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sábado, 10 de marzo de 2018

¿Coach en la formación de sujetos?


Pues aquí, sufriendo con una idea “...el tutor es un coach que busca el acompañamiento continuo de los docentes para lograr el desarrollo integral y humano integral”.  Estoy tomando un diplomado para formarme como tutora en línea de docentes de ingreso quienes serán evaluados a los dos años de su ingreso al sistema educativo, y ellos, mis tutorados, están tomando un diplomado donde los acompañaré por un tiempo.  Y aquí, en el diplomado, leyendo los materiales,  y la verdad me siento confundida, con deseos de abandonar todo y ya, retirarme de este campo de la formación de profesores, donde he invertido unos 25 años de mi vida, si no es que más...
Me duele como se introducen palabras de un campo a otro y se arrastran ideas instrumentales que simplifican una tarea tan dura, compleja pero tan necesaria, donde no hay que escatimar nada, donde urge la idea más excelsa por más abstracta que sea, hay que negociar con la mejor teoría, adentrarse por la complejidad de los conceptos para abrir puertas de realidades que no podemos ver por falta de una mirada fuerte, enriquecida por ideas situadas en la experiencia, en la realidad.
En lo que reviso, voy entendiendo que ahora puedo ser una “entrenadora” de maestros, y esto no me deja una sensación agradable, me veo inmersa en un nuevo lenguaje, que se instala poco a poco en el campo educativo, al que aún pertenezco, y sé que me veo mal hablando de lo que me da un trabajo, me da de comer, pero a la vez no puedo quedarme callada...
Un “coach” entrena, desata, pule, hace brillar una cualidad ya revelada y la lleva al estrellato, (bueno eso entiendo que es, tal vez mi apreciación es limitada) y un profesor novel, quien apenas se inicia en esto de situarse frente a personas (chicos, grandes), vive un proceso de descubrimiento tanto de sí mismo, del sentido de su profesión tan humana, donde su naturaleza misma es que nunca dejará de re-aprender, de reconstruir ese sentido.  Estos profesores jóvenes están aprendiendo lo que es ser maestro, donde lo que deben saber ya, aunque les duela, es que siempre estarán en descubrimiento de los otros con quienes trabaja, quienes no son cosas, sino con seres humanos en igual proceso de auto-descubrimiento de sí mismos.
Cómo coach ¿que podría yo fortalecer? No me imagino en ese papel, pues entiendo que el maestro se sitúa frente al otro para ayudarle a entusiasmarse consigo mismo, que quien forma tiene el reto de ser hábil para provocar al otro, es alguien que necesita audacia, preparación, sutiliza, gentiliza, fuerza pedagógica para ayudar al otro a que abandone su “estado-amado” donde se siente ya realizado, pues necesita saber que al ser parte de una realidad en movimiento, donde siempre hay que seguirse formando pues lo que funcionaba, pronto, no lo hará.
La educación necesita ser un proceso que mueve, desestabilice, sacuda, despabile, quedarse en los saberes y haceres nos envejece, nos saca de la vida, por ello, de lo que se es y sabe, hay que aprender a usarlo para ser otro, y para ello, necesitamos siempre auto-descubrirnos, reconocer nuestras potencialidades para orientarlas y desplegarlas en toda su posibilidad. 
La formación que promueve un educador discurre entonces por cualquier lado que realice al sujeto frente a nosotros, ¿se puede entrenar esto? Yo no podría, pero sí aprendí a provocar el movimiento del otro, ¿cómo? Bueno, esa es una cualidad muy subjetiva que sé hacer, y me ha quedado claro que nadie es marioneta mío, que la tarea es que cada uno aprende a hacer, esa tarea en la que puede vivir su pasión, que educador debe aprender a construir desde sí mismo, su modo singular de ser quien es, por tanto, eso no se entrena, se propicia el auto-descubrimiento y ya... Por tanto, para mí, la palabra coach, es muy limitada para abordar los retos del profesional de la educación.  Igual la palabra tutor, me siento trabajando con profesores menores de edad... y no, son profesores adultos... otra palabra que achica la mirada e instrumentaliza la compleja tarea.
Definitivamente no estamos ante una actividad simple, tiene muchas coyunturas, intersticios, zona oscuras que revisar...  Como le leí una vez a Umberto Eco, la teoría es difícil, pero hay que vivir el reto de leer, de pensar complejo, porque la existencia lo es... bueno, eso le entendí.
Luz Divina Trujillo
10-marzo-2018

martes, 3 de octubre de 2017

LA IMPORTANCIA DE REVISAR, CONOCER Y APROPIARSE DE LA OBRA DE HUGO ZEMELMAN DESDE LA EDUCACIÓN.






"Nos encontramos en los terrenos de la tercera tesis sobre Feuerbach de Marx, cuando sostiene que se olvida que son los hombres precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado.”
Hugo Zemelman[1]


Hablar de Hugo Zemelman desde su obra, con el fin de conocerlo, difundirlo y vivirlo en el mundo educativo, implica reconocer que apropiarse de sus sentidos epistémico-didácticos, no será nunca una tarea fácil ni rápida.  Y a pesar de que urge esta tarea de “propagación” de sus ideas, son muchos los problemas que se enfrentan, y que como educadores necesitamos reflexionar y aprender a sortear para apoderarnos de este legado intelectual cuya fuerza pedagógica radica en contribuir a que las personas se hagan cargo de sí mismas, asumiendo el proyecto de su autonomía personal, tarea ineludible de la educación.[2]

La vasta obra, exige de nosotros formas de aprender más allá del ejercicio cognitivo, -en lo que culturalmente se ha enfocado la escuela-, pues no se trata de una epistemología que se aprende acercándonos a los  fundamentos de la ciencia, a diversas teorías para explicar desde dónde, cómo, para qué se conoce como la define cualquier diccionario especializado, cultura teórica que no está demás, hace falta conocerla, pero para usarla de una manera que acrecente al ser mismo, lo habilite para  reflexionar  la racionalidad encarnada de la época de la cual somos hijos, y ser  capaces de “pensar nuestro pensar” reconociéndonos en medio de las fuerzas sociohistóricas que definen los rumbos de nuestra existencia.  

Adentrarse por este enfoque epistémico, conlleva de entrada un esfuerzo personal con las exigencias éticas, cognitivas, psico-emocionales, históricas, sociales entre tantas que implican al sujeto, pues las ideas zemelmanianas buscan a un interlocutor que se asuma como sujeto.

