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sábado, 27 de febrero de 2021

La idea de "mérito" inmersa en la economización del mundo actual ¿La estamos reflexionando en la educación?

 



La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común? Michael J. Sandel. Penguin Random House Grupo Editorial, Barcelona, 2020. Traducción de Albino Santos Mosquera. Versión Electrónica.

Una frase contundente con la que abre y también cierra una discusión interesante sobre las personas que estamos resultando después de 40 años de la globalización económica: “Cuánto más nos concebimos como seres hechos por sí mismos y autosuficientes, más difícil nos resulta aprender gratitud y humildad”.

Inicia con los sucesos del año 2020, con el inicio de pandemia. Ideas que venía trabajando tiempo atrás pero que puede ver aterrizar en como nos estamos comportando donde formar una comunidad solidaria para enfrentarla está siendo escasa, por el contrario, apartados, separados, enfrentamos el terror a ser contagiados y perder la vida.

La verdad, ha sido una lectura ajena a mis hábitos lectores, y fácil no fue, pero en la medida de su avance, fue atando cabos con la educación, reflexionar cómo desde la escuela estamos cimentando ideas que forman a generaciones de personas cada vez más separadas entre sí, portadoras de una “soberbia meritocrática” al asumirse como producto de su propio esfuerzo, sin ver los contextos y apoyos recibidos para ser quien se es; sentirse merecedores de recompensar de todo índole, sentir que valen por su esfuerzo personal, enaltecidos por sobre los demás, quienes son considerados como perdedores.

Leer este libro nos ayuda a revisa esta idea de “mérito”, que nos parece tan ingenua en el ámbito educativo y fomentamos al exhortar a nuestros alumnos para ser exitosos en medio de las competencias, del esfuerzo, que a la larga da lugar a lo que aquí se llama “meritocracia” (Michael Young). 

Con esta idea sembrada, lanzamos a nuestros alumnos a la vida, quienes piensan  en que es posible dominar la realidad, que nos podemos construir un destino de manera solitaria, sintiendo que somos totalmente responsables de lo que nos ha tocado vivir (que, en el fondo, es suerte, ya que pudimos nacer en otro contexto con condiciones totalmente adversas).

La sociedad globalizada de los últimos 40 años, centrada en las finalidades de economización del mundo, nos llevado a validar la idea del éxito como producto del esfuerzo personal, del trabajo duro, y a ver lo que se tiene como merecido y no tenemos la menor intención de preocuparnos por quienes no están en nuestro lugar, pues pensamos que no se han esforzado lo suficiente.

Pero los mercados, la financiación de la economía no aportan un piso parejo para todos, crea contextos de oportunidades que no son para todos, y por más que se esfuerzan algunos, no logran los mismos resultados, por lo que esta ética del mercado, exige una responsabilidad personal que nos haga creer que lo que tienes es porque te lo mereces dado tu esfuerzo, y si no lo logras es tu culpa.

Tanto nosotros, como la sociedad en general habla del valor de tener una licenciatura frente a quien no la tiene, sin pensar en las situaciones que lo facilitan o lo impiden, y se considera que una credencial universitaria es producto el premio de dones, y quien no los tiene, acepta su condición de estar por debajo de los demás. ¿y si no tuviera la suerte de poseer este don? Lo que se quiere decir, como personas somos el resultado de diversas circunstancias, tanto genéticas como sociales, y al formar parte de una comunidad, éstas se desarrollan o no, nos formamos unos con otros, por lo tanto, no nos hacemos solos, y se trata de reconocer y agradecer la influencia del mundo en nosotros para ser lo que somos.

Y lo peor, este mensaje meritocrático ha desencadenado “una sutil política del resentimiento”, una molestia social, entre las clases trabajadoras que no sienten una valoración a sus esfuerzos, a su trabajo, donde se ha perdido una valoración social.  Se aprecia una decreciente valor moral y cívico del trabajo, la financiación  de la economía, ha dejado una herida en la dignidad del trabajo, un disgusto social, una ruptura del lazo social que busca caminos de expresión, como esto de votar por gobiernos que abanderan su abandono, como ha sido en triunfo de gobiernos populistas que sin tener claridad se resisten a los avances de la globalización financiera cimbrando sus proyectos en ideas pasadas propias del Estado de bienestar de otras décadas.

