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martes, 21 de mayo de 2024

Amelia Valcárcel. La memoria y el perdón. Herder Editorial, 2010. Edición Electrónica.

 


Amelia Valcárcel.
La memoria y el perdón. Herder Editorial, 2010. Edición Electrónica.

 

¿Por dónde iniciar? Son tantas ideas acerca de algo tan complejo como lo es este asunto del perdón. Empezaré por una distinción sobre el perdón, y que después de todo lo leído me parece muy propia para estos tiempos que vivimos. 

Amelia Valcárcel habla de reconocer dos tipos de perdón, el “perdón impuro” y “perdón puro”. Cuando habla de perdón impuro, se refiere a la necesidad que tenemos de “perdonar” para avanzar; perdonar se torna una decisión política, administrativa, y con ella se pone fin a una situación extrema de convivencia que necesita terminar y permita la paz, pero aclara, no el “olvido”. de ahí lo “Impuro”.  En cambio, el perdón puro, es un acto personal que surge de comprender lo que sucedió, de asumir el dolor, pero se hace el esfuerzo de no seguir en él, entonces se perdona al detractor, y ahí, si logra olvidar. El tiempo, hace su tarea y va curando las heridas; este perdón es un acto magnánimo, personalísimo y muy complejo, que no todos podemos hacer, pero es posible.

Para llegar a este planteamiento, Amelia Valcárcel parte de la idea de que el perdón tiene que ver con la capacidad de olvidar el daño infringido por cualquiera que sea la violencia ejercida. Nos dice que tenemos una larga historia que explica este importante acto humano, primero nos habla de las explicaciones provenientes de un tipo de moral objetivista, hasta llegar a una ética sobre el perdón, donde la memoria y el olvido, tienen vínculos insondables.

Las primeras formas de enfrentar las violencias o transgresiones se explican como causa-efecto, por ejemplo, no se tiene cosecha, no llovía, o se morían de frío y hambre, porque se infringió un dictado moral de la comunidad afectada, como un adulterio, el asesinato de alguien, etc., algo se hizo que dañó el orden de las cosas, y hay culpables y la necesidad de sacrificios para subsanar la deuda.

Después emergen las “leyes taleónicas”, aquello de diente por diente, ojo por ojo, donde el proceso de violencia era detenido de tajo, si alguien hacía algo inadecuado, lo mismo que hizo se le devolvía, y esta orden era ejecutada por un tercero, quien en ese momento detentaba el poder para poner orden.  Las leyes taleónicas tenían un carácter más de venganza, se detenía el proceso de violencia con otra violencia final. Las partes implicadas asumían que la “deuda” generada por la acción ejercida quedaba saldada.

Llega el cristianismo, con la máxima del “perdón”, ese perdón sin distingo, porque si perdonamos, seremos perdonados por Dios.  Aparece un poder supremo que nos mandata perdonar para contar con su velo protector, su luz, su amparo y la confianza de vivir en paz.  Lo mandatado para el perdón, exige fe, creencia fiel en el Dios salvador.  Y en esta tónica, las religiones expresan diversos mandatos de perdón, que los fieles siguen y aporta un orden.

Pero, llegó el siglo XX, y el genocidio del pueblo judío durante la segunda guerra mundial, las matanzas de Ruanda, de Camboya, y otras masacres por las guerras ya más cercanas, pusieron en la mesa de discusión lo mandatado para el perdón.  Viene la pregunta ¿quién debía perdonar si las víctimas no estaban para hacerlo? Nadie puede perdonar por otro. Es así como el perdón pasa del plano ético-religioso, del colectivo moral y personal, a las leyes, a la creación de una normatividad que a nivel mundial juzgan este tipo de actos, y cobran forma palabras como amnistía y crímenes contra la humanidad.

La amnistía es el perdón a los transgresores, al reconocer que eran guiados por criterios equivocados, y al dejar se vigentes, son liberadas por los crímenes cometidos, el delito, ya no es, y son perdonados, sin olvido. El crimen contra la humanidad es el intento de nombrar el atropello y detenerlo a la luz de todos los observadores del mundo, se negocia, se castiga, se llega a nuevos acuerdos.  La amnistía es un perdón impuro, un perdón negociado como necesidad, pero que no olvida, porque se concluye que actos de esa magnitud, no puede olvidarse para que no se repitan.

Y llega la discusión del “perdón puro”, ese acto magnánimo, propio de personas que tienen la fortaleza de reconocer, de comprender lo sucedido y decir “entiendo, te perdono. Esta parte, en el libro no tiene mucho desarrollo, y me hubiera gustado ver su postura ante las diversas actitudes que se pueden tomar cuando se viven situaciones de dolor, cuando vivimos un dolor provocado por otros. Cuando se ven obligados a perdonar por necesidad administrativa pero no se olvida… ¿Qué sucede?

Sí menciona que el perdón tiene una relación inevitable con la memoria, con la capacidad de olvidar, pienso que quien es capaz de perdonar, es capaz de olvidar, guardar el suceso en la memoria por allá, donde al volver al presente, no lastime más.

Con lo leído, pienso que al ser lastimados, estamos heridos, duele, y se necesita tiempo.  Como ella dice, el tiempo de quien perdona, y el de quien pide el perdón, no es el mismo.  Quien generó el daño, puede arrepentirse, (no se perdona a quien no lo pide, pienso, a la mejor ni se siente con deuda por lo hecho), quien sabe que hizo algo, sabe que tiene una deuda y se arrepiente, y solicita al dañado, le comprenda y le exoneré de tal afrenta cometida en un momento de insensatez.   Pero, quien es lastimado, necesitará tiempo para comprender, para pensar, para reconocer las circunstancias del suceso, y decidir olvidar.  Dejar que corra el tiempo, que sane la herida, y al hacer esto, perdonar, moverse de lugar y dejar esa experiencia en proceso de ser olvidada, guardada en una memoria cada vez más lejana, que cuando se revisita, duele menos y menos.