Zemelman reconoce al sujeto como “ámbito de sentidos”, es decir, una presencia humana que se sabe colocada en un tiempo-espacio interconectado con otros de diversas índole y naturaleza, y necesita desplegar un  razonamiento capaz de “mirar” nos dice él, no solo explicar, porque explicar nos encierra en un conjunto de verdades sobre esa realidad, cuyo origen parte de cuerpos disciplinarios, y quedamos  sumergidos en teorías  tal vez ya obsoletas, incapaces de dar cuenta del dinamismo y complejidad de tal circunstancia.

De acuerdo a Zemelman, la realidad presente, necesita ser “mirada”, captada horizónticamente para apreciar su vastedad, y ante ella, sabremos que no basta una teoría para explicarla, sino la articulación de todas aquellas que nos ayuden a reconocerla como un todo que amerita ser abierto, desarticulado, para mirar sus nudos problemáticos.

Diversas miradas teóricas abren opciones, ser capaces de optar por aquella interpretación más pertinente, y en esta opción, nosotros nos recuperamos potenciados para pensar y hacer lo que se necesita dados nuestros ámbitos de intervención. Pensar, colocarse, hacer lo pertinente, es la invitación, de ahí el lugar del sujeto en la obra de este autor: le importamos nosotros. 

Por eso, su obra es una exhortación al rescate del sujeto y desde su discurso, su lenguaje nos busca.  Desde su “decir”, no le habla solo a lo cognitivo, pues sus planteamientos no pueden memorizarse, y como buen seguidor de Bachelard, le habla al sujeto que somos, a ese que María Zambrano descubrió somnoliento, cobijado bajo el mundanal ruido de la vida social,

“la realidad dócilmente se deja colonizar por el hábito, por los hábitos que el hombre adquiere en su vivir cotidiano. Y casi desaparece. Dentro de esa cuadrícula de los hábitos, la realidad se desrealiza, se oculta, y al par que se desvanece se solidifica. La conciencia deja de estar despierta y atiende solamente a aquello que tiene ante sí, a aquello que tiene que captar de momento. El tiempo se contrae, se divide y su fluir se hace imperceptible o tiende a hacerse. La libertad se aduerme. Pues que la realidad y el ser que ante ella está –el hombre– están ligados, corren diríamos, la misma suerte: si la realidad huidiza, se oculta, la conciencia se apaga, pierde intensidad y el ser mismo, el ser a quien esta conciencia pertenece como una lámpara, se oculta tanto o más que la realidad.  Y así la vida cuotidiana regida por el hábito, por la tranquilizadora costumbre que es seguridad, eclipsa la realidad y al ser que con ella trata... y la vigilia se acerca insensiblemente al estado de sueño.”[3]

Y Zemelman busca al sujeto en actitud de vigilia, atento, para ello usa un lenguaje que sacude de esa inercia somnolienta, y nada sutil nos habla de lo urgente y necesario dejando la tarea de asumir esos desafíos formativos que solo cada uno puede enfrentar.  Leer a Hugo Zemelman es verse frente a un “decir” poco habitual, persuasivo, desestructurante de los procesos de significación que se logran, y esto va desatando una emoción, un pensamiento, algo, pues se siente que leer ese tipo de enunciados desordena algo, y uno se queda con la tarea de reconstruirse dadas las necesidades y posibilidades de cada quien.

Este lenguajear zemelmaniano, tiende a abrirse en significados sin agotarse en sus signos,[4] por ello, el lector necesita dejar de leer cognitivamente, y dejar fluir otra forma de comunicación, esa de la que habla Bachelard cuando afirma que si somos capaces de insistir en una obra es porque nos concierne.[5]  Esto es, llega un momento, en que la obra dialoga con nuestro sentido, deseo, necesidad, con esas dimensiones adormecidas, y entonces, esta lectura, le habla al sujeto que somos, dándose ese encuentro de autor y la pregunta que surge es ¿Qué me estoy perdiendo de estas ideas? Dando lugar a ese deseo de aventurarse por esas ideas que en la medida en que exploran, reencantan al sujeto.

Nos vemos frente a un lenguaje, fuerte, comprometido y apasionado, pero sumamente abstracto[6] por tanto, complejo[7] pero no por ello ajeno y distante, ya que le habla al sujeto que somos, ese que siempre está ahí, potencialmente contenido en nosotros, pero a veces más como rol por la naturaleza de las instituciones que habitamos y nos habituamos a sus inercias.

Y dar lugar a la “experiencias de ser sujeto”, auto-desplegarse, saberse capaz de vivir-viviendo, es lo que Zemelman llama  “necesidad de ser sujeto” pero que en la medida en que se vivencia, nos coloca frente al empobrecimiento de nuestra subjetividad, se revela la orfandad de recursos para enriquecerla, lo que impide crecer, y ante ese necesitar ser uno mismo, se buscan salidas, se localizan umbrales por donde hacer de nosotros “algo más” lo cual exige estudio, disciplina, tiempo para estimular nuestras facultades adormecidas, desde fuertes dosis de voluntad, de autonomía, ya no para sobrevivir, sino para existir con plenitud, comprometiendo a “...todo el sujeto tanto a su estómago como a su espíritu, a su mirada y su oído, a su voluntad de ser”[8]

 Planteado así, este enfoque contribuye a pensarnos-sentirnos como sujetos en una realidad socio-histórica que sabemos sigue los imperativos de la hegemonía política, social, tecnológica y económica del hoy, cuya direccionalidad, fuerza constituyente de lo social que se impone, amerita ser descubierta, desanudada, siendo capaces de pensar, de mirar otros desenlaces posibles a partir de nuestro participación como sujetos históricos.

 Como vemos, no se trata de promover cualquier “pensar”, sino de uno con la fuerza de asomarse al pensar mismo para percatarse de su propia lógica; se trata de estar atentos a las acciones que provoca, y los proyectos emergen de él, reconociendo los efectos sobre la realidad que se vive y hacerse cargo de sus efectos y consecuencias.

Dar prioridad a esta tarea de “pensar el pensar”, exige tiempo, una formación lenta que propicie esta actitud epistémica, y comprender el gran valor pedagógico y ético de esta forma de epistemología, que nos invita a valorar la fuerza del pensamiento crítico, connotado como capacidad de reconocer lo potencial en el presente actual.

Pero estimular esta forma de pensar conlleva enfrentar la propia circunstancia que sigue los dictados de un paradigma que favorece un pensamiento instrumental a la que subyace una propuesta formativa que encapsula nuestras forma de razonamiento y nos orienta por descripciones útiles, que solo buscan una vida feliz, poniendo la mirada en la mejoría de la vida actual, sin grandes perspectivas de futuro. La educación, termina por promover una forma de pensar unívoca, ¿cómo promover ahí una formación transdisciplinaria que rompa con la lógica de pensar en objetos? 

