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sábado, 13 de noviembre de 2021

Reconocer que somos seres finitos heridos por el infinito nos permite comprender nuestra condición y esencia humana.

 

Josep Maria Equirol. Humano, más humano. Una antropología de la herida infinita. Acantilado, Barcelona, 2021.  Edición Electrónica.

 


Leyendo “Nuevas formas del malestar en la cultura” de Vilma Coccoz, me encontré con este autor, quien viene desarrollando un pensamiento filosófico, dice el “de la proximidad”, sobre la experiencia de existir, que le lleva a reflexionar sobre lo que nos hace humanos.  Elegí este libro porque es el más reciente.

 Confieso, que aparte de leer su libro, me di a la tarea de escuchar cuando menos tres de sus conferencia recientes y pude así percatarme del por qué, pese a ser un asunto de reflexión filosófica, fue tan atrayente su lectura, pues se esfuerza por tener un lenguaje coloquial, es decir, que sin tener ese bagaje de lo que dijo Nietzsche, Heidegger, Levinas, y tanto muchos que cita a pie de página, todos podemos “sentir que sentimos” algo, lo que dice nos ayuda a profundizar en la profundidad que somos cada, somos tocados, somos aludidos en la herida que somos.

 Es un largo ensayo, con un índice con temas coloquiales que nos implican pues aluden a nuestro nombre, de dónde venimos, el día, la noche, etc., y desde éste, uno no puede rechazar un contenido que desde su lectura hace que recordemos, que pensemos que que sentimos, nos hace pensar que se piensa para comprendernos a nosotros mismos, y si tenemos preguntas sobre nuestra condición humana, ahí quedamos, buscando ideas que nos ayuden a comprender ese “alguien” singular, que somos, en la intemperie de la existencia, pues acabamos reconociendo que somos un nacimiento que se repite día a día, y que hemos venido de ninguna parte, pero vamos hacia lo que sigue y sigue, y que en ese proceso somos una herida abierta, porque todo el afuera nos llega, nos toca, lo sentimos y es tanto ese sentir, que nos deja heridos.

 Y que reconocer nuestra finita vida, herida por el infinito, desplegándose en la intemperie, es un acto de resistencia, porque somos personas que podemos pensar que pensamos, que podemos imaginar, construir, crear, y así, imaginando, se avanza esperanzado por la vida hacia algo más en potencia, esperando renacer, ser creado en lo que hacemos, y a esto le llama “poiesis”.

 Es un ensayo que nos lleva a pensarnos, a pensar a los otros, a reconocer que somos comienzos infinitos que nos acercan a un final;  un día no comenzaremos más porque moriremos, somos finitos en lo infinito del mundo, que igual, nace día a día.

 He quedado convencida de que soy un “inicio absoluto” que un día cesará, qué, venida de ninguna parte, es mejor pensar en la fuerza del nacer día a día en el valor de mis actos, que en el momento que en no naceré más.  Reconocer esto que somos, definitivamente es una herida infinita en mi finita vida, pero desde la capacidad de sentir que siento, de pensar que pienso, de crear, nos volvemos donantes de cosas, así como receptores de lo próximo, que siempre es tanto y tanto, siempre algo se siente, algo nos afecta, y día a día renacemos en medio de un cúmulo de sentimientos que no terminan de explicarse.

 Y me quedo con esto último, este libro me ha hecho pensar, y este pensar me adentra por mi misma, y me he  encontrado con mi herida, soy alguien abierta al infinita resistiendo a través de mi esfuerzo por imaginar lo que aún queda por vivir;  nacer cada día, antes del día en que no nazca más, me deja un esfuerzo de acercamiento a mí misma, a mi condición humana, a mi esencia humana.  Dice el autor que al reflexionar nuestra condición humana, se puede pensar en que uno es arrojado al mundo desde quién sabe dónde y se toma conciencia de que se existe, y cuando pensamos en nuestra esencia humana, implica asumirse como ser sintiente, y al sentir lo que uno siente, se percibe la afectación que el “absolutismo de la realidad” impone, así, cada uno se sabe como un ser que renace día a día en medio mil situaciones buenas y no tan buenas, donde se puede imaginar lo que aún no es, donde se tiene la esperanza de nacer y renacer cada día que siga, hasta el último, que ignoramos su fecha.

 Bueno, algo así comprendí, y siento, que esto que me hace sentir es muy propio de mi condición y esencia humana… Cada quien tiene que leer y contar su sentir, porque somos un “yo sintiente” capaz de pensarse. Y aquí le dejo, la verdad, no he dejado de preguntarme por qué leo sobre estos asuntos, y en esta divagación, la misma lectura me hizo hizo pensar una respuesta. 

Entendí que no se está solo, que estamos próximos al otro y lo otro, que vamos haciendo una experiencia de existir, pero lo más importante es la proximidad que somos, entonces el reto es esforzarnos por comprenderla, de otro modo ¿para qué nacer de ninguna parte? Siento que el nombre de esa canción que me gusta ha tomado más sentido: se trata de “honrar la vida” que llegó no sé de dónde, honrar ese misterio buscándome a mí misma….

Me duele la cabeza… lo confieso, pero aquí sigo.  Creo que retomaré el libro de Vilma Coccoz... 

domingo, 17 de octubre de 2021

¿Vivir ignorantes de lo que es la existencia o aprender a convivir con el embate del tiempo, la enfermedad y la muerte?

 


Joan-Carles Mèlich LA FRAGILIDAD DEL MUNDO Ensayo sobre un tiempo precario. (España, 2021) Tusquets Editores S.A. Edición Electrónica.