Entiendo que hacer esto, “perdonar” no es sólo un mandato religioso, no es tan sólo “perdona y serás perdonado”.  Considero, que perdonar sentidamente, con esa pureza que exige y que sana, viene de una actitud ante la vida, del valor de vivir en la incertidumbre de cada día, exige reflexión, autonomía, fortaleza, voluntad, sentido de vida. 

Y termino preguntándome ¿cuántos vamos por la vida cargando una lista de malestares a causa de lastimaduras infringidas por los otros y que hoy alimentan nuestros resentimientos, odios e indiferencia al dolor de los demás?  ¿Somos personas lastimadas que lastiman a los demás ya sin saber quien nos generó el daño, pero queremos que alguien pague lo que otros nos hicieron? ¿Por qué no nos es tan fácil olvidar y perdonar de manera pura? ¿seguiremos con aquellas leyes taleónicas arraigadas en el inconsciente colectivo? ¿La idea de la deuda y búsqueda de venganza?

Este libro sin duda, necesita ser material en cualquier propuesta de formación de profesores, porque nosotros, todos los días vivimos en medio de lastimaduras cotidianas; la docencia es dura, la coexistencia de subjetividades nos raspa el alma, sufrimos daños, daños que necesitamos aprender a reconocer, comprender y perdonar para no acumular dolor, resentimiento, odios que ni siquiera sabemos que cargamos y no enferman.

Bueno… mucho qué pensar.

 

jueves, 2 de mayo de 2024

Anna Lembke. GENERACIÓN DOPAMINA Cómo Encontrar el Equilibrio en la Era del Goce Desenfrenado. Urano, 2023. Edición Electrónica.

 


Este libro me llamó la atención por el título, y viendo una reseña del mismo, pensé leerlo para conocer esta dimensión secretal de sustancias cerebrales hacia nuestro cuerpo provocadoras de estados anímicos, pues estos, impactan la micro vida social por las conductas, modos de ser, estar, y no tanto de pensar que provocan, es decir, son sustancias activadoras de resortes oscuros de nuestra personalidad que pueden desequilibrar la vida propia y de los otros, de ahí la importancia de reconocer que es lo que nos “dopa”, qué es lo que según la autora nos hace una generación en desequilibrio buscando sólo el placer, el goce, sin reconocer consecuencias.

De entrada, “Generación Dopamina”, es una frase que inquieta, pues la “dopamina es una sustancia química cerebral que neurotrasmite por así decirlo; es decir, es un neurotranmisor entre células nerviosas que ayudan al cerebro a realizar funciones esenciales para nuestro cuerpo como el movimiento, tener energía para hacer cosas, lograr estados emocionales de bienestar, eufóricos, excitantes. La serotonina, otro neurotrasmisor que también provoca placer, a diferencia de la dopamina, ésta lo hace en estados de tranquilidad, de concentración, de serenidad. 

La dopamina nos hace felices cuando reímos, cuando tenemos logros, cuando hacemos ejercicio, o bailamos, es decir, cuando hacemos todo aquello nos gusta y que siempre queremos hacer, volver a repetir; nos hace buscar un placer que aumenta nuestra excitación cada que sucede al grado de la euforia, un estado de ensoñación. Pero tiene un costo, así como produce un estado excitante, cuando este pasa, cuando la dopamina se agota, se vive su carencia y entramos a un estado de sufrimiento, de dolor, de necesidad de más dopamina.  Cuando esto sucede, llegamos a lo que se denomina dependencia de "algo".  La dopamina necesita un equilibrio entre el placer y el dolor, y estas emociones son el pan de cada día y es importante aprender a vivir buscando un equilibrio homeostático de mente y cuerpo.

Anna Lembke, es una psiquiatra, quien narrando algunos casos -de quien obtuvo permiso, claro-, nos pone enfrente de personas que perdieron ese equilibrio.  La dopamina, este neurotransmisor, es como una balanza que necesita equilibrio entre las emociones del placer y las emociones del dolor, pues como ya se dijo, su exceso produce euforia excitante, y su carencia un sufrimiento infernal. Por ello, en esta lectura, vemos el desfile de personas “adictas”, para quienes ya no fue suficiente la dosis de dopamina provocada por el alimento, las acciones de diarias que da placer cotidiano, sino que insatisfechas por alguna razón (que el psiquiatra necesita indagar) y se fueron haciendo asiduas a una actividad o una sustancia externa que les hacía producir más este neurotransmisor llamado dopamina, así vemos a personas con actividades desenfrenadas quienes saltando de un avión logran ese "subidón" de dopamina que los lleva a éxtasis al poner en riesgo su vida;  o tenemos a los adictos al juego apostando, arriesgándose para lograr más dopamina y vivir ese estado de placer; o los adictos al sexo, a la pornografía, a las compras, y a las sustancias que exprofeso provocan esa emisión desaforada de dopamina, como la marihuana, las diversas drogas prohibidas, o las drogas médicas recetadas por algún padecimiento como el diazepam (Valium), el alprazolam (Xanax) y el clonazepam (Klonopin) y tantas otras, que pierden su función curativa para tornarse en un “Subidón” de dopamina buscado, porque ya se llegó a un punto de dependencia al no tolerar el dolor de su falta.  La abstinencia duele.

Igual tenemos a los alcohólicos, a los adictos a la nicotina; y debemos agregar la adicción a las redes sociales, a los videojuegos, y no se sabe qué más se nos ocurra para lograr esa producción de dopamina que nos eleva por momentos un placer inusitado del cual no queremos volver y enfrentar la real-realidad cuando la sustancia se termina; el cerebro necesita cada vez más dosis para evitar que el dolor se coloque en el otro lado de la balanza.  De modo que estar dopado, tiene un alto costo, y necesitamos salir, de lo contrario, en la búsqueda del éxtasis, las consecuencias pueden ser fatales.

La autora explica con lujo de detalles lo que implica este desequilibrio en las diferentes formas de adicción para lograr ese estado dopado de los pacientes; llega algunas ideas interesantes, que sin bien no son recetas dado que estos asuntos son de corte personal, sólo cada quien sabe a qué es adicto, (yo misma ahora he vivido un autoanálisis de mis “adicciones” y que tanto gobierno tengo sobre ellas), y al reconocer el problema de cada cual, buscar una salida,  lograr restablecer ese equilibrio perdido.