Rescatar al sujeto desde la educación, fomentar formas más abiertas de pensar, de ser, de sentir, conlleva plantearse diversas preguntas capaces de ver a las personas desde el conjunto de sus facultades y aprender a verlos como sujetos y la obra de Hugo Zemelman, resulta un parteaguas para el problema de la formación, en la medida en que busca el rescate del sujeto.

Es una obra importante que aún necesita ser recuperada desde el ámbito pedagógico y aprender a construir criterios epistémico didácticos que nos ayuden a vivir la educación con el dinamismo y potencialidad que se necesita.  Tarea nada sencilla pero sí urgente.




[1] Hugo Zemelman Merino. El ángel de la historia: determinación y autonomía de la condición humana, (España: Anthropos-UNAM-IPECAL, 2007), 34.
[2]  José Ángel López Herrerías.  Educar sujetos, propuesta pedagógica para nuestra cultura, Revista Iberoamericana de Educación, vol. 75 [(2017), pp. 197-218]
[3] María Zambrano. Actitud ante la realidad. Disponible en: http://www.huellas-cl.com/2007S/07/lactitudante.html
[4] Emmanuel Levinas, “La sinceridad del decir”. En Dios, la muerte y el tiempo. Cátedra, Madrid, 1998, p. 227-231.
[5] Gastón Bachelard. Introducción. En Poética del espacio. FCE, México, 1983, p. 18.
[6] “...lenguaje de pensamiento de naturaleza constitutiva que no se identifique con el lenguaje de comunicación. Es el lenguaje de significantes como propio de la razón abierta...” Hugo Zemelman Merino. Sujeto: existencia y potencia.  Anthropos y COLMEX, España, 1998, p. 57.
[7] “¿Qué se podrían decir las cosas de otra manera? ¡Qué las diga el que pueda!... su urticante estilo convoca al debate, la crítica, la discusión apasionada e ineludible...” Comentario de Horacio Cerutti Guldberg al prologar el libro: Necesidad de conciencia. Un modo de construir conocimiento de Hugo Zemelman.
[8] Hugo Zemelman Merino. Necesidad de Conciencia. Un modo de construir conocimiento, (España: Anthropos, 2002), 25.









domingo, 14 de mayo de 2017

Sin sentido, extravío, descolocación de la infancia en la construcción de la historia social.



Este vídeo me lo mando una amiga, que le agradezco, pues la música me encanta, en contra parte a las escenas, es motivadora y desata un estado apacible con “uno mismo”, es de mis preferidas, pero las escenas revelan un drama vivo de los tiempos actuales y me despabila haciéndome pensar en las escenas finales y preguntarme: ¿Se nos están “muriendo” nuestros infantes?

Ellos, nuestros niños,  están rodeados de nosotros al momento de nacer (quien quiera que sea, siempre un adulto atiende su desvalida presencia en tales momentos), y ahí estamos, y mientras  son pequeños y hermosos, todo nos  maravilla de su crecimientos, hasta la más perversa grosería y travesura, nos parece graciosa, y así, los gozamos, y los premiamos de múltiples formas y los hacemos sentir un "rey", un ser poderoso, exitoso, (pero el mundo es adverso, y no se encuentra dispuesto sólo para él: Lipovetsky),  (bueno, no todos, pero sucede) y así, los alentamos sin mediar con límites ni disciplinas, todo mientras no nos den tanto trabajo, y creciendo aún a nuestra voluntad, le podemos pedir con dulzura “siéntate aquí”, “ponte esta ropa”, “come esto” etc., etc.,  pero empieza a soltarse, a crecer, a caminar, a correr para tomarnos la palabra y vivir por cuenta propia siguiendo sus impulsos aún desconocidos para sí mismo,  y sin saber cómo gobernarlos, se nos salen de control, pues ahora sigue los  dictados de su propia volontad, deseos,  donde el bien y el mal, los límites, la disciplina, el respeto al otro, aún no son conceptos muy claros para él, y con esas faltas de colocación en la vida social, se lanza a la vida incierta, llena de sorpresas; avanza y observa, y con lo que ve, sus estructuras valóricas se cimbran, se reajustan y ahí, nosotros sentimos que desfallecemos, que no podemos hacer mucho en esa difícil tarea educarlo, pues deja de escucharnos, de mirarnos, se aleja,  y  viene la pregunta ¿Quién estaba cuando era necesario para acompañarlo y orientarlo en la conformación de su sentido? ¿Quién estaba para ayudarlo a gobernar sus emociones, sus pasiones, guiados por deseos más límbicos que racionales? Todos nos fuimos ocupando en otras cosas, hasta que él mismo niño nos hace sentir la incapacidad de enfrentar con fortaleza, disciplina, con un amor que se conduele pero no desiste la compleja y necesaria tarea de formarlo, de ayudarle a crecer y entender los desafíos existenciales de su propio tiempo, y ahí va, solo, nos necesita, no sabe cómo, y nosotros, le vamos diciendo de múltiples formas, que no estamos a la altura de la tarea, llenándolo de desencanto, desesperanza...

Porque construir sentido, esperanza, el reto de la tarea, el respeto a los otros, el desafío de ser sí mismo en la más mínima acción que se realice, no se aprende solo, se vive, se ve, se respira de los otros, y se intuye eso es ser “uno mismo” en medio de los otros, quienes desde sus actos nos invitan a intentar una vida ética,  entonces, si está en medio de personas seguras, responsables, atentas al desafío y complejidad de educarlo, podrá construirse el sentido de vivir, de luchar, de crecer con responsabilidad para moverse hacia un  futuro que poco se nos revela, que si bien tiene promesas, éstas, se caen a pedazos y aun así, hay que insistir...  Lo que pasa, necesita preocuparnos, urge hacernos preguntas, tales como ¿qué aprenderán nuestros niños esto en medio de una atmósfera donde los adultos se extravían, tienen pensamientos simplistas y débiles? ¿Qué será de nuestra infancia cuando con simpleza se asume que será adultos y ya?

SÍ, lo serán, pero sobreviviendo un despeñadero del sentidos sociales, en el desahucio del amor al prójimo, en la pérdida de la responsabilidad, del desamor a la vida, en el entierro de sí mismo, en un tiempo presente, un tiempo que se quiere sentir infinito y ahí, extraviado en el placer, quedarse sin crecer, anhelando ser ese Peter Pan de los cuentos (Maffesoli), No crecer, no saber de lo pasa porque asusta, deprime, por tanto, es mejor, perderse en la banalidad del instante eterno.  Pero, el tiempo es el tiempo, y éste, no se detiene, otros futuros llegarán y nos asaltarán, producto de nuestro propio descuido; ¿cuáles y cómo serán?  