Hoy, estoy frente a un libro leído, que no sé por dónde invitar a leerlo.  Es de esos libros que más que conocimientos, información, movilizó emociones, y siempre, hacer palabras lo que se siente, no resulta fácil ni sencillo.  

Pero por algún lado hay que iniciar, no merece quedar extraviado en mis pensamientos.

Este libro, es uno de los más documentados que se pueden leer, pero si bien se vale de conceptos bien citados, nunca éstos se cierran con definiciones para encarcelar las ideas que utiliza, por el contrario, se vale de otras ideas metafóricas tomadas de fuentes que denomina con pulcritud y detalle y llama “Lecturas venerables”, que son novelas, poemas, ensayos, y con ellas logra encontrar las palabras para reflexionar este asunto tan trascendente y vital de nuestros modos de vivir, de habitar el mundo donde nos tocó nacer-morir, y como diría Unamuno “quedar en la tierra” desde la huella que dejamos conscientes o no de ello.

 Es de esos libros en cuya forma de escribir interpela al “mí-mismo”, y uno, una, se queda intrigado, atraído por la invitación a cruzar una puerta guiados por la intuición, la emoción, los indicios de “algos” que tienen que ver con uno mismo.  Confieso mi atracción por este tipo de libros donde se presiente un misterio, y que sin exigir tomar notas se puede avanzar pese a nuestras múltiples ignorancias de los autores citados, pero va dejado preguntas, el aumento de la inquietud por saber a dónde nos lleva, y conocer algo de ese misterio percibido desde la primera página que se sostiene hasta terminar la obra, dejando en la cabeza un merodeo de ideas diversas, con la sensación de que ha valido la pena leerlo y además, se tiene necesidad de hablar de ello, pero asalta la pregunta ¿cómo hablo de lo que me pasó con esta lectura?

 Sospecho que una lectura de este tipo es “estrictamente personal”.  Por eso no sé cómo contar, narrar la experiencia y por ello me veo obligada a poner aquí, algunas de las frases (entre tantas) que al leerlas, pensarla, dejan una inenarrable sensación:

  •   “Somos más lo que nos pasa que lo que decidimos”
  • “habrá que aprender a andar sin rumbo y sin destino, a tientas, con temor y temblor”
  • “El mundo es la gramática que habitamos y que nos habita, la interpretación que nos posee y en la que vivimos”
  • “Existir es salir de sí, lanzarse a una aventura en una tierra extraña que no dejará de serlo y en la que nunca se tendrá la sensación de estar en casa.”
  • “Habitar el mundo es existir siempre en un trayecto, en una encrucijada.”
  • “Lo útil provoca un bloqueo y una negación de sentido, no solo porque no es posible hallarlo sino sobre todo porque ofrece un único sentido.”
  • “Será necesario girar la cabeza y mirar atrás. Solo así comprenderemos qué es, en definitiva, lo que hemos heredado, seremos capaces de interpretar la fragilidad del mundo y repensar si todavía estamos a tiempo y en condiciones de encontrar las formas necesarias para cuidarlo.”
  • “El mundo se ha convertido en una inmensa red burocrática de la que es imposible escapar, es un espacio cerrado en el que impera una lógica instrumental que provoca la escisión entre la razón y el sentido.”
  • “La actualidad no es lo que da sentido al tiempo, sino lo que lo niega, porque es un instante que coloca al que lo vive fuera del mundo en lugar de situarlo en él, en su fragilidad. No ha vivido más años el que tiene más edad, sino el que más ha sentido la vida.”
  • “No ha vivido más años el que tiene más edad, sino el que más ha sentido la vida.”
  • “Lo humano no tiene esencia, es una forma que se transforma constante e imprevisiblemente, que nunca es idéntica a sí misma.”
  • “…los humanos no pueden más que existir en la fragilidad, porque son seres finitos que pugnan por lo infinito, un infinito que nunca llega, pero que es necesario para mantener la ilusión de continuar vivos.”
  • “Un ser finito no es el que se limita a habitar el mundo, sino el que habita su fragilidad. Para existir, no solo para vivir, sino para «salir de uno mismo» (existir es eso, «salir de sí», lanzarse a una aventura incierta, sin brújula ni cartas de navegación)”
  • “Para soportar el sentimiento de sentirse expulsado del mundo y de estar en lo inhóspito, a la intemperie, hay que encontrar un tenue hilo vibrante de sentido.”
  • “…el sufrimiento no puede ser erradicado.”
  • “Angustia, melancolía y pánico son tres formas de fragmentación que convierten el mundo en un desierto de sentido. La existencia no puede «respirar», deja de vibrar y de responder a los demás y a sí misma.”
  • “La mayor parte de las veces «vivimos» pero no «existimos». Andamos en la cotidianidad del mundo sin pararnos a ver, a contemplar, a pensar y a sentir el mundo. La existencia es completamente a-problemática.”
  • “La provisionalidad es el atributo fundamental de la existencia. Lo definitivo es la muerte.”

 

Y así, cada capítulo, se bien se concentra en diferentes problemas, no pierde el hilo para abordar el eje de su libro, que es la necesidad de asumir que los seres humanos somos cambio, movimiento en ese lapso de tiempo que somos entre el nacer y morir, y que desde ese momento, ya tenemos encima nuestro la carga heredada del mundo que nos precede, carga que necesitamos reconocer y pensar cómo usarla en el mundo que nosotros ayudamos instalar, que nunca podremos dominar, que es hostil la mayor de las veces, y ahí somos frágiles, vulnerables, y esta condición, necesitamos asumirla para aprender a vivir así, en ella, pues no se tiene alternativa, somos huéspedes de un afuera ingobernable, donde a pese a todo, se puede vivir haciendo esas pequeñas batallas existenciales.