Es lógico que siempre, frente a situaciones complejas, se prefiere abrazar la euforia, lo alegre, lo banal y tendemos a alejarnos a alejarnos del dolor, de la angustia, tristeza, enfermedad, y sólo son situaciones que vienen con la vida pero se piensa que refugiándose en la búsqueda de algo que produzca dopamina para olvidar. Creemos que dolor se va, pero no, ahí sigue, no lo “duelamos”, por tanto, no logramos ese equilibrio entre el placer y el dolor de la vida.  Y también puede pasar que volvamos adictos al dolor… esta parte me costó trabajo entenderla, pero sucede que ya situados en el dolor, nos queremos volvemos a dopar, pero tramposamente, sabemos que al terminar, nuevamente vendrá el dolor, y así, una nueva necesidad de dopamina, para tener mayor placer, a causa del dolor mismo, y así al infinito...Bueno, algo así entendí.

Aporta una Lecciones del equilibrio (página 245) que la autora nos sugiere poner en práctica.  Llega a ellas después de varias situaciones analizadas y terapias con buenos resultados.

  • 1.      La búsqueda incesante del placer (y la evitación del dolor) conducen al dolor.
  • 2.      La recuperación comienza con la abstinencia.
  • 3.      La abstinencia restablece la vía de recompensa del cerebro y, con ella, nuestra capacidad para disfrutar de placeres más sencillos.
  • 4.      La autorrestricción crea un espacio literal y metacognitivo entre el deseo y el consumo; es una necesidad moderna en nuestro mundo sobrecargado de dopamina.
  • 5.      Los medicamentos pueden restaurar la homeostasis, pero consideremos lo que perdemos al eliminar el dolor mediante fármacos.
  • 6.      Presionar sobre el lado del dolor restablece nuestro equilibrio hacia el lado del placer.
  • 7.      Cuidémonos de volvernos adictos al dolor.
  • 8.      La honestidad radical promueve la concienciación, mejora la intimidad y fomenta una mentalidad de abundancia.
  • 9.      La vergüenza prosocial nos confirma nuestra pertenencia a la tribu humana.
  • 10 .   En lugar de huir del mundo, podemos encontrar la salida sumergiéndonos en él.

El punto 8 me pareció especialmente importante, pues ella piensa que para lograr salir de esta encrucijada de las adicciones y reconstruir estos caminos neurales que se activan buscando dopamina sin mediar excusas, mismas que llevan a las personas las cosas más indecibles para conseguirla, es lo que ella llama “Honestidad Radical”, que no es otra cosa que aprender a nombrar y decir las cosas como son, no mentirnos a nosotros mismos para empezar, reconocer, pensar a fondo lo que hacemos, lo que hicimos, lo que somos capaces de hacer; no victimizarnos sino reconocer la responsabilidad que tenemos en nuestra propia exigencia indomable de dopamina.

Hablar de lo que nos pasa, con las personas correctas, a veces asistiendo a un grupo de ayuda mutua, donde se puede vivir esa vergüenza personal de haber pedido el “equilibrio dopamínico” con apoyo de los demás que sí entienden lo que nos pasa, y que ella llama “vergüenza Prosocial” (como en Grupos AA) a veces asistiendo a terapia con un experto, pero haciendo terapia real, honesta, decir-nos ahí la verdadera-verdad, reconocer con responsabilidad lo que nos sucede, lo que hacemos y pensamos, tomar conciencia, y pensar en hacer esos cambios posibles que nos devuelvan ese equilibrio perdido. La terapia sin este ingrediente de honestidad radical, es un autoengaño que más tarde que temprano, mostrará nuevas caras de dependencia en la producción de dopamina.

La verdad, no esperaba leer un libro de este tipo, el título me atrajo y pienso ahora, que es un libro muy necesario para todos los hijos de este tiempo, donde sin saberlo, sin tenerlo claro, sin quererlo, vamos hacia el consumo en exceso de dopamina, vamos hacia el rompimiento de este equilibrio homeostático de nuestro cuerpo y eso, no es nada bueno, cada vez nos refugiamos en zonas de placer y sin asumir una responsabilidad social,  los problemas del presente, se acumulan y acumulan.  

Me quedo preocupada… Hay que leer este libro.

 

 

 

jueves, 11 de abril de 2024

Happycracia. Eva Illouz, Edgar Cabanas.

 

Happycracia.  Eva Illouz, Edgar Cabanas. Ediciones Paidós, Barcelona, 2019, página 199. Edición Electrónica.

 

Libro terminado, y con ello, viene la preocupación de cómo iniciar con las ideas que movilizaron otras, en esta experiencia de lectura.  Pero por algún punto hay que iniciar.

Primeramente, diré que es un libro, en cuyo avance va quitando velos a creencias fuertemente instaladas en nuestra conciencia. En mi caso, siempre me he resistido a las diferentes formas de “autoayuda”, ya sean libros, cursos, a personas que ofrecen una sanación a los complejos problemas de infelicidad que no faltan.  Aunque confieso que hace poco leí “Encuentra a tu persona vitamina” (y fue rapidísimo, rompí mi récord) y aunque reconozco que aprendí algo sobre la secreción del cortisol en momentos de estrés, y de la oxitocina, la hormona del afecto en momentos agradables, sentí que no era un libro para mí, concluí que eso de secretar hormonas a deseo, no es algo simple.  Sin embargo, lo regalé a tres personas cercanas, es un libro de autoayuda no tan simplista como otros, aporta información neurológica sobre nuestros comportamientos complejos de manera didáctica, y eso lo salva. Por tanto, no todo es tan malo.

Ahora bien, ya tenemos un largo tiempo invadidos de ideas que nos orillan a tener “pensamientos positivos”, se dice que es nuestra opción hacerlo; cuando sentimos necesidad de hablar de lo que realmente nos pasa, sobre nuestros miedos, inseguridades, tristezas, dolencias, desánimo frente al futuro que se intuye y se nos hace sentir mal, culpables de no hacer lo necesario para sentirnos en bienestar, con alegría, entusiasmo, amor por los demás y deseos infinitos de felicidad. 