Diseñar los nuevo rumbos sociales son ineludiblemente la responsabilidad social de toda infancia que ocupará en su momento el lugar de los adultos, y me pregunto si la nuestra va siendo informada de tal tarea... ¿Tenemos la generación de adultos que los rodeamos hoy, la capacidad de hacerlo?

sábado, 18 de marzo de 2017

¿Primero los niños?

Revisando el documento del Nuevo Modelo Educativo para Educación Obligatoria, la página 75, llamó mi atención.

“Las habilidades socioemocionales son comportamientos, actitudes y rasgos de la personalidad que contribuyen al desarrollo de una persona. Con ellas pueden:
· Conocerse y comprenderse a sí mismos.
· Cultivar la atención.
· Tener sentido de autoeficacia y confianza en las capacidades personales.
· Entender y regular sus emociones.
· Establecer y alcanzar metas positivas.
· Sentir y mostrar empatía hacia los demás.
· Establecer y mantener relaciones positivas.
· Establecer relaciones interpersonales armónicas.
· Tomar decisiones responsables.
· Desarrollar sentido de comunidad.”

Y me quedé pensando en mis alumnos “niños de seis años” y mis alumnos, ahora jóvenes de entre 20-22 años de UPN, (soy maestra de chicos y de grandes), ¿Cómo moverse hacia esta finalidad educativa cuando va ganando lugar, peso, y sentido social la personalidad posmoderna?  ¿Cómo moverse de la subjetividad real a esa posible?  Toda finalidad es una puerta abierta al tiempo que no sabemos si lograremos hacer realidad, pues en su concreción, vivirá el embate de las fuerzas vivas de su propio tiempo-espacio. 

Y qué difícil me parece tal intención, cuando veo niños que van creciendo en entre dos fuerzas, por un lado, la que proviene de padres, abuelos, y sociedad en general que le hace sentir como seres únicos, quienes nacen hermosos, seductores y atrapados en su pureza, sin darnos cuenta, le vamos dejando sentirse libres de hacer lo que quieran cuando quiera y como deseen, sin atender ni reconocer las necesidades de los otros que les rodean, se siente únicos y merecedores de todo, haciendo solo lo que les gusta, lo que no cuesta esfuerzo disciplina. Y así crecen, saboreando el placer y comodidad de vivir,  sin reconocer lo que eso cuesta a otros, lo ven como normal tener todo a su medida.

Es la emergencia del niño que no sabe del valor del tiempo, de los limites, del cuidado del otro, va creciendo como ese niño Rey nombrado por Lipovestky, un niño educado por una generación de padres ocupados y algo débiles en la tarea de la crianza, quienes educan a sus hijos inmersos en un mundo complejo, caótico, dotándolos de premios que compensa formas de relación, pero donde se siembran ideas de que puede tener todo sin esfuerzo.  Mientras fue niño, se hizo, pero crece y vive una cruda realidad que lo lleva ser una persona que no esperábamos ni como padres ni como maestros, menos como sociedad.

Pero no todos los niño viven esta idea de felicidad, otros, crecen en la soledad, abandonados, solo cuidados por alguien, y sin tener casi nada, se van apropiando del mundo de acuerdo a lo que ven, intuyen, respirando la ética tan movediza e incomprendida de la época posmoderna...

Y los jóvenes, ya en ellos ya se nota lo aprendido, y bien; se sostienen en un personalidad ya difícil de movilizar.  Ellos, asisten a la escuela, ya a la preparatoria, o la universidad, pero con poco apego a la actividad escolar, trasminan un valor por la educación desentonado, débil, que les desorienta y les lleva a caer en el desánimo, un desencanto donde todo vale igual, que les orienta a realizar actividades mínimas, solo de sobrevivencia, dando lugar a aprendizajes insipientes e insuficientes. 

Cómo educadores vivimos el reto de entusiasmarlos, apasionarlos en la aventura del pensamiento, del conocimiento, del  auto-despliegue, y no saben de eso, al contrario les gana la incredulidad, como docente enfrentamos la falta de reconocimiento a nuestro esfuerzo, y en lugar de eso, aprenden a sobrevivir las  exigencias curriculares, en enfrentan con aburrimiento, les cansa el tiempo lento de la escuela, y un sin deseo de acelerarlo, porque si eso sucede, se auto-protegen aún más, no entienden ni soportan verse en falta de habilidades, sentirse insuficientes cuando siempre han vivido esa cultura escolar del mínimo esfuerzo que se ha normalizado. Hay sus excepciones por supuesto.

Se van instalando en un conformismo, un desencanto, de niño rey al que todo se le prometió, pronto aprendió que no todos están dispuestos a darle lo que desea, y que a pesar de trabajar en ello, no lo alcanza con facilidad, lo prometido no es cierto.  El mundo exige y premia poco y ante esto, se refugia en los sentidos del momento presente, va acercándose a esa personalidad posmoderna reflexionada por Maffesoli[1] quien que pone en relieve este detalle que puede echar por tierra nuestra mejor intencionalidad pedagógica:

Nuestro autor, nos habla de la ruptura de las instituciones que nos venían organizando, familia, escuela, estado, y las personas, ahora un tanto libre de sus límites reguladores de otro tiempo, nos lanzamos al goce reprimido, a experimentar más el placer que subordina al razonamiento.  Este placer, nos invita a quedarnos en el tiempo presente, y evita pensar en lo incierto de los nuevos cambios ante la caída de las instituciones modernas, a sentir la inseguridad, el vacío y reto de hacernos cargo de nosotros mismos.  Entonces se busca el aislamiento, u otras formas de reunión que él llama tribus, que son organizaciones más dinámicas y duran lo que la pasión del momento permite, reglas ligeras, soportables.

Así, la felicidad, ya no se encuentra más en un mañana cargado de premios a nuestro esfuerzo presente, no, el futuro ya no moviliza, no se cree en él, sino que ahora, nos afanamos en la fuerza y sentimiento seguro que provee el “aquí y el ahora”. 

La juventud va orientándose por nuevos valores, por ejemplo el trabajo, ya no es aquél fin que garantiza la existencia, no, ahora puede ser el trabajo del momento para pagarme algún placer, algún ocio, esa idea de reunión, de sentir que se vive con los otros como regla de vida, no, ahora, se desea vivir intensamente una experiencia, vivir una energía vital que haga sentir que se existe... en fin, Maffesoli explica esto en varios libros, lo que quiero resaltar aquí, no es que estamos ante una generación sin futuro, no, siempre necesitamos reconocer nuestro potencial, construimos la realidad, aunque no le apostemos ahora al futuro, vivir el presente, crea futuro.