 Me parece que es un libro de estudio, una lectura nunca suficiente al contener ideas potenciales para la reflexión sobre lo que nos ocurre, por ejemplo, por el momento, puedo resaltar dos:

·       “el valor moral y cívico del trabajo”, que lleva a pensar en la finalidad social que tiene cada trabajo, que exige un respeto, consideración, dignidad y me llevó a pensar en el valor del trabajo docente y preguntar ¿Qué tenemos que hacer para lograr un reconocimiento, valoración, pagos justos a nuestro esfuerzo en estos tiempos de financiación económica? 

·      Y ¿didácticamente como insertamos esa idea del éxito merecido en vez de propiciar una idea de formación de unos con otros, que lleve a la solidaridad y responsabilidad compartida para bien de todos impulsando los dones de cada cual, sin menoscabo de ninguno?


Un libro interesante, complejo, pero importante.  Debiera ser parte de la literatura de cualquier carrera, todo alumno en formación pienso, necesita revisarlo. Y quien ya es un profesional, con mas razón, así seremos más consciente de lo que se necesita pensar y hacer para practicar una ética del bien común.

miércoles, 10 de febrero de 2021

¿Podremos construir una estrategia que desarrolle habilidades socioemocionales en nuestros alumnos? Tengo mis dudas...

 



Esta conversación, si bien tiene ya dos meses, en este momento la siento como un remanso de ideas que ayudan a pensar el mundanal de cosas que nos pasan como profesores.  ¿Por qué digo esto?  Desde hace dos días conozco el sentido de la reunión del Consejo Técnico Escolar próxima a realizarse, y confieso que me ha invadido  una negación, una sensación de no querer vivir esa experiencia, y más que nunca surge desde el fondo de mi ser ese estribillo que traigo desde hace tiempo  ¡Ya, ya me quiero jubilar! (estoy detenida por el mal sistema de pensiones de mi Estado).

La Guía del CTE,  me generó ansiedad y me pregunté ¿quieren que hable de mi estado emocional y de paso que diseñe una estrategia que ayude a los niños a construir habilidades socioemocionales?  ¿Es en serio?  ¿Quién diseñó tal pretensión tan ambiciosa y ajena? ¿Saben de la magnitud del problema que pretenden abordar? ¿O sólo sigue siendo otra estrategia burocrática e instrumental de la educación?

Me pregunto si mis compañeros docentes se sienten como yo ante esta propuesta, o soy solo yo con esta mala sensación de no entender por qué una sesión para recordarnos y exigirnos que seamos promotores de habilidades socioemocionales cuando no estamos tan bien emocionalmente nosotros mismos (bueno, hablo por mis misma), tal vez si haya quien lo esté…

En esta interesante conversación se abordan ideas que explican este sentimiento de “fatiga de ser yo misma” recordando a Alain Erenberg quien dice que cuando estamos frente a una realidad que no entendemos y nos rebasa,  sentimos en déficit, una insuficiencia que lleva al agotamiento, donde uno se siente detenido, atrapado, con pensamientos encontrados y dañinos que van lastimando la autoestima, dejando un daño emocional, que puede llevar a la depresión. Definitivamente, voy entendiendo mi desagrado por esta sesión, y ahora, al escuchar los argumentos que plantea Amanda Céspedes, me siento envalentonada para explicar  por qué mi renuencia.

Ella dice que para cambiar la escuela que hoy tenemos, necesitamos un tiempo, y que debimos haber aprovechado esta situación de reclusión forzada por la pandemia  para hacer una pausa y organizarnos para pensar cual es la escuela que necesitamos.  Pero no ha sido así, en vez de ello, se ha llevado tal como era, sin reflexión, sin consideración, la escuela se fue a la casa y predomina un interés curricular desmedido que nos induce a ser solamente instruccionales, instrumentales, burocráticos y hacemos la educación  a como se pueda,  y como si no pasara nada, cuando el mundo se nos ha caído encima y nos ha generado un caos en todo sentido.