El pensamiento positivo lo invade todo, se difunde por todos lados imágenes sobre una vida bonita, feliz, alegre, fotos y más fotos inundan las redes, sonrisas, amor, logros y viene la pregunta ¿en verdad se vive así? O es la forma en la que respondemos a la insistencia constante de vivir en bienestar como una responsabilidad porque si no lo hacemos, nos vemos mal ante los demás. Nos sentimos en fracaso.

En este libro se analiza el enfoque psicológico que nos ha llevado a esta situación en la que anhelamos la felicidad antes que cualquier cosa, sentir nos bien, en santa paz y armonía, que nada nos duela, fluyendo ligero… Nos dice que es un enfoque que nos insta a ser feliz sin mediar costos, para florecer, para crecer como persona, para ser una persona exitosa y se es así, se es buena.

La psicología positiva, tiene más de 30 años perfeccionando sus discursos y estrategias y se difunde por medio de terapias, programas de autoayuda, conferencias de personas exitosas que se venden en su producto logrado de ser felices, por medio de “influencers” que nos dicen lo felices que son con su estilo de vida  y nos invitan a seguirlos, que ellos nos dice cómo, por medio de Apps, en fin, existe toda una industria encargada de esta tarea y en eso estamos.

Pero sucede, que esta forma de promover una forma de vida, se ha vinculado con la producción, con la economía, y al llegar a las empresas, te dicen que seas feliz en tu trabajo, no importa las  condiciones laborales, si eres feliz se puede sortear todo, progresar, mejorar de puesto, volverle un emprendedor, etc.  Lo mismo, este enfoque positivo se vincula con las políticas hegemónicas y se construyen discursos ideológicos para promover emociones que hagan a las personas decir que son felices no importa las condiciones reales de sobrevivencia en las que habitan.

El libro se organiza en tres grandes apartados, en el primero nos describe todo el proceso de desarrollo de este enfoque psicológico, como nace, sus principales exponentes, algunas críticas y como las fueron superando hasta instalarse con gran fuerza y poder por ser un enfoque eficiente, económico en recursos y tiempos para lograr las conductas humanas felices que convienen a quienes las necesitan, y para ello, se ha enfatizado el individualismo, ese avanzar sin cargas, sin nadie que te lastre, sean hijos, parejas, familia.

El segundo apartado, se destina a reflexionar cómo se fue hilando, enredando, con el enfoque económico dominante, siendo una propuesta que ayuda en lograr trabajadores más felices que son capaces de trabajar más sin hacer reclamos convencidos de que van hacia la felicidad laboral prometida.

Y el tercero, tiene la intención de poner en la mesa, los efectos en las personas, el convencimiento logrado y las patologías sociales que, rezagadas, en un momento buscan su luz, y las personas se encuentran ante sí mismas frente a promesas rotas, enfermos, y sintiendo culpa de no haber logrado la promesa de florecimiento personal. El enfoque simplista, al dejar la de lado la complejidad humana, termina siendo contraproducente.

En esta última parte, se habla sobre la importancia de reconocer que no solo somos pensamientos positivos, sino que también necesitamos saber de los pensamientos negativos que nos habitan, comprender que no todo es blanco o negro, que somos una gama de emociones con diferentes matices, a veces nos sentimos medio alegres, muy alegres, eufóricos, otras veces, tristes, melancólicos, deprimidos, depende, la realidad en a que habitamos de en cuerpo y mente.  Es importante resistir negarnos al total de nuestras emociones, no siempre tener miedo es malo, puede salvarnos la vida, o sentir ira ante una injusticia, nos ayudar en reflexión de las circunstancias sociales, todos los pensamientos, sentimientos, emociones, nos hacen falta para vivir y avanzar.

Este no es un libro de autoayuda, no nos dice qué hacer, pero si permite reflexionar sobre este modo de ser en que nos hemos sumergido y hacer rescates, valorar lo bueno, tener claro qué necesitamos conocer y mejorar; ayuda a pensar que somos personas complejas, y que eso no es malo, sino que es parte de nosotros, y en la medida en que entendamos esta complejidad, pueden pensarse las maneras de atender aquello que nos sea perjudicial y alentar los que nos permita crecer, no solo como personas individuales, preocupadas por sí mismas, sino como parte de una colectividad.

Me parece que es un libro muy importante para reflexionar varias áreas sociales, en especial, la educación y partir de la pregunta que ¿Qué tanto la psicología positiva define una educación positiva?  Yo pienso que mucho, ya tenemos tiempo con eso de la educación emocional ¿va dando resultados? ¿En verdad podemos instalar pensamientos positivos en la educación cuando nuestros alumnos viven ambientes donde la adversidad los hace experimentar inseguridad, miedo, zozobra, dolor, tristeza? 

Es un libro, que puede ayudar a pensar problemas y ya con este conocimiento, algo se podrá pensar, algo que sea pertinente, y no solo se funde un deseo de felicidad simplista.

 

 

  

lunes, 1 de abril de 2024

Rafael Narbona. Maestros de la felicidad. De Sócrates a Víktor Frankl, un viaje único, por la historia de la filosofía.

 

Rafael Narbona. Maestros de la felicidad. De Sócrates a Víktor Frankl, un viaje único, por la historia de la filosofía. ROCA EDITORIAL, 2024, Edición Electrónica.

 

Todo libro que se lee, sin dejar de considerar el para qué, cómos y tiempo invertido, definitivamente deja algo en nuestro acervo personal, y terminada la lectura viene el reto de reconocer los pensamientos y sentimientos activados, los aprendizajes nuevos, preguntas y dudas que dicha experiencia ha dejado, que finalmente, ha sido un acto de resistencia frente a las distracciones seductoras de la vida cotidiana actual, pues nadie puede negar que leer es una actividad en medio de un contexto saturado de invitaciones a la trivialidad, donde hay que optar por quedarse en el complejo acto de pensar y descifrar el mensaje de un libro desconocido, cuyo título promete “algos”, que no sabemos si serán capaces de atraernos mucho más que un cliqueo que nos direccione hacia una serie en alguna plataforma preferida. (Confieso que no estoy exenta de tales batallas).