El asunto es comprender que esta nueva generación es vital, tiene una energía poderosa, que se está quedando contenida en situaciones que no estamos comprendiendo, y como generación adulta nos urge reconocer para ayudarles a situarse en la nueva construcción de valores a los que sin darse cuenta, ya están dando lugar, y estos, marchen, lo más saludables hacia la consolidación de una nueva socialidad como afirma Michel Maffesoli.

Y ¿por qué todo esto? Me ubico, los sentidos formativos de la p.75... me pregunto si los lograremos cuando no tenemos espacios ni momentos para reflexionar la real realidad que vive nuestra infancia y juventud y la orienta a ser quienes son en las aulas, unos niños y jóvenes muy complejos, a quienes necesitamos ayudarles a crecer, a escuchar, auto-cuidarse, cuidar al otro, sentirse un ser humano fuerte, solidario, atento al mundo que le tocó vivir.

¿Lo lograremos si somos ciegos a esta verdad de la emergencia del sujeto posmoderno? ¿Si no conocemos las nuevas identidades posmodernas sabremos como generación adulto (padres, maestros, sociedad), ayudarles a situarse y autoconstruirse como ellos mismos necesitan?

Sin caer en desánimo, pienso que estamos ante una tarea pedagógica muy compleja, donde para iniciar necesitamos asumir que estamos ante niños, adolescentes, jóvenes que ya no corresponden a nuestras viejas ideas sobre ellos, son otros. 

Necesitamos hacer un alto y sentarnos a revisar los fines formativos de la nueva propuesta curricular y confrontarlos con la realidad, para entonces, colocar al sujeto real que necesitamos educar, saber a quienes tenemos ahí, frente a nosotros, para sentirnos invitados a construir esas estrategias pedagógicas que ahora ellos necesitan con urgencia.    
Necesitamos hacer realidad ese decir con el que se promueve este cambio curricular: ¡Primero los Niños¡  que no puede ser solo un slogan publicitario, hay tanto qué hacer para atenderlos con pertinencia, amor, sentido social, pues ellos son nuestra apuesta a un futuro menos dañado al que ya se les hereda.

Por ello, hay mucho trabajo por realizar en materia de formación de maestros, necesitamos trabajar con las nuevas generaciones de padres, en la creación de un ambiente paideico que atienda el nacimiento de la Personalidad Posmoderna que si bien ya no podemos frenar, si podemos ayudar a construir esa “ética estética” a la que nos invita Michel Maffesoli, a ayudar a erguir a esta nueva generación ante el hontanar del tiempo que se les abre, incierto, inhóspito, donde aprenderán a erguirse desde una razón-sintiente como nos ha invitado Hugo Zemelman Merino,  es decir, formar a seres humanos que se asombran, y sienten las tareas que se les pone en frente como retos, como desafíos que se viven con pasión, influyendo conscientes en el sentido de la historia por nacer.

¡Primero los niños¡ nos exige vivir nuestro rol social y profesional, como sujetos.









[1] Ideas algo apretadas, que necesitan consultarse en su obra, como: El tiempo de las tribus, El instante Eterno, El Nomadismo,  El ritmo de la vida, La transfiguración de lo político y otros más recientes que aún no se traducen.  Estamos ante un autor pensando nuestro tiempo presente, quien nos revela grandes problemas que necesitamos conocer y vivir como educadores.

lunes, 3 de octubre de 2016

La necesidad pedagógica de revalorar la obra de Hugo Zemelman Merino a tres años de su partida.


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Hoy es 3 de octubre, día que nos recuerda el tercer año de la partida física de nuestro gran intelectual latinoamericano Hugo Zemelman Merino,[1] fecha que no podemos dejar pasar, pues es un día de luto para el pensamiento crítico al dejar de escuchar a viva voz, esa constante e insistente invitación a vivir el pensar histórico, como construcción de sentido, de despliegue de entusiasmo vital que aporte  miradas utópicas que ayuden a iluminar nuestro caminar por el tiempo existencial tan hostil que nos ha tocado vivir.

Es imposible no llenar nuestra memoria de sus mensajes (dichos con cierta tristeza) con los cuales nos avisaba de la amenaza creciente que se va elevando sobre nosotros, envolviéndonos  en una sombra que impide ver la construcción que vamos heredando al paso de la vida humana.  Decía y preguntaba en uno de sus últimos libros[2]

“Seguimos yendo por el camino fácil. Es mejor estudiar la roca en lugar de estudiar el magma. Se está acumulando información sin pensamiento. Se está recurriendo a conceptos-cadáveres.  ¿Es pertinente el concepto que se desea utilizar? ¿El conocimiento está dando cuenta de aquello que denota? ¿Qué significado tiene la democracia ahora, por ejemplo?[3]

Su pensamiento, su postura, su carácter, es una presencia aún viva en esas salas, auditorios, aulas de clase, donde nos exponía con elocuencia, sabiduría y sencillez, un decir lleno de mundo, un decir que buscado en su obra escrita[4] no es muy fácil de leer.  Todos quisiéramos que nos contara su propuesta con simpleza, con poca inversión de palabras, pues al estar atrapados por un pensamiento instrumental, que necesita un mínimo de ideas, no podemos interactuar con textos tan ricos en lenguaje, cultos por su recuperación de miradas teóricas que le permitían hablar apropiadamente sobre su modo de pensar el mundo. 

Ese lenguaje, en forma escrita, de entrada nos parecen indescifrable, leerle, nos demandan una capacidad de comprensión inusual y lo peor, muchas veces, creemos, estamos convencidos de no necesitarlo y nos alejamos, sin saber cómo hacer un esfuerzo intelectual, enfrentando este paradigma de época que nos impide  discutir académicamente, a no ver problemas y como dice nuestro autor, se “...pierde la necesidad de trascendencia moral y el deseo de aventurarse,”[5] porque se nos ha afectado en la capacidad de voluntad, y vamos quedando limitados a los espacios de eficacia, a todo aquello útil que nos aporte reconocimiento y felicidad, que desafortunadamente, no dura mucho.