La familia, el lugar donde está nuestro alumno, se visto invadida por quehacer escolar del aula, los padres se han llenado de tareas cuando entienden que hay que hacerlo, pero otros debido a razones que van desde no comprender, no poder, no querer hacerlo igual que a nosotros se ve rebasados por la realidad, enfrentando problemas de subsistencia, de salud física y emocional.

Pese a la grave situación, la educación no ha parado, y sostenerla va resultando costosa para salud física y emocional de todos los implicados, los niños, los padres, y nosotros.  Seguimos insistiendo en una educación que enfatiza el contenido, que exige evidencias de aprendizaje sin saber cómo es que ellos los pueden alcanzar.  Dice Amanda Céspedes, que todo aprendizaje es una experiencia emocional ¿Cómo lo estamos haciendo provoca una buena respuesta emocional, mental y  física?

Y la verdad, yo no me siento lista para hablar de lo que siento, ¿Quién será capaz de contar sobre esos quiebres de nuestra postura de autoridad educativa, de nuestra autoestima  ante lo que nos pasa? ¿Quién está dispuesto a escuchar a los demás hablar sobre estas cosas cuando se piensa que nuestro rol es mantenernos firmes y fuertes? ¿Quién será capaz de nombrar las angustias,  miedos, insuficiencias?  Contar a alguien nuestra intimidad no es simple,  tal vez es algo que nos tenemos prohibido, pues el maestro, no puede perder su investidura de fortaleza, sabiduría, sentido y mover esta idea no es sencillo, duele.

Me parece una sesión imposible, y por ello, pienso que tendremos una sesión invadida por un lenguaje que tocará lugares comunes con palabras cuidadosamente limpias de emociones que no nos comprometan, que impidan mostrar nuestra vulnerabilidad.  Como autoprotección estaremos ocultando el daño emocional que sentimos, ese que igual que nuestros alumnos, callamos.

Nuestra quinta sesión del CTE, será como tantas otras, y si llegamos a construir una  estrategia para promover habilidades socioemocionales como ahí se nos pide, será fría, saturada de información, contenidos, que tal vez solo se quedé plasmada en un papel o si se pone en marcha, será burocrática, instrumental, sin ese toque de subjetivo de los implicados.  Y así, seguiremos por este camino del enmudecimiento y encerrados en nuestras propias emociones, pero ahí están y el día mañana pueden cobrar su factura con padecimientos que aún no imaginamos.

Hay que escuchar esta conversación, tal vez no ayude a atrevernos a pensar en algo que hacer, en algo sobre cómo enfrentar y prevenir nuestras enfermedades emocionales, nunca previstas ni consideradas por las políticas educativas.

domingo, 27 de diciembre de 2020

La vergüenza, un sentimiento del que no hablamos... ¿Y en la docencia ?

 

Boris Cyrulnik. Morirse de Vergüenza. El miedo a la mirada del otro. Traducción de María Pons Irazazábal. Odile Jacob, 2010. Formato digital, 2011. 


La vergüenza ¿Qué es? ¿Cómo se gesta? ¿Cómo se vive con ella? ¿Por qué se habla de ella como herida abierta, silenciada, inconfesable? ¿Qué efectos tiene en nuestro desarrollo emocional, físico, social?

La vergüenza, definitivamente resulta ser un sentimiento tóxico, como también afirma Vicent de Gaulejac, otro libro donde ya hace un tiempo me detuve a revisar este sentimiento, y aquí, igual, se confirma que la vergüenza la podemos llegar a experimentamos como un “absceso del alma”, una punzada en el cuerpo que doblega, que achica nuestra presencia frente a los demás (que desconocen nuestra estado emocional interno) y sentimos sufrimiento ante sus miradas más simples.  Este sentimiento cuando se torna tan lastimoso, amerita ser tornado pensamiento, palabra, y así visualizarse para atenderlo y superarlo.

Y es cierto, la vergüenza nos acomete a todos, pues siempre que vivimos algo que se sale de nuestros deseos, sentidos, y nos lleva por caminos ajenos, dejando una experiencia embarazosa,  inevitablemente pronunciamos estas terribles palabras  ¡Me muero de vergüenza!, y siguiendo la imagen de la avestruz, deseamos desaparecer por eso que nos ha pasado y dejar de sentir esas emociones que devastan.  Y la mayor de las veces, son sucesos que podemos superar, soportar, los entendemos, tenemos la fortaleza para enfrentarlos y continuar.   Todos vivimos la vergüenza, siendo  finalmente una experiencia saludable, que en la medida en que se supera, ayuda a reposicionarnos, a continuar con salud mental y emocional.