Pero hoy, vencedora de tales circunstancias, es momento de hacer un recuento de las ideas visitadas y re encantarme a mí misma compartiendo las novedades e invitar a otros a vivir sus propias experiencias de lectura.

Primeramente diré que es un libro extenso, pero encontré una “redacción didáctica”, es decir, que pese a la extensión lineal del texto en su avanzar, dejaba espacios para la reflexión de ideas con situaciones de vida cotidiana, espacios de escritura para reconectar las ideas con situaciones de vida, dando lugar a la exploración de sentimientos, la sensación de compartir una oculta emoción guardada; se trata de espacios de escritura donde se promueve un pensamiento-sintiente capaz de activar el deseo de continuar con la explorar más ideas y de volver a realizar esas conexiones con asuntos existenciales de los que nadie está ajeno.  Quien escribe es un profesor de filosofía, por tanto, no nos extrañe esta forma de escribir que avanza, y de pronto se hunde en la complejidad de la vida para pensarla, situarla, alentarla pese al reconocimiento del duro vivir, un vivir compartido.

También diré que se trata de un largo viaje por ideas del mundo griego hasta el pensamiento de filósofos y filósofas del siglo XX. Son tanto nombres que ni siquiera me atrevo a nombrar uno por el temor a olvidar a otro, la verdad, todos los que aparecen son importantes, y seguramente hacen falta muchos otros que por lo extenso de la obra, no están, pues como dice el autor, no es un libro para aprender filosofía, no es un libro para enseñarla, nuestro escritor profesor, no tiene esta intención, sino de decirnos que estas personas, quienes fueron capaces de sistematizar un cuerpo de ideas para explicar-se algo que les inquietaba, eran eso, personas concretas de carne y hueso, cuyo canon de ideas no era frío, ajeno a la vida que les toca vivir, al ambiente que les tocó respirar, habitar y ante el cual hubo de responder como personas pensante-sintientes, personas con aciertos y errores a quienes les podemos recriminar disonancias cognitivas entre su modo de pensar y de actuar, pero que finalmente, hicieron el esfuerzo de comprender y aportar algo ante los problemas terrenales que se vivían.

La invitación que se hace en este libro es la de reconocer el lado existencial del legado de estos pensadores y recuperar aquellas ideas que nos ayuden a enfrentar la dureza de la vida,  que esta vida que dura lo que dura, como dice Bergson, es compleja, bordeado de inclemencias, pero ya el hecho de vivir es una maravilla, es un triunfo, y en el reto de sostenerse está nuestra felicidad, dignidad, valor, libertad y tantas potencias y cualidades con las que podemos enfrentar nuestra dimensión oscura, donde acechan nuestros resortes más oscuros que nos pueden llevar a las situaciones más indignas, pero podemos hacer el esfuerzo de gobernarlos.

Pienso que es un libro para ser visitado varias veces; ahora mismo se antoja volver a releer el pasaje de Bergson, de Camus, Sócrates, Erich Fromm, y leídos, hacerme de una buena bibliografía de estos personajes para aprender más de ellos, y con sus ideas, seguir reflexionando mi propia vida en su duro deseo de durar, que me hace pensar en Spinoza, con esa de que la vida, siempre quiere más vida…

Es un bello, libro, pero no puedo dejar preguntarme si me ha gustado porque soy maestra y de alguna manera he tenido conocimiento de estos personajes a lo largo de mi vida profesional.  Me pregunto: ¿lo podrá leer un joven de 20 años? La formación filosófica cada vez es más pobre en las escuelas.  No lo sé, el libro no es complejo, pero puede suceder que sean personajes muy ajenos y alejados a la vida de los jóvenes ahora preocupados por personajes de la vida deportiva, artistas, personajes de las redes… Me quedo con la duda. 

Se lo regalaré a mi hijo de 26 años, y veré qué impacto tiene en él.  Mi hijo creció entre libros, y le leí algunos de niño, pero una vez le escuché decir a sus amigos que se asombraban de ver libros en casa, “sí, tenemos libros, que no tengo ganas de leer”, cuando lo escuché me sentí triste, pero he llegado a pensar, que cada uno forma su biblioteca, y que a él no tiene porqué gustarle los libros que selecciono;  tengo la esperanza que decida con el tiempo, los propios.

Por el momento, le regalaré este, que le abre una puerta al mundo de la filosofía, él decidirá que hacer, mi tarea es invitarle, así como a ustedes, ojalá se animen de hacerse de esta obra, un libro-acompañante que ayuda vivir menos solos.

 

 

 

lunes, 12 de febrero de 2024

Manuel Cruz. El Gran Apagón. El eclipse de la razón en el mundo actual.

 

Manuel Cruz. El Gran Apagón. El eclipse de la razón en el mundo actual. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2020, (p. 468), Edición Electrónica.

 Un libro definitivamente importante, necesario de leer para pensar, para tratar de comprender el mundo presente en el que transcurre nuestro diario existir; una vivencia bordeada de problemas nuevos, inéditos, complejos, que nos recuerdan a pesar nuestro que vivir es eso, lo precario, lo contingente, lo azaroso de una realidad que no cesa de moverse, de transformarse, de provocar cambios que nos asaltan y ante los cuales hemos perdido la noción de dónde participamos en su gestación, pues necesitamos tener claro, que esta la real-realidad nuestra, es la construcción que los humanos hemos venido gestando desde nuestra más inocente cotidianidad como ya nos dijo Hugo Zemelman hace varios años en un interesantísimo artículo cuyo nombre es: “La historia se hace desde la cotidianidad”1999, en Dietrich, Heinz, El fin del capitalismos global.

¿Por qué es importante? Discute con lujo de argumentos un proceso de decadencia intelectual en el que vamos entrando desde hace tiempo, mismo que urge reconocer, problematizar y tomar cartas en el asunto, de otro modo, estaremos frente errores mucho más complejos que los hoy nos agobian, o ante los cuales preferimos refugiarnos en una oscuridad confortable y evitar el exceso de luz, como en la novela de Saramago “Ensayo sobre la ceguera”.