Y es cierto, es todo un desafío situarnos frente a la obra de Hugo Zemelman, pues si bien nos invita a ser nosotros mismos, a enfrentar nuestros desafíos, no se trata de libros que hablan de superación personal, no vemos en ellos esas estrategias prácticas para el éxito ante determinadas situaciones que nos afectan, nos duelen y nos impiden crecer.  NO, definitivamente estamos ante una obra que nos demanda una responsabilidad intelectual, pero no por decir esto, es solo racional, sino que se trata de una intelectualidad que se sumerge en una red de emociones, todo eso que nos hace una extraña argamasa fecunda, entre razón y pasión y permite sentirnos como un magma ardiente en constante transformación.  Una obra así, definitivamente no es fácil, pero hoy más que nunca, es una necesidad.  Por ello, es importante pensar en cómo  acercarnos a su mensaje tan humano, tan importante y necesario de atender.  Los maestros tenemos esta gran responsabilidad.
Y para hacerlo, necesitamos reconocer que su obra necesita a un lector que se asuma como sujeto (en su momento lo aclaro más) y que este sujeto, amerita poner en juego algunas de sus potencias, como la riqueza del lenguaje, el sentido de la existencia, y el valor de su mirada utópica. 

No es mi intención extraviarme, estas ideas aquí planteadas, necesitan abrirse para reconocer su entrelazado conceptual, sus fortalezas, sus complejidades y sobre todo, los desafíos formativos en los que nos sitúa, porque nada sucederá sin nuestra participación, todo será una tarea de sujeto, de un sujeto que crece, se despliega en la medida en que enfrenta las responsabilidades es capaz de reconocer y hacerse cargo.

En este esfuerzo aclarar los más posible, nos auxilia otro autor de gran valía para el mundo, Gastón Bachelard, quien en una de sus obras dice: “...todo lector que relee una obra que ama, sabe que las páginas amadas le conciernen…La simpatía en la lectura es inseparable de la admiración.”[6]  Y aunque estas ideas van en defensa de por qué leer poesía, no están de más aquí, ya que las ideas de Zemelman, pienso, son una delicada prosa-poética.

Veamos algunas de estas bellas frases, que nos colocan ante una imagen poética -a la manera de Bachelard-, y ellas, hacen renacer algo en nosotros, pues como la poesía, con sus más excelsas metáforas, son, un lenguaje denotado que despierta en nosotros la experiencia de libertad, de ensueño, de rencuentro con lo que somos y podemos ser... si leemos poesía, si la sentimos, ésta no ayuda a pesar de estar encerrados en un rol, a vivir la experiencia de autonomía y ser sujetos... Zemelman escribe,

"... debemos buscar en la debilidad y sus inercias protectoras aquello que pueda trascender la tristeza y el quebranto."[7]
“las épocas de los hombres son como los vientos que facilitan volar cuando se sabe descubrir sus corrientes para alzarse en una dirección. Es el significado de una reflexión de la historia como flujo de mareas que hacen posible navegar: pero que requiere tener que detenerse ante sus paisajes, controlar los impulsos que precipitan hacia la seguridad de respuestas, en un afán de precisión que deja de lado la mirada del paisaje. La contemplación de éste exige de un silencio quieto que permita abarcarlo en su inmensidad.[8]
“... la experiencia de la historia como lucidez hecha de instintos y voluntad para hacernos sujetos desde el magma de la vitalidad, que nos cerca y engloba de muchos mundos posibles.  Que exige pensar, no desde fuera, sino desde el transcurrir mismo del sujeto... por consiguiente, la conciencia es verbo que busca su predicado...[9]
Y así, se va uno adentrando por sus libros, encontrando estas expresiones tan vivas, cargadas de su pasión intelectual que invitan a la reflexión, que actúan como detonantes de impulsos internos que nos recuerdan la experiencia adormecida de buscarnos y encontrarnos a nosotros mismos, pues inmersos en la rutina de la vida socializante, siempre siendo parte de un tiempo-espacio hecho, nos lleva a olvidar esa búsqueda sin hacer preguntas existenciales sobre quiénes somos, quién queremos ser, qué necesitamos hacer para encontrarnos.  Este decir nos recuerda que somos “ámbito de sentido”, por tanto, pura posibilidad. 
Pero, para pensar-sentir esto, nuestro autor reclama a un lector-cómplice, necesita a un “otro” que se sienta aludido, que sienta el llamado, que crea con fe, que esa escritura el concierne, que tiene que ver con  él, y así,  juntos comparten  problemas, sueños, esperanzas.  No se puede leer a Zemelman como un libro para resumirlo, para construir preguntas y respuestas lineales, NO, a Zemelman se le necesita leer para pensar-sentir algo, es un acto que deja una experiencia de reencuentro, es una escritura epistémica que nos habla al oído, nos hace sentir el deseo de pensar, de existir con mayor conciencia.

Ya en otro escrito[10] he compartido algo sobre esto, y he dicho que la escritura de Zemelman se asemeja a un “lenguaje paideico”, es decir, si la paideia se entiende como “hacer nacer al adulto contenido en el niño” (esta idea la capté de Octavi Fullat), la lectura de Zemelman, hace nacer ideas potenciales escondidas en alguna parte de nosotros, que siempre han estado ahí, adormecidas por la vida instrumental en que nos hemos refugiado,  pero al leer sus ideas, complejas, con un lenguaje que se resiste a ser repetido mecánicamente, y que por el contrario, estimula el pensamiento al ponernos frente  a imágenes que ayudan a salir nuestras ideas de la oscuridad, nos invaden nuevos significados que al ser puestos en primer plano, recordamos que somos algo más de lo que creemos ser dando inicio a esta de auto trascendencia personal y social.  Pero, desafortunadamente, no todos escuchan este llamado, y sordos a los ecos de uno mismo, abandonan esta valiosa lectura ¿por qué?