 Es un libro que necesita ser releído cuando se necesite (valga la redundancia), pues quien lo hizo una primera vez, ya sabe que al volver a él, se reactiva la capacidad de cierto tipo de preguntas, presiente la emoción del misterio, del valor de atreverse a abrir puertas y asomarse a esas oscuridades que nos rodean, que muchas veces deseamos ignorar, pero ahí están, y lo mejor es sabernos implicados, reconocer que no nos son ajenas y necesitan importarnos.

Ojalá haya logrado interesarles, lo busquen y se adentren, por sus “oceánicas” páginas, utilizando esta metáfora de Freud, en el Malestar de la Cultura.

domingo, 3 de octubre de 2021

Pensar y existencia… ¿Vislumbrar el sentido de existir? Hugo Zemelman Merino a ocho años de su ausencia...

 


3 de octubre, día que me demanda recordar un suceso de 2013.  Hace ocho años ya, que murió en Pátzcuaro Michoacán, Hugo Zemelman Merino, a unos días de cumplir 82 años, lúcido, terco con la vida que eligió y sostuvo con fuerza, entusiasmo y ese amor por el conocimiento que libera el pensamiento de “parámetros” que impiden los destellos de libertad para “ser-estar-hacer” desde el más insignificante acto de vida cotidiana.  Fue un hombre que anduvo tras la libertad a la manera del poema Paul Éluard

“Y por el poder de una palabra
vuelvo a vivir
nací para conocerte
para cantarte
Libertad”


Y cuando digo que me siento demandada, lo planteo con sentido levinasiano, esto es, me veo interpelada, situada frente a la obra de este autor latinoamericano, sin opción de negarme,  me exige -y cedo convencida-, desde lo que sé, a compartir sus ideas construidas por los últimos 50 años de su vida, enfocadas a reflexionar nuestras formas de pensar y de vivir en consecuencia. 

Siento genuinamente, lo importante que es recordar, que, por toda su obra, -lo que conozco de ella-, nos hace una invitación a desplegar una forma de pensamiento capaz de estar atentos al presente para avanzar con lucidez por las oscuridades del futuro, por los apenas indicios de luminosidad que la realidad misma contiene, pero que es necesario aprender a mirar.  Soy consciente del valor de estas ideas y el reto de no olvidarlas, de no sepultarlas como sociedad en una historia que termina por no nombrarse.  

Y para hablar de Hugo Zemelman, he elegido un apartado de su libro “Pensar y Poder. Razonar y Gramática del Pensamiento Histórico”, el último que publicó en 2012.  El apartado se llama “Pensar y existencia” y al volverlo a releer, como siempre sucede con su escritura connotativa, las imágenes, ideas y pensamientos que se suscitan, son nuevamente propios del momento, y rearman otras ideas que permiten pensar algo no pensado antes. En esta relectura, he puesto atención a una palabra que utiliza en varios momentos y he de confesar que antes, no le di la importancia que hoy descubro.  Esta palabra es “vislumbrar”, que buscada en el diccionario refiere a una mirada que atisba, que entrevé, que se figura algo en un espacio con apenas claridad para tener certeza de ese “algo”, pues sólo se aprecian indicios o señales en esa penumbra o niebla de la realidad que la cobija.

En este apartado de su libro, Zemelman utiliza esas ideas epistémicas que cruzan toda su obra, como “presente-potencial”, para hablarnos un tiempo abierto a su propio transcurrir y la imposibilidad humana de contar con una forma de pensar que no lo “encuadre”, pues subyace la tendencia movernos en una forma de pensar organizada por conceptos, categorías, formulas cuya pretensión es atraparla y construir una seguridad existencial por la verdad de que nos provee. Asimismo, refiere la importancia de incorporar a nuestra forma de pensar, categorías abiertas como “lo necesario”, “potencialidad”, “realidad” como dado-dándose, “asombro”, “limites-incluyentes”, “esperanza”, “ámbitos de sentido”, “abstracción-no-excluyente”, etc., tantas y tantas maneras de nombrar que utiliza dependiendo de lo problemática que nos quiera compartir.

En esta ocasión, va a utilizar todo este arsenal de ideas epistémicas para reflexionar sobre la relación que guarda la forma “cómo pensamos” con “cómo “existimos””, cómo vamos resolviendo la vida quedando insertos en la historia, una historia que tejemos en las micro acciones de la vida cotidiana, y a veces, sin saberlo, le imprimimos sentidos que nos enmudecen y excluyen de la capacidad de autonomía, para terminar invisibilizados, como instrumentos de los juegos de poder dominante.

El problema de fondo que plantea, es el reto que se tiene para moverse de las certezas, de las verdades hechas pues otorgan la seguridad anhelada y aleja de la sensación de incertidumbre que imprime el cambio constante, el fluir del tiempo.  Nos platea el desafío existencial de reconocer que somos seres frágiles, nunca dioses capaces de dominar la inestable realidad, que avanza en un orden sombrío, sin obedecer nuestras reglas por más elaboradas que estén, siempre será un orden temporal, rebasado constantemente por el fluir del tiempo que avanza infinitamente, nunca se detiene y ahí, pero es ahí donde se vive, en esa realidad indomable, que no obedece a formas únicas de pensar, y por ello, necesitamos comprender que el pensamiento nomológico es insuficiente, y urge  experimentar diferentes maneras de “revelación” de lo que vamos “vislumbrando” por el caminar de la existencia. 

Desde esta necesidad, nos vuelve a invitar a recuperar nuestra capacidad de asombro, a desplegar lo que llama una “resistencia epistémica” para conquistar día a día la “difícil libertad” y atrevernos a pensar “lo que se necesite pensar”, no lo que se nos indique desde el poder, desafiando esa “imposición natural” del mundo que nos recibe al nacer, ya en forma de cultura, moral, ciencia, o políticas, pues nacemos en un mundo hecho y orientado en un rumbo hegemónico que todos tenemos derecho a comprender para decidir cómo vivirlo.