Manuel Cruz hace muchas preguntas en su libro, pero hay una que, a mí, dada mi profesión y formación me ha ganado la atención. Él se pregunta: ¿Qué resulta de mayor ayuda para prevenir errores y afrontar problemas: la razón o las emociones? (p. 95), pues cuando nos explica su metáfora del apagón, nos recuerda al siglo XVIII, llamado "Siglo de las Luces" momento histórica en el que se dio un impulso a la razón, una razón que permitió nacer métodos científicos, la propagación de conocimientos y la modernización de la sociedad bajo la idea de progreso, y nos dice que esta razón que iluminaba las conciencias, se ha venido debilitando, que no ha soportado las críticas a su dominio concretado en una razón instrumental madre de un desarrollo que a la par va dejando destrucción y desolación.

Aclara, que aquella razón devenida en instrumentalización no es la que necesitamos defender, pues ésta no ha desaparecido, sigue muy vital, gestora de un desarrollo que ahora nos aporta una ciencia, una tecnología que ya parece moverse sola e inunda todos los ámbitos de la vida social, especialmente el de las comunicaciones con el internet y las redes. 

No, Manuel Cruz, nos habla y defiende aquella razón argumentativa que promovía el diálogo, la crítica, la construcción responsable de ideas y esto, es precisamente, lo que, desde el siglo pasado, con las reflexiones de los primeros posmodernos se ha venido rompiendo y a la fecha no hemos sabido cómo recomponer.

Con este libro recordé las ideas de Michel Maffesoli, un posmoderno, quien en sus libros avisa una y otra vez sobre el cambio de paradigma, un modo societal, donde la razón toma un lugar subordinado a lo pasional, al “vientre” dice, a lo emocional, a nuevas formas de organización más volubles de los seres humanos, un día, reunidos por un partido de fútbol, y al rato, desentendidos unos de otros, es decir, nos organizamos por nuevos parámetros de relación, gustos, necesidades, etc.  Pero él lo plantea como algo que nos mejorará, que llegaremos a construir otro modo de vivir, de relacionarnos y lo sigue haciendo hasta lo que sé… tendré que buscar sus últimas publicaciones (pero no están traducidas del francés…) Y hora, leyendo este libro, veo que Maffesoli ha tenido razón, pero, no ha discutido este lado planteado por Manuel Cruz cuando analiza lo que nos sucede como personas cuando nos refugiamos en las emociones, y desde esta dimensión pretendemos resolver nuestras vidas. 

La tesis de Manuel Cruz es que se esta gestando un extravío en lo racional, le llama “ayuno de racionalidad”, y al hacer esto, las personas recurrimos a nuestro sentido común, donde tenemos un acervo de nociones a las que les perdimos el rastro y nos aportan guías de tipo emocional, donde ante todo, plantemos un “Yo siento”, un “Yo creo”, y muy pocas veces un “yo pienso”, porque decir esto último exige conceptos claros, capacidad argumentativa para dialogar una postura personal frente a otros que piensan diferente, y cuando nos posicionamos en el sentimiento, como éste es tan personal, tan propio de la experiencia subjetiva, que apela al imaginario arraigado, a patrones de conducta, actitudes, posturas inamovibles, que llevan a un terreno particular según convenga y ahí,  la discusión se apaga.

En el terreno de lo emocional, nos dice, el cambio de las ideas no es fácil, pues en esta dimensión preferimos quedarnos en lo que nos gusta, satisface, y por ello, no se está dispuesto al cambio de ideas que desestructuran, se prefiere seguir ahí; las personas refugiadas en los sentimientos se van empequeñeciendo en sus capacidades para pensar la multicausalidad de las cosas que están pasando a su alrededor, prefieren no aprender, pues aprender exige cambiar.   Aquella idea de que podíamos enfrentar la adversidad, la contingencia porque así era, y había que vivir creciendo, superando, avanzando, se pierde, se cambia por la creencia de que algo exterior nos cambiará, que toda crisis nos hará mejores personas, cuando simplemente, la crisis de la pandemia, sacó a relucir cosas muy malas de nosotros y terminamos menos fuertes y agotados.

Y tal vez, lo peor de esta actitud sentimentalista que nubla la razón argumentativa, es el efecto de victimización que va creciendo entre nosotros.  Todos sabemos del dolor, cada quien sufre a su modo y en ese terreno no podemos argumentar nada, y entonces gana el sentido común, el buenismo como sentimiento de acompañamiento que victimiza, es decir, nos hacemos solidarios sin comprender el problema, el suceso, pero ver el dolor, apaga toda discusión, todo análisis.  Por tanto, situados en lo emocional, la víctimas y el victimario se confunden, al poner atención a las emociones, se deja de lado el daño y la reparación del mismo, ahora, sin criterios claros para diferenciarse unos de otros, nos encontramos con que los blancos son víctimas del avance de quienes no los son, quienes se asumen como víctimas de los blancos;  que los ricos son víctimas de los pobres, y los pobres de los ricos, y así… estamos ante  un “victimismo purificador” donde todos tienen la razón desde cómo se “sienten”, es el mercado del sufrimiento.

Por eso la relevancia de la pregunta que más arriba seleccioné, es una pregunta que permite discutir estas tendencias que están creciendo y nos van llevando a ser una sociedad atrapada en un discurso victimista que fomenta el resentimiento al perder los criterios para ser pensada.   Se está dando una EMOTIVACIÓN, un énfasis casi absoluto (dice Cruz) en los sentimientos por encima de cualquier argumento racional que pretenda desmontar esa situación y revelar la argamasa que aporte salidas.  En esta tendencia, vamos renunciando al uso de instrumentos conceptuales, al enriquecimiento de las palabras con las que nos comunicamos, y en este vaciamiento de ideas, dejamos que la realidad nos lleve como una bola de nieve cuyo desplome seguramente dejará graves consecuencias no alcanzamos a imaginar.