PERO, también, pueden acontecernos sucesos que nos cimbran, que nos rompen por dentro, debido a que fuimos parte de una circunstancia en donde nos vimos implicados, y al no ser un pasaje transitorio, se torna un momento imborrable y definitorio de la vida que sigue.

En este libro de Boris Cyrulnik, narra diversas vivencias de personas a las que le sucedieron “cosas”, de las cuales no es culpable, pero por haber estado ahí, al vivirlas y no a los otros con quienes vive, este ser tiene  un “saber-no-sabido” que lo diferencia de ellos, sabe que tiene una experiencia tan “humillante”, tan “desgarradora de sí mismo” que no puede contarse por ser incómodas, no nos son habituales para el resto de las personas, y le invade esa vergüenza, ese deseo de ¡Morirse de Vergüenza” que lo aparta, lo auto-excluye.

Esas “cosas” que nos han pasado y nos han desgarrado por dentro, nos separan, nos las guardamos, quedan ocultas, creando un espacio emocional que separa de los demás; esos secretos no pueden contarse, pero se vive con ellos e inhiben, inmovilizan, “muriendo de vergüenza” cada día cargando lo silenciado en el mundo íntimo de donde emergen ideas que auto condenan constantemente y se siente que “…la realización de uno mismo es despreciable comparada con el sueño de uno mismo”, esto es, se erige nuestra presencia desgarrada ante nuestros propios ojos, nos sentimos una basura, frente a la posibilidades mil que tenemos y ante las imponemos la idea, de que no tenemos derecho a vivir.

Esta vergüenza se llena de pensamientos contaminados de emociones que nos sub-baja ante la presencia de los demás, y siendo nuestra vergüenza tan íntima, un sufrimiento muy personal, nos lleva a sentirnos inmerecedores de nada, infringiendo así, un incesante  autocastigo. Por ello, nuestro  autor, sostiene que los avergonzados con esta profundidad, con esta lastimosidad, necesitan salir de este sufrimiento interno, de este envenenamiento emocional, tan oculto que impide un desarrollo saludable, pleno.

En el libro nos cuenta diversas estrategias que ayudan y aportan alivio, por ejemplo,  refugiarse en la ensoñación, en relatos inventados que nos describen bien, y alguna manera, logran representar en imágenes eso que nos sucede y al visualizarlo, construir comprender lo que nos pasó y hacerse el coraje, de construir un orgullo que invalida la humillación vivida, sin que fuésemos culpables de lo ocurrido.

Cuando se comprende lo que nos ha pasado,  se elabora un contraveneno para sí mismo, que ayuda a salir, a reconstruirse para situarse a la altura de la exigencia, se deja de experimentar la idea de ser despreciado, de sentirse humillado por lo que solo él sabe de sí mismo, entonces es capaz de erguirse, y se construyen estrategias para evitar ahondar la herida, que ahí seguirá, pero controlada, es lo que el autor llama Resiliencia. Renacer del dolor, aprender del dolor para continuar.

Boris Cyrulnik, nos detalla, esos procesos de sobrevivencia a la adversidad de la vida, y resalta la importancia que tiene para estas personas más heridas que otros, el encontrarse en sus vidas con personas que dan la mano, que les ayudan a su auto realización.  Salir de esos estados de vergüenza patológicos para muchos, nos indica, exige de la construcción de contextos de apoyo, que brinde oportunidades, donde estas personas sientan que es posible vivir, sentirse de un modo digno, favorecedor, de crecimiento, de desafío.

Y pensé en nosotros los maestros. ¿Somos capaces de favorecer momentos de vergüenza en nuestros alumnos?