Por ello es importante aprender a “pensar críticamente” el mundo heredado en sus diversos grados de endurecimiento social, donde se nos ha otorgado de facto, una función, y mediante diversos mecanismos se nos convence de autoexcluirnos de “posibles actos de autonomía” se impide ejercer un pensamiento que tome conciencia del orden social constituido y deja sin posibilidades de “vislumbrar” otros posibles desarrollos a la herencia recibida, impidiendo a los ciudadanos, la capacidad de pensar y construir “algos” que se necesite insertar a la historia de todos, como opción debidamente analizada.

Se trata de reaprender a vislumbrar el mundo naciente en el mundo que se ha heredado, y esto, pero hacer esto, conlleva demandas, ya que no es un acto de voluntarismo, ni buenos deseos, sino del ejercicio de una responsabilidad intelectual que permita mirar con atención y detenimiento esos «algos» que se atisban, ya que no están a nuestra disposición por solo alargar la mano y tomarlos.  Hay que visibilizarlos con un fino trabajo intelectual que enfrentará problemas como:

-La creciente insuficiencia conceptual con la que pensamos el tiempo presente y la forma en que lo hacemos palabra.

-Reconocer nuestra forma de pensar nomológica, y reeducar la capacidad de pensar y hablar sobre el mundo, resistiendo la tendencia a ser invisibilizados por las fuerzas hegemónicas que desde sofisticadas formas de organización se naturaliza una forma de vida que se asume con mínima resistencia epistémica.

-Una forma de pensar con abstracciones excluyentes, que ignora o pretende no dar lugar a esas realidades que se asoman en los márgenes de lo que se afirma, y en vez de ello, se defiende lo normalizado, lo ya aprobado y validado institucionalmente.

-Atreverse a vivir en el asombro, sostenerse él, exige aprender a mirar y moverse entre los márgenes, los límites, que son los espacios donde aparecen los indicios, las señales que están esperando ser pensadas, donde urge revelar lo que se contiene potencialmente, lo cual se enfrenta a la fragilidad del ser humano.

-El reto de situarse en el mundo que se habita, reapropiarse de él, y desde él moverse hacia sus nuevos desarrollos, demanda una buena dosis de valentía para insistir en los cambios por realizar; se necesita comprender que cada época tiene su verdad, y esa verdad producida en otro momento que se impone a una época naciente, pugna por durar, se resiste y esto demanda definir políticas viables, posibles.

-Lo anterior, nos solicita el desarrollo de una crítica que se oponga a la tendencia de construir un pensamiento que marche con el orden constituido.  Se necesita asumir que el poder hegemónico necesita desmontarse, pensarse, de otro modo, el sujeto queda invisibilizado, dominado en una forma de pensar su propio tiempo, sin la capacidad de situarse críticamente.

Pues bien, hacer todo esto, se torna una tarea compleja y nos conduce inevitablemente al  ámbito de la formación donde se propicien dispositivos pedagógicos que estimulen formas de pensar que aprendan a “alejarse para poder ver de cerca”, que se aprenda a vislumbrar, que se tenga permiso de especular, leer entre señales, indicios,  reconocer las migas de pan que va dejando el fluir de la realidad; se trata de vislumbrar en lo informe de la realidad, y atreverse a revelarlas, mostrarlas, apoyarlas o evadirlas según su valía para el desarrollo social.

La lectura del apartado definitivamente entusiasma, pero a la vez deja el peso inmenso de comprender que esto no funciona como imperativo categórico de “piense críticamente” y ya, no, esta necesidad de pensar epistémicamente, pasa el por el problema de asumirse como sujeto, como bien dice nuestro autor, tiene que ver con la “capacidad del hombre a organizar su asombro cuando se atreve a tenerlo” y atreverse a vivir una forma de racionalidad que se despliega en la intemperie, en los márgenes de las verdades, de las fuerzas vivas dominantes, es un reto humano difícil de encarnar, pues se trata de vivir “a salto de mato”, como lo plantea Joan Carles Melich.

Bueno, de esto trata la obra de Hugo Zemelman, una obra nada fácil de leer, lo reconozco.  A veces no comprendo qué me llevó a esta sostenida lectura por años, pude haberla evadida como muchos, pero ahí me quedé.  Y es que en medio del esfuerzo intelectual que demanda (que no es poco), pienso en la explicación que le leí a Bachelard en uno de libros, que más menos dice así, “cuando una obra se lee, y se relee, es porque nos concierne”, y creo que sí me concierne, soy profesora, tengo el reto profesional de formar sujetos, y desde ahí, se puede hacer el esfuerzo de incentivar una forma de pensar vislumbradora que ayudare a los alumnos, a zafarse de las certezas teóricas que pretendan encerrar el pensamiento y controlar sus acciones desde una verdad dominante, por ello, necesitamos ayudarles a pensar en su “derecho de pensar y de existir la vida”, esa que ellos, necesiten.

Termino diciendo, que, para mí, leer a Zemelman ha sido complejo, pero muy liberador, desde él y con él, tengo el deseo de “mirar lejos lo cercano”, lo intento (no sé qué tanto lo logro, la realidad es la realidad).  Trato de vivir en la aventura de pensar lo marginal, y hablar de lo que vislumbro, teniendo claro que pocos lo quieren conocer, pero en esta aventura, igual se entiende que hay consecuencias como la marginación, el silenciamiento por la organización instituida, pero no detiene. Se construye una pasión por vislumbrar, por revelar.