Manuel Cruz, hace tiempo escribió un libro sobre la responsabilidad, y por ello, no deja de recordarnos este asunto.  Es cierto que somos resultado de procesos de desarrollo social, que nos ha ido mal, o bien, según nuestros roles y ética, no podemos negar que el mundo nos arrastra por sus fuerzas, pero la pregunta de es ¿Qué estamos haciendo lo que se nos ha permitido ser?  Victimizarse no es la salida, sino la de responsabilizarse de lo que se tiene y de lo que se puede hacer con ello.  Somos seres pensantes, sintientes, tenemos una capacidad de idear, de imaginar, de crear, de auto-proyectarnos; me gusta una idea de un libro de Emma León, con la que argumenta que somos “pura demasía de sentido”, una fuerza vital que fluye, y la pregunta es ¿Qué estamos haciendo con ello?

Para empezar, necesitamos hacer lo que dice Victoria Camps, “gobernar nuestras emociones”, pensar nuestro sentir, sentir nuestro pensar como diría Zemelman, y no dejar de reconocer que somos un “Yo-vital” saturado de potencias por explorar siguiendo con Emma León, tenemos tanto ¿Qué estamos haciendo con todas estas riquezas de las que somos capaces? Es el ejercicio de la responsabilidad, diría Manuel Cruz.

Bueno, el libro habla de muchísimas cosas, pues aplica sus tesis a diversos problemas, como el asunto de las mujeres, las políticas del espectáculo, las redes, los nuevos problemas identitarios, por tanto, creo que quien se sienta llamado a leerlo, tomará el eje que más le hable a su mismidad… yo me fui por el lado del razonamiento, pues pensar aporta luz a la oscuridad que siempre nos rodea…

Y no olviden, NECESITAMOS LEER, recuperar palabras para pensar y sentir.

lunes, 22 de enero de 2024

 

Bob Riemen, Rob. El arte de ser humanos, Taurus, 2023. Edición Electrónica.

 

El libro inicia hablando del poeta Ovidio, quien fue exiliado, alejado de su familia, de su lugar, sus amigos y fue enviado a un lugar donde ningún romano iría por propio pie, y ahí Ovidio, en medio de su pena, escribe y en estos poemas nos cuenta, que se tenía sólo a sí mismo, y ante esta posesión, nada podía hacer el emperador, y así, todo su sí mismo, lo volcó en sus escritos, los cuales siguen existiendo desafiando el tiempo y el espacio.  Ovidio, nos dejó la huella de su arte de ser sí mismo.

Cómo ven, es un libro muy diferente a los que he leído últimamente.  Mantiene una escritura ágil, misteriosa, que va poniendo señuelos para intrigar al lector y le lleva a continuar y continuar leyendo, y en ese leer, uno se va enriqueciendo con información que se enlaza con la activación emociones que incitan a recuperar memoria sobre sucesos que han definido pautas decisivas de la vida humana, especialmente del siglo XX a la fecha.

Su conocimiento de obras diversas, le permiten ir recuperando historias de vida de otros autores, sus escritos, y nos va contando como desde sus obras ellos, fueron auto explorando desde su arte, el reto de encontrarse, de definirse, de ubicarse en su momento y vivir con dignidad los desafíos de sus propias vidas.  Va compartiendo los descubrimientos de estos personajes y nos hace ver que esos pensamientos y sentimientos, no nos son ajenos, sino que tales actitudes existen potencialmente en nosotros, lo que propicia la esperanza de mejorar como seres humanos, de construirnos y relacionarnos de formas que exilien de nuestra vida el hambre, pobreza, la violencia, tres plagas exacerbadas en estos tiempos, pero que vienen de muy atrás. Y nos invita a leer…

Sí, de manera directa, nos habla de un camino, uno que nos permita leer libros que aporten las experiencias de otros quienes de tiempo atrás, ya han planteado el reto de la dignidad, del valor, de la congruencia frente a la adversidad de la vida y en ella, el valor de vivirla en la búsqueda de su excelsitud ¿Si no para qué vivimos? Nos dice que pensar, dar sentido a la vida hacia la solidaridad con los otros, hacia la compasión, la responsabilidad es lo que nos hace verdaderamente humano.

Por ello hace críticas a las tendencias humanas de someter, humillar, exterminar al que siendo diferente nos molesta. Reflexiona sobre el avance de una ignorancia que empequeñece la subjetividad humana dejándola a expensas de otros, quienes propician políticas xenofóbicas, demagogias que nos roban la nobleza del reto de humanizarnos; habla de intelectuales que pierden el rumbo y alejan su saber crítico de la sensibilidad hacia los demás, y se pierden por los caminos del poder que somete y extermina.

 Las experiencias que dejaron las dos guerras mundiales, y lo sucedido en la Unión Soviética, se torna en escenario para recuperar a intelectuales que alzaron su voz y escritura para hablar de las injusticias, habla de quienes utilizaron sus pensamientos, su sensibilidad para crear arte y dejar huella del camino que permite no perder su humanidad.

Y termina invitando a leer, pero no cualquier lectura que llega a las manos, sino leer esos libros que nos cimbran con sus historias, que nos permitan revisar quiénes somos, qué hacemos, y cómo estamos viviendo nuestro propio reto de vivir este arte personalísimo de ser humanos. 

El libro se organiza en cuatro apartados, todos diferentes, pero en cada uno existe un personaje que vivió su propio arte de volverse humano en contexto plagados de adversidad, no fueron sometidos, al contrario, ser ellos mismos, es lo que nadie les pudo quitar, como fue el caso de Ovidio. 

Es un hermoso libro… No se lo pueden perder.

 

sábado, 13 de enero de 2024

 

Marino Pérez Álvarez. El individuo flotante. Deusto, Barcelona, 1923. Edición Electrónica.

 


Estamos ante un libro muy propio para reflexionar problemas de los seres humanos que somos hoy, cuerpos de carne y hueso, sintientes y dolientes, socialmente interdependientes, pero necesitados de comunidad, ansiosos de libertad, pero con miedo de asumirla, con deseos y necesidades que nada satisface, con diversos malestares y sufrimientos que parecen no tener cura, con exigencias de adaptación que no paran ante el mundo cambiante, con infinitas seducciones que llevan a la duda, que atormentan en búsqueda de una felicidad que no se encuentra.  En fin, en este libro se habla de los “individuos flotantes”.  ¿Quiénes son?