Creo, a reserva de estar equivocada, pues algo que he aprendido con apoyo de este autor, es que para cada cosa o suceso, existen muchas lecturas, así que dada mi experiencia y conocimiento como formadora de sujetos, sospecho, que esto sucede porque al estar tan convencidos de nuestro rol, debido a la fuerza de la socialización por la que hemos pasado, nos lo hemos creído, pensamos que esa es la  única forma posible de ser, de existir, y a veces,  molestos con ésta, nos asfixia pero no se tiene la fuerza y voluntad para cambiarla, ahí permanecemos sin saber qué hacer; pero hay otras personas, en quienes en su rol,  funciona seductoramente, pues les permite sentirse exitosas, se perciben como personas consumadas, expertas en lo que hacen y saben, y no sienten la necesidad de hacer algo más, y ahí, detenidas, ya no  buscan más, y se aviva el temor y resistencia a movilizar esta  imagen de sí mismos.
Y leer  a Zemelman exige un movimiento, conlleva reconocer, valorar, confrontar a cada momento nuestro pensamiento, explorar preguntas para dar cuenta de quien se es, quién se quiere ser, y qué se necesita para ser y hacer eso, qué se necesita; leer a Zemelman nos hace vernos como personas en permanente construcción, con necesidad de colocarse en una realidad dinámica, cambiante, realidad que necesita de nuestra guía, ser el motor de ese cambio de manera consciente, pues de otro modo, terminamos como sujetos en la historia, llevados en sus ondas, cuando necesitamos ir montados en sus crestas, para ver horizontes nuevos donde posicionarnos. 
Con lo dicho hasta aquí, podemos asegurar que existen buenos lectores de Zemelman, pero también, sabemos de otros, que saben que existe, y prefieren no hacerlo, y muchísimos más, quienes lo desconocen, no tendrán nunca la oportunidad de vivir esta experiencia de acercarse a un decir que alimente su espíritu, su necesidad de autonomía, y seguirán en ese rol social tan encarcelante, que adormece, nos evita vivir experiencias de libertad creadora, constructora de historia personal y social con ese plus de conciencia que tanto hace falta. Esto lleva a preguntar ¿Cómo difundir esta obra? ¿Cómo permitir que los sujetos tomen la decisión de leer o no? La ignorancia finalmente es un gran mal que necesitamos combatir y la educación tiene esta responsabilidad.
Es importante agregar, que la lectura de la obra zemelmaniana, exige sensibilidad a la época en que se existe, es decir, sentir ese deseo “trascendencia moral y de aventurarse”, enfrentando la tendencia al conformismo; pensar que el mundo está hecho y nada cambiará no nos ayuda, al contrario, nos sumerge en las tareas dadas por la hegemonía que nos lleva a la hecatombe, a la que nos acostumbramos, vemos como inamovible, perdiendo la capacidad de asombro, de construir preguntas y  trabajarlas, y vamos dejando que el mundo siga su curso, permitiendo que se consoliden procesos indeseables para la vida, pues como nos dijo Zemelman, apoyándose en Heller, la historia se construye en la cotidianidad de la vida.
De ahí, esta demanda constante en su obra, ese fervor en cada una de sus frases para invitarnos a asumir nuestro lugar como sujetos, de pensarnos-sentirnos como creadores de la historia que vivimos y que si bien heredamos llena de problemas y nos lastima, de la misma forma, estamos construyendo desde nuestra ignorancia, una herencia más compleja para la generación que nos sigue.  Y lo más interesante que nos lega en su obra, es el valor de la consciencia sobre el momento histórico, el reto de conocer los problemas que la caracterizan, pero que no se aprenderán ni se intervendrán por puro voluntarismo, sino por un fuerte y necesario trabajo intelectual, por un fuerte deseo de asumir un compromiso ético, para el cual necesita prepararse con gran empeño existencial.
Este esfuerzo intelectual es el meollo de su obra, pues considera que recuperarnos como sujetos tiene que ver con recuperar una racionalidad crítica,[11] entendiendo por crítica, la capacidad de leer en el tiempo que se existe y lo que está por nacer, valorar su pertinencia y comprometernos con su desarrollo posible dadas las circunstancias que se viven.  
Tal desafío intelectual exige pensar, problematizar, discernir algo más a lo establecido, reconocer las anomalías, las coyunturas, los desafíos de todo tipo, pero principalmente los formativos, porque para colocarse se necesita un pensamiento epistémico, categorial, crítico, que no son los mismo, pero juntos, permiten nuestra colocación pertinente y necesaria.
La Epistemología del Presente Potencial, -así se denomina su propuesta-, aboga porque las personas se convenzan de la necesidad de hacerse preguntas a sí mismas, de hurgar qué se sabe de eso, que se cree saber, por qué lo sabe, qué poder lo guía, si eso que hace es lo pertinente o se podrán hacer otras cosas que la hegemonía no está interesada en que se sucedan, pero quien sabe que se necesitan, desplegará un responsabilidad intelectual, ética y política para hacer aquello desde el despliegue de su poder más cotidiano.
El pensar epistémico de esta forma, contraviene a la Racionalidad Instrumental que hoy día nos conduce por los caminos de nuestro mundo social y nos convence sobre  la importancia de procesos eficaces, eficientes; es una racionalidad preocupada por los productos que aporten una riqueza material, y dejamos de lado pensar en la complejidad del proceso, deseamos verlo como algo simple, pero no vemos sus efectos indeseables, que igual se posicionan en nuestros espacios y poco a poco nos lleva por situaciones no esperadas que nos asaltan.  Morín, mucho escribió sobre la necesidad de un pensamiento complejo en contra parte a esta forma de pensar simplista, que a la larga va dejando una gran ceguera, de la que tal vez no podamos recuperarnos.
Hugo Zemelman, nos lleva a pensar en esta racionalidad que nos ordena y nos invita, a que desde ella misma, la conozcamos, y nos situemos en ella, que nos atrevamos a pensar-sentirla, a aventuramos por preguntas y respuestas para ver más de lo que nos está permitido y mirar lo que él llama lo “presente potencial” en el seno mismo de nuestro tiempo social, que está ahí, esperando ser desplegado por nuestros esfuerzos más políticos y éticos.
Y este es de problema de fondo trabajado largamente por nuestro epistemólogo, mucho discutió y escribió sobre este reto humano de  aprender a movernos de una racionalidad a otra, viendo a la primera como coyuntura, pues solo desde ella podemos partir. ¿Cómo hacer semejante tarea?  En la Maestría en Educación Formación Docente (cerrada en febrero de este año[12]) por más de dos décadas nos comprometimos con esta tarea, y poco a poco, haciendo algo, fuimos reconociendo la valía de esta propuesta para la educación.
Como lectora de Hugo Zemelman, aún no sé si he captado la esencia de su obra y la tarea que se desprende, pero sí puedo decir, que en la medida en que me acerqué a ella, se fue encarnando y la fui llevando por los caminos de la docencia.  Fue en el seminario de investigación socio-educativa donde tuvimos la oportunidad de hacer verbo estas ideas, desafiando las formas instituidas de hacer investigación, pues por más de 15 años fui explorando formas, cómos, abrevando nuevas nociones aún abiertas en su proceso de consolidación, llevando a los alumnos a pensar, a comprender la importancia de moverse por nuevos sentidos y en ese proceso a reencontrarse a ellos mismos.
La experiencia aún no se escribe, (ha quedado en los programas de estudio, en clases grabadas, en pequeños ensayos, en la informalidad de las pláticas) pero avisa que en esas décadas de trabajo pedagógico guiado por este enfoque, pasaron muchas cosas en cada uno de los implicados.  Se puede afirmar, que nuestros egresados, ahora escuchan el nombre de Hugo Zemelman y el de nuestra maestría y experimentan una emoción, una añoranza, viene a ellos un reencuentro con pensamientos, sentimientos vividos durante  su estancia y saben que la experiencia formativa fue buena, que ahí algo les sucedió y les invita a ser diferentes. 
No sé si lo logren o no, el mundo es seductor y tiende a devolvernos a zonas de comodidad, pero pienso que cada uno tendría que hacer lenguaje esta experiencia, contarnos cuál fue el movimiento experimentado, qué sucede ahora que está en la real-realidad, viva, donde ahora sabe que se mueve con ella, que ahí es  “ámbito de sentido”, desplegándose dadas sus necesidades como sujeto social ¿será capaz de resistirse a la inercia dada de la vida social?
Para muchos, la herencia intelectual de nuestro ha quedado clara, sabemos que es una propuesta epistemológica, que se vive en el sujeto mismo, que no se trata de aprender la epistemología como teoría, sino de vivirla, de revelar el problema, de conocer en el sujeto mismo, quien  busca conciencia en el acto de conocer, de ser, hacer, sentir.  Y también nos queda claro que hacer esto es un desafío formativo para quien lo vive, un reto pedagógico para quien lo impulsa, y ambos, alumnos y docente, nos vimos implicados en un movimiento individual y colectivo. Viviendo el reto de ser sujetos cada uno desde su ámbito de experiencia.
Y no puedo dejar de dejar de mencionar el problema del lenguaje que se enfrenta para adentrarse por esta propuesta. Como sujetos formados en una racionalidad instrumental, enfocada en productos eficaces y eficientes, no hemos necesitado de muchas palabras, solo las mínimas, palabras cuyos significados no entren en controversia, y esto, ha venido empobreciendo pensar y evita tener algo que decir fuera de lo esperado.  Nos vamos quedando sin palabras.
En contra parte, la racionalidad de la Epistemología del Presente Potencial necesita saber leer el tiempo presente, necesita conciencia de cada palabra que se usa, y como una palabra puede ser o no un concepto, y si es un concepto, recuperar la mayor parte de sus significados, las diversas teorías que se encuentran en éste, que comparten, en qué difieren, qué problemas abarcan, qué resuelven, qué dejan pendiente el que nos pueden decir del presente, que límites tocan, que zonas nuevas se pueden asomar... y para esto, necesitamos una gran cultura teórica dependiendo del campo en el que nos situemos.
En nuestro caso, como educadores, fue necesario provocar este deseo por el conocimiento teórico, leer todo aquello que nos abriera panoramas nuevos (filosofía, sociología, psicología, pedagogía, etc.) y al leer, nos íbamos apropiando de lenguaje, de comprender que esas palabras que usamos en la educación necesitan dejar de ser un cascarón y conocer su interior, usar los significados construidos históricamente para posicionarnos mejor en nuestros espacios de existencia, donde cada uno tiene una responsabilidad de auto trascendencia moral y social.
La propuesta epistémica de Hugo Zemelman, como podemos ver, no es algo sencillo, pero es una necesidad pedagógica, la educación no puede estar ajena a ella. Y ahora, alejada de esa docencia epistémica, no pierdo la esperanza  de que todos los que estuvimos implicados con esta propuesta, encontremos nuevas coyunturas para continuar con este valioso legado de nuestro autor, quien nos invita a “...resistir el cansancio, la apatía o la falta de perspectiva, la vaciedad de contenidos... (Para auto potenciarnos) y reconocer la vida como movimiento de la inteligencia, de la imaginación y de la voluntad.[13]
Y habría tanto más que decir en defensa de este pensamiento, tantos problemas contenidos en sus libros por explorar, si seguimos revisándola.  Tenemos un tiempo largo para continuar ahondando en sus ideas epistémicas, que solo son puntas de lanza que nos llevan a zonas desconocidas de pensamiento, que como sujetos tenemos el derecho de explorar.
Por ahora cierro con esta hermosa frase que siempre cito pero no informo su fuente porque extravié ese libro, solo recuerdo que era colectivo, que el primer artículo era de él, iniciando así:
“Atreverse a usar la cabeza, sin apegos ritualistas a ningún canon de certidumbre, es el ejercicio mismo de la responsabilidad intelectual: caminar de ese modo por el ágora imaginario del espíritu, después de subir por la vía sacra hasta la alta plazuela iluminada donde poder encontrarse con todos los retos que han quedado dormidos y dejados a los lados del camino.  Ejercicio de la responsabilidad intelectual cuando se la entiende ubicada en el ámbito de un conocimiento comprometido con el forjamiento de más conciencia, para actuar frente a la realidad que nos circunda y se cierne sobre nosotros.”
                                                                                                   Hugo Zemelman Merino