Gracias Hugo Zemelman Merino, donde quiera que se encuentre (de usted, claro, con todo mi respeto a este gran señor, a quien conocí personalmente, crucé palabras con él, pero mi acercamiento fue circunstancial, y mi relación es, platónicamente intelectual) y pienso que cuando se ha entendido su invitación y una se atreve a dar un pasito hacia ese umbral y se van haciendo esas tareas para el auto rescate de nuestra autonomía pensar y construir sentido, con sentido, no hay retorno. 

Me confieso orgullosamente zemelmaniana.

viernes, 1 de octubre de 2021

Para preguntarse si la educación es moralista o ética (ética de la compasión)

 

Joan-Carles Mèlich. Ética de la compasión Editorial Herder, Barcelona, 2013. Edición electrónica.

Compré este libro hace dos años. Ya no recuerdo qué idea o quien lo refirió, pero ahí estaba entre mis pendientes y finalmente puedo decir que lo he leído, pero no puedo decir lógicamente lo que he encontrado en él, porque, para empezar, solo tengo claro que:

-No es un libro de instrucciones; si bien habla de ética, de la relación entre los seres humanos, nunca da pistas para hacerlo cada vez mejor, al contrario, va dejando claro lo difícil que es ser éticos, no moralistas.

-No es un libro teórico, aunque no le faltan los conceptos agudos y profundos para plantear su postura, y éstas, connotan ideas para pensar lo ético como existencia, como forma de vida.

-No es un libro que responde preguntas, pero si deja muchas, las que uno puede hacerse desde la singularidad de su vida.

-No es un libro de “ética”, sino de la necesidad de reconocer y acompañarnos en el dolor existencial de la vida, es un libro que habla del valor de la compasión y de la imposibilidad de humana de asumirla.

Por todo el libro, vamos a encontrar argumentos que defienden una ética como acompañamiento del otro, quien nos necesita en momentos de dolor existencial.  “Necesidad” que sentimos nos demanda estar ahí, responder para acompañar, nunca sintiendo su “sentir”, pero sí, estando ahí respondiendo dada la circunstancia, sabiendo que la respuesta que damos, será siempre insuficiente, siempre mejorable, pero es la que se puede dar auténticamente en ese momento, y de lo cual no podemos sentirnos orgullosos, sino lastimosamente insatisfechos de no haber podido dar algo más.

Y así, uno va leyendo ideas que nos introducen por una ética de la compasión para sobrellevar una vida finita, incierta, cambiante, informe, tan inhóspita a veces, y llega al final del libro donde narra una escena dolorosa, donde también nos dice que tenemos la tendencia humana a una “imposibilidad de compasión”, que finalmente en una situación extrema, tendemos a “salvo me-yo-primero”.  Que a veces no podemos soportar estar cerca del dolor del otro. Siempre aparece este “primero-yo”, y con las culpas y vergüenzas que esta actitud produce, y así nos vamos moviendo por la vida, porque así es lo humano.

Hay que leerlo, moverse entre sus conceptos que no son ajenos a la forma de vivir, de sentir, de pensar; su lectura provoca reflexiones que sacuden nuestros modos moralistas de actuar, de responder a los desafíos de la existencia.

Se trata de un libro que nos ayuda a pensar-nos en situaciones de vida que uno no sabe que necesitaba pensar, pero que necesitan ser pensadas, y en medio del drama, se siente algo que alegra, porque finalmente uno sabe que es mejor saberlo, vivir en menos ignorancia la complejidad de la vida con los otros, quienes igual, libran sus batallas, qué mejor que hacerlo juntos, asumiendo por convicción una “Ética de la compasión”.

Por tanto, no queda más que la invitación a leerlo. Es un libro para todos, pero si en especial los leemos los maestros, se siembra la idea generosa de desplegar una pedagogía menos normativa y sí, más compasiva, en sentido que el autor lo plantea.

 


martes, 3 de agosto de 2021

"El murmullo de las abejas"... un murmullo de recuerdos que avivan al lector.

También leo novelas, pero poco las comparte en este blog donde voy guardando mi memoria de libros leídos; blog que inicié años, pero hasta hace unos dos, he sido más sistemática en trabajarlo y compartir mis impresiones de lectura. 

Y pues que decir, aparte de leer libros que me dan ayuda profesional (de pedagogía, epistemología, sociología, filosofía, políticas, etc.,) leo con algo de lentitud, novelas.  El problema es que tardo tanto en hacerlo, (El Conde de Montecristo me llevó casi un año, pero ¡¡¡¡lo terminé!!!!, fue terrible pues sí me gustó, pero, pienso que el lenguaje al responder a otra época, aporta dificultades al lector, si bien la idea es grandiosa, la trama impecable, no dejo de pensar que leerlo exige paciencia para no desistir.  Bueno, eso me hizo sentir, quien sabe…), y este hoy comparto no es la excepción, esta novela, la inicié hace cuatro años:

 

¿Por qué la termino hasta hoy? Son muchas las razones, el trabajo, por los problemas cotidianos de la vida que no faltan, por dar prioridad a otros gustos como bordar, coser, tejer (que me encanta) porque lo destiné a ser un libro “antes de dormir” y ya agotada, leía una o dos hojas y a dormir…

Así, este libro, de página en página, vio pasar cuatro años, reiniciando siempre la trama, hasta que he tomado la decisión de leer novelas en otro tiempo-espacio, por las mañanas, y por ello, he podido plácidamente en dos semanas, lento, saboreando la trama imaginativa de la narradora, y he quedado fascinada, pienso que, si otro libro de esta novelista, Sofía Segovia llegare a mis manos, lo leeré sin pensarlo (he sabido que tiene uno nuevo sobre la masacre de los chinos a principios de siglo XX, el tema es duro...).  Muy buena novela ¿de qué trata?