....Y recordé a Roberto (y a otros más), cuya historia narré en el otro blog.  Roberto, un niño, quien estando en tercer grado no sabía leer ni escribir, y fríamente, fue llevado a primer grado, a mi grupo. ¡Cuánta vergüenza tenía de estar en primer grado! Muchas veces, nosotros los maestros somos ignorantes de estos asuntos y cometemos atropellos emocionales con nuestros alumnos creyendo que hacemos un bien.  Sólo espero haber sido esa mano de apoyo que tanto necesitaba,  y ahora vaya por su vida escolar con la cabeza en alto.

E igual, leyendo este libro, recordé algunas vergüenzas que construí por mi paso por la escuela (y por mi vida infantil) , y confieso que algunas lágrimas emergieron, pero igual, me recordé la presencia de profesores que me miraron, me dieron la mano, y pude salir, avanzar, llegar a este momento de mi vida profesional y personal, en la que puedo seguir haciendo cosas (como leer, pensar, escribir, trabajar por mis sueños…) que ayudan a  reconocer y agradecer las oportunidades que he tenido gracias que me hicieron sentir una persona con valor, capaz de construirse un sentido de vida.

Y termino diciendo que agradezco haber tenido la paciencia y fortaleza para leer este libro (que en algunos momentos induce a recuerdos personales, retrae emociones escondidas que humillan y duelen) y me alegra incorporarlo a mi blog, donde tal vez, alguien, un otro preocupado como yo, lo encuentre, y al saber de él, pueda leerlo y vivir su propio proceso de reencuentro consigo mismo, y que como docente, repiense el valor de su trabajo.

Yo, en este momento valoro la profesión en la que me encuentro, pues me relaciono con niños, que tal vez, vivan en espacios que infringen en ellos experiencias indecibles y por tanto, me necesitan desde lo que hago, y desde lo que sé hacer, hacerles sentir de múltiples formas didácticas la fuerza de sus potencias y hacerles vivir la idea de lo importante que son en la vida social, que lo espera sanos, y animosos para continuar frente a cualquier adversidad.  

 



domingo, 22 de noviembre de 2020

¿A quién leer, por qué y para qué? Alfonso López Quintás aporta una estrategia.

 

Alfonso López Quintás. El arte de leer creativamente. Editorial Stella Maris, 2014. Versión Digital.


Cuando vi el título de este libro, sentí curiosidad sobre “este arte de lectura creativa” Siempre he defendido la lectura, y como profesora de primer grado (y de adultos también),  durante años me esforcé en formar lectores apasionados por las ideas de otros.  Por ello, he buscado forma de enseñar a leer y escribir mediante un uso creativo del lenguaje escrito, para no construir resistencias a la escritura, la lectura (y a los adultos, profesores, los sitúe ante infinidad de textos para explorar ideas y pensar mejor nuestro mundo).   

 Me asomo a mi experiencia, me veo en mi soliloquio lector y pienso, siento, que no he logrado mucho.  Ahora mismo vienen a mí recuerdos de mis alumnitos de primer grado, quienes iniciaban el año (aún tengo que aclararme por qué) en niveles presilábicos, y poco a poco iba logrando su movimiento, hasta verles escribir, leer como se esperaba, sin embargo, cuando se trató de fortalecer la lectura, y los situaba ante textos llenos de vida, vi como esta habilidad lectora se paralizó.  Por ejemplo, me recuerdo entre ellos, de mesa a mesa invitándolos a leer un extracto de “Lilus Kikus”, llevándolos a pensar-sentir la metáfora de las uñas emitiendo rayos de luz para leer por la noche, pero al dejar un lado del salón e ir al otro, al voltear ya los niños dejaban de leer, es decir, solo leían en mi presencia, bajo mi solicitud, pero no continuaban, por tanto, la lectura profunda, la que cambia la vida, era difícil de impulsar.   Y de mi experiencia con adultos, no vi a todos titulados, la lectura era fundamental para lograrlo.

 Me pregunto con preocupación sobre esta resistencia a la lectura (sé que hay sus excepciones), pero ¿Por qué  solo algunos y no todos? leer es una habilidad que abre las ideas, aleja de los dogmatismos, enriquece en todo sentido a las personas, favorece la toma de decisiones, da cultura, postura, sentido de vida.  

