo amar lo imperfecto,
si escuchamos a través de las cosas
cómo nos llama lo perfecto?

¿Cómo alcanzar a seguir
en la caída o el fracaso de las cosas
la huella de lo que no cae ni fracasa?

Quizá debamos aprender que lo imperfecto
es otra forma de la perfección:
la forma que la perfección asume
para poder ser amada.

Buen consejo y entiendo que el problema es interesarse, admirarse, recrearse por lo que aún no es, eso, que creemos debe ser instituido. A los maestros nos pasa mucho con los niños (y a los padres también), tenemos un ideal sobre ellos y muchas veces no entran en ese traje, entonces, buscamos muchas razones para argumentar por qué no son quien deben ser; y sucede que es él, es quien está pudiendo ser en ese momento, la vida es tan desconocida, que a cada instante solo se puede ser lo que nos es posible ser, y ahí, somos unos desconocidos para nosotros mismos ¡qué terrible! y así vamos por la vida, de la luz habituada, hacia las penumbras misteriosas del futuro. Los poetas captan bien este miedo existencial, tal vez por eso me gustan, lo hacen lenguaje para pensarlo y sentir menos el extravío.

Y, continuando con la idea, pienso que en la docencia acompañamos a los niños y nos acompañan, y ahí vamos, se supone que orientando ese emerger subjetivo, ese salir a la luz, orientándoles para que vayan viajando hacia la perfección de sí mismo que él solo puede ser, él solo puede decidir su propio siendo, (esto desde el viejo y hermoso concepto de PAIDEIA) 

Estas vacaciones tendré que escribir mucho, mi grupito de niños me va dejando tantas preguntas e ideas, cada día cruzo el portón de la escuela con la sensación de que hay tanto por hacer, a veces desanimada por mi ignorancia, a veces con el reto de enfrentar las tareas al día siguiente, a veces agotada;  hoy haciendo algo para los alumnos-adultos de la maestría, pienso que necesito leer más, documentarme, armarme de ideas para reflexionar los sucesos del acto educativo, ¿pero dónde está el tiempo? ya sé, el tiempo se construye, porque el tiempo es uno mismo.


Pues a continuar dando lugar a mi temporalidad...