Si bien es ficción, en este murmullo de abejas, nube de nobles insectos en cuyo centro se cuida amorosamente a un niño con la cara deforme, y quien se torna el personaje eje de la narrativa, no podemos negar que el suceso acaece en tierras del norte del país, en el tiempo posrevolucionario, donde suceden hechos verdaderos como la pandemia de influenza, la violencia, la reforma agraria, el cambio de cultivo, etc., toda esta mezcla de imaginación y realidad, lo hace un libro, a mi ver, como un libro adecuado para mi generación, los sexagenarios, que algo sabemos de la cultura del rancho, de familiares con tierras dedicados a la agricultura; es bueno para quienes ahora vivimos entre el recuerdo de la vida pueblerina y con la vivencia de la ciudad; es un libro para quienes crecimos en viendo películas de haciendas,  escuchando corridos,  canciones como del Piporro, etc., etc., todo lo que se cuenta, nos enlaza a recuerdos, sin dejar de pensar en los sucesos que sí se vivieron, de manera ya lejana a nosotros, pero que estamos seguros de que pasaron, y quedamos de alguna manera conectados a nuestras historias.

Tal vez, para lectores más jóvenes, no les diga mucho, y se queden solo con la trama imaginaria de un niño de ficción, con las reflexiones de los personajes en la construcción de sus destinos dadas las posibilidades del momento histórico que vivieron y se enternezcan con el emotivo final, que, a mí, la verdad, tal vez por mi edad, me cimbró.

En fin, termino diciendo que me ha parecido una gran novela y que he decidido desde hoy compartir estas lecturas a las que he dado poca importancia, pero que si lo pienso bien, son lecturas que han tenido mucho que ver con la capacidad de escribir un poco, (me gustaría hacerlo mejor), con la que puedo comentar mi impresión sobre libros de la academia.  No he sido justa con los bellos libros de Umberto Eco, de Ernesto Sábato, Gabriel García Márquez, Stephen King, Isabel Allende, Carlos Fuentes, y otros, hasta los de J.K Rowling con todos sus libros de Harry Potter, de los que algunas metáforas me fascinan, como la del “pensadero de Albus Dumbledore”, esa imagen, me encanta, me hace pensar en la infinita capacidad que tenemos de pensar, de imaginar, de crear desde lo que somos y hacemos y qué decir de los poetas que tanto me ayudan a pensar… bueno, he sido muy ingrata.

Por el momento, no me queda más que desearle un hermoso encuentro con esta narrativa de ficción donde imaginación y realidad tienen un equilibrio digno de vivirse con la emoción que la misma lectura sea capaz de desatar.

Tengo otro libro abierto de hace años, que merece ser terminado: "Inés del Alma Mía" de Isabel Allende, ya les contaré.

martes, 20 de julio de 2021

"Recuperar la pedagogía para defendernos del tecnicismo educativo"

 

Meirieu, Phillipe. Recuperar la pedagogía. De lugares comunes a conceptos claves.  Grupo Planeta – Argentina, 2016. Edición Digital.

 Philippe Meirieu cierra su libro con estas contundentes demandas para el campo educativo:

 “…hay urgencias: urgencia de volver a instalar la historia de la pedagogía y la reflexión pedagógica en el corazón de las “ciencias sociales”; urgencia de transformarla en el eje estructurante de una verdadera formación profesional de los enseñantes y de los educadores; urgencia de superar las simplificaciones y las caricaturas que se imponen hoy en un terreno que se ha dejado baldío desde hace ya demasiado tiempo; urgencia de desarrollar y difundir análisis que completen, prolonguen, amplifiquen o contradigan lo que acabamos de esbozar en esta obra…”(p.138)

 ¿Y sobre qué reflexionó en esta obra?

 Primero, plantea una fina discusión sobre la “actividad” que los niños realizan para aprender, de si es mejor una escuela activa cuyas discusiones muchas veces idealizan al niño y se le deja en un campo abierto, como si solos pudiese aprender; o si esto es posible en una  escuela donde se solicitan “ejercicios de aplicación”, siempre bajo una dirección que le lleva a logros esperados.  Nos dice que si bien se necesitan comprender estas posturas, rescatar de ellas sus aciertos, valorar sus esfuerzos, había que poner atención al valor pedagógico que tiene para los niños el vivir “situaciones de aprendizaje” bien construidas, donde la finalidad será que ellos puedan “operar” mentalmente sobre materiales, contar con consignas claras, permitirle crear y arribar a conocimientos donde sientan el valor de su esfuerzo, pues al ser así, ellos los transferirán a nuevos contexto, logrando su autonomía, pero la vez, portador de nuevos conocimientos que aportará al grupo social del que forma parte.

 Un segundo eje de discusiones, giran en torno a la idea de la motivación para aprender, reflexionando sobre la relación fracaso o desmotivación que muchas veces viven los alumnos frente al deber de aprender, lo que los adultos pensamos necesitan conocer.  Y después de interesante ideas, nos indica que en esto radica la tarea del profesor, precisamente en hacer emerger el deseo de aprender, y esto tiene que ver con un trabajo constante de búsqueda que va logrando relacionar los saberes que enseña con una cultura y una historia, para llegar a comprender cómo fueron elaborados por otras personas y valor que tienen para uno mismo.

 Continua con una pregunta “¿cómo podemos tratar de la misma manera a individuos singulares, sobre todo si nuestro propósito es hacerlos alcanzar los mismos objetivos?” (63) y va insistir que necesitamos no ser indiferentes a la diferencia de cada alumno, que cada uno necesita ser acompañado, no obviar sus características personales y sus necesidades específicas, que sucede en el seno de un colectivo, donde lo individual se articula, ahí, todos se interesan en los procesos de todos sin imponer, pero si favorecer los involucramientos que cada uno puede realizar.