Los individuos flotantes, son personas narcisistas que sufren si no siente la admiración de los otros, son individuos con un exceso de subjetividad por estar expuestos a una saturación de ofertas que produce una inflación de sí mismo expresada en engreimientos, vanidades, autoatención, rumia de ideas que hunden en el sí-mismo y van dando lugar a una conciencia patógena, que deriva en una serie de malestares psicológicos. 

Se trata de una “divinización del yo”, de individuos, quienes sienten que emanan de sí mismos, que pueden auto crearse sin restricciones, pretendiendo desconocer la relación entre individuo y sociedad y vivir en una “subjetividad sentida”.  Se trata de una ideología del yo, que se basa en una idea intimista, introspectiva, que urge desmontar, pues es un espejismo, pues el mundo interior que nos sostiene, se forja en el espacio tiempo en que nacemos, y éste, nos apropiamos de su lenguaje, su cultura, su moral, no existe la autocreación, es una falsedad.  Si somos conscientes de nuestra subjetividad y sus relaciones con el entorno, podemos aportar y enriquecerlo, eso se llama de acuerdo a Castoriadis, autonomía.

Este concepto retomado por nuestro autor, es de Gustavo Bueno, quien afirma que esta individualidad emerge cuando los ideales individuales y colectivos se desencuentran.  Esta afirmación se hizo a fines del siglo XX, y hoy, ya entrados en la tercera década del siglo XXI, estamos ante una realidad abierta, con una bastedad de pluralidad, saturada de opciones que nos expone una multiplicidad de sentidos que induce a las personas a un “cambio-perpetuo”, que exige un constante reinventarse, con el lema de ir ligero, fluir y para hacerlo necesita ir desanclado de lo duradero.  Esta ligereza, fluidez, paradójicamente, ancla a otras formas de pesadez, las decepciones, depresión, fatiga, que hace flotar en la nada, causando sufrimientos propias de esta época, y que merecen toda la atención para ser tratados con pertinencia y calidez humana, se trata de las generaciones del futuro y necesitan salud mental y física.

En el libro se realiza una psicohistoria que nos lleva a reflexionar nuestro proceso de individualización, de cómo pasamos de la convivencia en la comunidad a la convivencia con las masas, con las muchedumbres, pero desde nuestra individualidad, a estar juntos, pero solos.

En las sociedades colectivistas, gremiales, los integrantes tienen más responsabilidades que derechos, pero viven el valor y sensación de pertenecer, de aglutinarse, de ser parte de algo que los fortalece y orgullece.  En las sociedades individualistas que se van estructurando a partir del siglo XVI, con la emergencia de otras formas de economía, de producción de riqueza, predomina la interdependencia, se exigen más derechos con menos deberes sociales, progresan, pero, los lazos sociales se achican y se vive más en soledad.

Con el progreso individual, los lazos ciudadanos se van transformando, se va dando una mutación de las personas, quienes, frente al progreso, tienen como herencia, un autocontrol, una represión del goce, una moderación de sus actitudes frente a las nuevas circunstancias. Con el avance del progreso, se incita a nuevos modos de ser, la ideología consumista necesita a individuos que no se repriman. 

Esta explicación histórica pasa por el papel que ha tenido la religión, como con la introducción del secularismo que da pie a la multiplicidad de opciones, a la pluralidad, pone al individuo en la necesidad de lo trascendente, que lo vuelca en lo inmanente, ahora se nace de sí mismo, es el individualismo secular, y éste, no necesita comunidad, pues se goza de un yo autosuficiente. El libro cuenta con detalle estos procesos.

Y nos coloca en nuestro tiempo al que llegamos con un frenesí en este individualismo narcisista, alimentado por las nuevas realidades que van desde las formas de economía, las políticas sociales, y tal vez lo más trascendente, las redes sociales, el internet.  Hoy nos encontramos frente a la ruptura de sentidos, tradiciones, instituciones, un sinfín de pluralismos que afecta a cualquiera, y como dice nuestro autor, se exacerba la “penuria del vivir” y ante esto, la secularización y divinización del yo cobra formas que urge problematizar, comprender y atender.

Dedica una gran parte del libro para hablar de los individuos flotantes que nacen del uso de las redes, hijos de este tiempo, que no conocen otros modos de vida que no sea con el celular, las redes y la experiencia de estar interconectados con los lejanos y alejados de los cercanos. La convivencia humana de forma presencial no está exenta de retos, y la convivencia por la red se torna perfecta, se es y se vive en una fantasía del yo, y se desea siempre estar en las redes, en la muchedumbre virtual, pero no en la convivencia cara a cara con personas reales.

Sin embargo, la vida se lleva a cabo en la realidad, y ahí, lo virtual no concuerda con lo real, y la penuria de vivir se agrava con el miedo hacia todo, miedo a la libertad de elegir entre tanto se ofrece, a la soledad al no saber convivir y negociar con los otros diferentes, miedo a la tristeza, ansiedad, envidias que genera ver en las redes la “felicidad” que siendo ficticia, cree y no se puede tener, y todo esto, lleva un desasosiego, a la rumia de pensamientos negativos, y múltiples trastornos psicológicos, que tienen a atenderse con medicamentos.

Marino Pérez Álvarez, en este análisis, le apuesta a las psicoterapias más que a la medicación frente al aumento de patologías que hoy se diagnostican y tratan con sedantes, cuando lo que se trata es de reflexionar la propia biografía, recomponerla, rescatarla de la enajenación de la ha sido objeto ante el uso indiscriminado de las redes y de las euforias propias de nuestro tiempo.

Este libro, ayuda a comprender el sufrimiento de las nuevas generaciones, educadas para el éxito, y no para resolver las contingencias de la vida, está expuesta a alteraciones de su personalidad que necesitamos comprender y atender, no con sedación, sino con la vuelta a la vida en comunidad, donde estar juntos, sea la tarea a enfrentar con madurez y responsabilidad. Pues es ahí, donde se resuelve la penuria del vivir, juntos será menos difícil.

¡En qué complejidades nos estamos adentrando y qué poco sabemos de ellas! A leer….