[2] Hugo Zemelman Merino, Pensar y Poder, Razonar y Gramática del Pensar Histórico. (México, siglo XXI, 2012).
[3] Hugo Zemelman Merino, Pensar y Poder, razonar y gramática del pensar histórico, 8.
[4] Hasta el momento se dé 13 libros y los últimos cuatro, son una “delicia intelectual”, donde se aprecia la madurez de ideas abiertas en las primeras obras que datan desde 1980.
[5] Hugo Zemelman Merino, Pensar y Poder, razonar y gramática del pensar histórico, 13.
[6] Gastón Bachelard, Poética del espacio. (México: FCE, 1983), 18.
[7] Hugo Zemelman, El ángel de la historia: determinación y autonomía de la condición humana.  (España: Anthropos-UNAM-IPECAL, 2007), 15.
[8] Hugo Zemelman Merino, Horizontes de la Razón III, (España: Anthropos, 2011), 77.
[9] Hugo Zemelman Merino, Necesidad de conciencia. Un modo de construir conocimiento. (España: Anthropos, 2002), 30.
[10] Luz Divina Trujillo, El humano como como hontanar de la historia. En: http://meditandopoesiayprosa.blogspot.mx/2015_10_04_archive.html

[11] “...la crítica consiste en la forma de razonamiento capaz de referirse a la potencialidad de lo dado” Hugo Zemelman Merino, Problemas Antropológicos y Utópicos del Conocimiento (México, Colegio de México, 1996), 46-47.
[12] Se afirma por la institución que se volverá a abrir, sí, lo creo, pero estoy segura que no será más aquélla que se esforzó por ser, ahora tendrá otros sentidos.  Habrá que valorar sus nuevos esfuerzos en la formación de maestros.
[13] Hugo Zemelman, El ángel de la historia: determinación y autonomía de la condición humana, 7.