 En un cuarto lugar, vemos la reflexión sobre nuestra idea de los niños, si los vemos apologéticamente o como son en realidad, niños que necesitan el acompañamiento de un adulto, de la construcción de un contexto que les permita ubicarse, que para aprender es preciso instaurar dispositivos, aprender a instalar lo que llama “bellas obligaciones”, ritos de trabajo que les llevan a metabolizar sus necesidades y energía en reto de aprender desde ellos mismos.

 Y por último discute el problema de la “libertad” en el reto de aprender y crecer, apelando aquí a la idea de “imputación”, esto es, ayudar a los niños a que se vuelvan sobre su propio proceder y tengan la oportunidad de asomarse a sus propios pensamientos y acciones y reorientarse en aquello que necesitan avanzar.  Nos hace ver el problema de formar en la libertad desde cualquier acto pedagógico, desde elegir un ejercicio entre otros, un libro entre varios, en cómo el adulto va capacitando progresivamente a los niños, para que se desprendan de las determinaciones en las que el contexto, la historia personal encierra, y aprenden a articular las decisiones que emanan de sí mismos con la historia contingente que heredaron, logran “imputarse” sus propios actos, acceder a la reflexión y “hacer de sí su propia obra”.(p.132)

 Así vemos algunos conceptos ineludibles en el acto pedagógico: aprendizaje, conocimiento, deseo, voluntad, libertad todos implicados en el sujeto en formación.  Por ello habla de tales urgencias, que nos lleven a los educadores a salir del tecnicismo en que la burocracia educativa por diferentes razones va orientando el sentido educativo. 

Es un libro interesante, y yo diría, urgente de leer.  Leerlo lleva a una “imputación” pedagógica personal (a la que no estamos acostumbrados) pero como dice nuestro autor, nos permite situarnos, revisarnos, valorar lo que estamos haciendo y atribuirnos progresivamente la responsabilidad en medio de lo que hemos hecho, analizar nuestras conductas hasta tomar el reto de nuevas decisiones fundamentales para la obra educativa en la que estamos implicados.  En el momento en el que estamos, esta “imputación pedagógica” es urgente y necesaria.

 

miércoles, 14 de julio de 2021

Michel Maffesoli y el reto de comprender lo que se trama en la posmodernidad naciente.

 

Michel Maffesoli. El ritmo de la vida. Variaciones sobre el imaginario posmoderno. Siglo XXI, 2012. Libro Digital.

 

Mis primeras lecturas sobre Michel Maffesoli las inicié en 2006 aproximadamente.  En ese momento revisé el "Crisol de las apariencias", libro que me aportó ideas para reflexionar la identidad de los profesores cuando trabajaba en mi tesis de doctorado. 

Después, por 2008, ya titulada del Doctorado, me apasioné con el libro “La transfiguración de lo político. La tribalización del mundo Posmoderno", y en ese momento le entendí que toda actividad política se perdía en toda gestión política se encontraba “saturada” y crecía su incapacidad para comprender la verdadera gestión de la vida societal que bullía; que política y vida social se separaban aumentando la desconfianza e incredulidad por la primera (el libro me encantó).

Después, en una feria del libro de la UABC, me encontré con "El regresar del tiempo. Formas elementales de la posmodernidad".  Lo leí con entusiasmo y por 2008, (recién operada de vesícula) no me perdí una conferencia que vino a dar, llamada, “El reencantamiento del mundo”. Y finalmente en 2013, leí “El ritmo de la vida”, libro cuya lectura apenas difundo en este blog.

Bueno, lo que quiero decir, es que conozco algo de sus obras, que no es la primera vez que me acerco a sus ideas, pero hoy, he tenido una revelación, una epifanía que me ha dejado en la sorpresa y en grandes dudas, y una que otra pregunta que apenas puedo formular.  

Por un lado, he reconocido que el conocimiento y uso que logré en aquellos primeros acercamientos a sus obras, estaba orientado por lo que hacía en ese tiempo:   era docente de investigación en la maestría en educación Campo Formación Docente de UPN, y que guiada por esta tarea, atrapé solamente algunas de sus ideas metodológicas, que mucho me ayudaron.

Su “aire metodológico”, concordaba con algunas ideas de mi formación zemelmaniana; rescataba de él ideas que me apoyaron en la exigencia de pensar el tiempo presente, de situarnos de manera crítica en la realidad, por ello me hacían resonancia cómo pensar el “acontecer de la vida”, a superar la lectura superficial de los fenómenos, a utilizar nociones, esto es, utilizar conceptos abiertos capaces de contener las novedades de la naciente realidad, que iban muy de acuerdo (o desde mi perspectiva quizá, ya dudo de todo) con el enfoque zemelmaniano.

Y hoy, ajena a aquellas tareas de impulsar la investigación, me he acercado a este libro de diferente manera, quedando de cara a sus contenidos y de pronto se me revela el sentido de su obra tan largamente construido y que no reconocí apropiadamente desde los primeros acercamientos a sus libros.

¿Qué es lo que puedo comprender hoy?  Para iniciar, diré, que si bien sabía que se trata de un autor que trabaja sobre la posmodernidad,  es esto es, que reflexiona sobre el tiempo que sigue como época; que describe y teoriza sobre los fenómenos actuales en que estamos inmersos y que responden a nuevas pautas algo alejadas de los sentido modernos de una época que afirma, agoniza y dando lugar al nacimiento de otra, y que se llama posmodernidad como continuidad, en espera de ser nombrada como se necesite en su momento, como ya ocurrió con otras épocas del pasado, como edad media, que para mutar hacia la modernidad, fue llamada “posmedievo” en lo que se le daba el nombre que necesitaba.  Si sabía de su orientación “posmoderna” pero no con la exigencia de significación que se necesita para comprender la naturaleza de los problemas que aborda. 

¿Y sobre qué clase de posmodernidad estamos hablando con Michel Maffesoli? Acotaré algunas ideas centrales (lo que logro entender y confieso me aterran, pues como dice el,

“El devenir destinal del advenimiento es la irrupción de lo imprevisto, que induce otra modalidad de pensar y de ser, donde el terror tiene un lugar. Las catástrofes naturales, las manifestaciones de los diversos terrorismos, los sucesos diversos diarios son vividos como el nuevo espectáculo circundante. Los incendios de autos, los incendios rituales del verano son como muchas otras maneras de vivir el gran theatrum mundi. ¿Es una paradoja hablar de deseo de riesgo? No necesariamente. Las situaciones limítrofes se multiplican…”

 Nos cuenta que el mundo social que conocemos se encuentra en crisis: los valores oficiales, instituido, los conceptos que nos ordenan, las lógicas de poder de las élites, que la tendencia al progresismo desde un presente lacónico, se encuentra saturada, entiendo por esto, que es rebasado, superado, y por tanto obsoleto.

Que esta obsolescencia en sentido amplio, va dejando aflorar “viejas raíces ancestrales” contenidas en la memoria social, dando lugar a una vida cotidiana que se organiza desde nuevos parámetros, como la idea de tribu, de comunidad guiada por valores cotidianos, que duran, lo que necesitan  estar-ser para mantener la cohesión y luego suelen desaparecer, pues sólo se construyen y responden a las necesidades del ritmos de la vida real, concreta, guiadas por sentidos hedonistas, emocionales, presentistas. 

Que existe un proceso de transición entre la idea de individuo autónomo, a la idea de la comunidad, hacia la tribu, el grupo que se une para compartir gustos, placeres, por tanto, ya no es la autonomía, sino un ethos que se construye como hermanos.  La otredad, la heteronomía, será lo que regule la capacidad de ser-estar, en ese aquí societal, donde se reinstalan ancestrales valores suprimidos por la modernidad, que enfocada en el orden, la ley del padre, dejó de lado lo onírico, lo lúdico, por ello al renacer, al reencantarse con la vida, vemos el cuidado del cuerpo, la moda, la banalidad de la vida, más preocupada por “vibrar juntos”, perderse en lo emocional del juego, del baile, de la música, donde todo puede suceder.

Ya no se  va está tras un futuro mejor, perfecto, sino en la dicha de situarse en los “Intersticios de la vida cotidiana” viviendo a plenitud experiencia con los hermanos, con quienes se comparte más un vivir del instante, que un pensar.

Esta lógica de encuentro recupera valores tradicionales y da lugar al surgimiento de otros que respondan a la nueva lógica societal, donde afirma, volverán aquellos valores tradicionales que vienen de muy atrás, de la tierra, de viejas atmósferas, enraizando de otras maneras en el presente... (recordé el derecho de pernada ¿es posible)

Afirma que estas nuevas formas de “religancia”, de lazo social, permite a las personas quitarse las máscaras que ha impuesto el ideal de la modernidad, y que se dejará emerger nuestras pulsiones, nuestras “sombras” para aprender a vivir con ellas, sin asustarnos de ellas ni ocultarlas, pues han estado ahí, como formas arquetípicas y son propias de la vida social, que ahora buscan estar como sucedía en la vida premoderna, que buscan emerger de nuestras reminiscencias.

Y así las cosas… y termino con esta invitación que nos hace casi al finalizar:

“…dejar aparecer en tanto que tal a la realidad misma. Ver, enseñar. Describir, metaforizar lo plural de las formas. No es forzosamente tranquilizador, pues la sombra tiene su parte. Pero se puede prescindir de ella, si se quiere desarrollar un pensamiento que acompañe a lo que es, un pensamiento que permita, de alguna manera, aprehender la dinámica interna de esas “cosas” sociales que se muestran con fuerza, con insolencia y también con ingenuidad”.

Con esta relectura, vinieron a mi mente imágenes de la juventud actual, de los niños de ahora, de los problemas generacionales para comprendernos unos con otros, de cómo, ellos, están siendo personas muy alejadas a las que somos, quienes rondamos por más de los 50 años.  Recordé películas futuristas, tendencias de moda, las nuevas adicciones, las banalidades de la juventud actual, las formas de comportarse que nos parecen descomprometidas, pues como afirma nuestros autor, son compromisos temporales, guiados por nociones, intuiciones, que duran lo que se necesita para atender lo que desean hacer y ya…

Y como docente, la cabeza me ha quedado dando vueltas y me he quedado con dudas. Si hay una regresión a formas arquetípicas del los modos de ser-estar desde la primigenia humana, ¿Cuáles son estas? ¿Son aquellas de nuestro cerebro reptil? Freud dijo que fue necesario pasar por procesos de civilidad para regular nuestras “sombras o resortes oscuros” y vivir en comunidad ¿Cómo vivir en comunidad, como hermanos, con formas de regulación dictadas por el deseo de algo? ¿Y con el desarrollo del cerebro por miles de años que nos ha llevado a relegar al cerebro reptil?

No sé… leer a Maffesoli en su lógica metodológica me parece de gran apoyo intelectual, pero leerlo en sus descubrimientos sobre nuestro avance y sentido societal, me deja en un estado de ansiedad intelectual… No hay que desistir, es un autor que merece nuestra atención, pues lo que escribe, tiene mucho de realidad.