 Como afirma un apasionado de la lectura, Alberto Manguel, al leer se recrea el libro en nuestras manos, leemos desde nuestra experiencia íntima, desde la necesidad de explorar dudas, de atender deseos ocultos, pasiones no confesadas, que son solo de uno y la comprensión que se logra, ese florecimiento de ideas, emociones, es muy personal; cada lector responde al libro desde un lugar tan propio, y al hacerlo se ve transformado, por ello, “leer” es un verbo, que cobra vida, sólo frente a un sujeto que “quiere” leer. Y he aquí la pregunta ¿Se quiere leer? ¿Se siente el llamado del libro que nos susurra “tengo respuesta a tus misterios”? Y si leemos ¿Qué leemos?...

 He escuchado, (algunas veces) a personas decir “Yo me leo 30 libros al año” y yo,  me volteo hacia mí misma y me pregunto ¿Y yo por qué leo tan pocos? Hasta he sentido vergüenza de promover algo que hago con tanta lentitud, pero por suerte, el mismo Manguel me ayudó a comprender esto, pues dice que no todo libro está escrito para ser leído por todos, que uno va reconociendo qué y cuándo, que tiempo dedicarle a ese proceso de autotransformación que ofrece el libro seleccionado. Sentí alivio.  Yo leo un promedio de 10 libros hondamente significativos para mí, al año, y para atender exigencias laborales, otro tanto tal vez, pero esos no cuentan, son  más índole instrumental. Y tal vez, siendo consciente de mi lentitud-apasionada por un libro determinado, buscando la manera de leer de un modo más creativo y eficiente dado el eterno problema del tiempo, me acerqué a esta obra de  López Quintás, ¿Qué encontré?

 Es un libro interesante, nada instrumental, pues en el trasfondo de la obra se percibe la necesidad de formar a personas sensibles, que encarna los valores más excelsos para guiar su vida, que sale de sí hacia los demás desde un amor responsable en busca del encuentro creativo con los demás, y nos explica una teoría de cuatro niveles de desarrollo:

·       Estamos en el nivel 1, cuando todo lo que nos rodea, se asume como medio para un fin concreto, todo se cosifica, y lograda la razón instrumental de su existencia, se desecha.

·     El nivel dos, por el contrario, lo que nos rodea conforma “ámbitos” es decir, son realidades que brindan opciones, y podemos tener posibilidades de interrelación amplia con los  otros, y lo otro que nos rodea, permitiendo el desarrollo de nuestras potencias más creativas.

·     En el nivel tres, tiene ver la conciencia de un ideal que guía la vida, ideal enriquecido por valores fundantes de la vida en armonía  como la belleza, la bondad, la justicia, la unidad.

·    Y el cuarto, encontramos un fundamento trascendente (me pareció religioso) para sentirse religado con la humanidad desde un fe que se encuentra con algo más allá de lo terrenal, esa Unidad con Dios.

 Y pues hasta aquí todo bien… todo fundamento que nos hable de ser mejores personas, de superación desde los argumentos que se tengan, son válidos.  El problema es encontrarnos con esos niveles al revés, que marchan de manera contraria y de los cuales también habla y llama “vértigo”, esto es, que del nivel uno, vamos en caída, siendo personas egoístas, mezquinas, envilecidas por el ideal de dominar, poseer y disfrutas al cualquier costo. Y este es el PROBLEMA, (de lo cual no habla) porque nuestra época se caracteriza por una ruptura, por la decadencia de instituciones que no tienen la fuerza y fortaleza para regular las nuevas emergencias de subjetividad humana.

Nos invita a leer obras como el Principito, Juan Salvador Gaviota, Obras de Shakespeare, El túnel de Sábato, Poesía, escuchar música, etc., anotando la estrategia de situar el contexto de la obra, reconocer el sentido del autor, aprender el mensaje que no aporta. Ver a las obras como la integración de diversos niveles de realidad, no reducirlas, sino verlas como  ensamblajes de varios ámbitos, que dan lugar a un sinfín de interpretaciones dependiendo de quien lo lee.  Qué necesitamos provocar esta relación de encuentro con los textos, buscar escritores que no describen objetos, sino que nos ponen en presencia de realidades abiertas; autores que no sólo narran hecho sino que tejen tramas de vida, relaciones de encuentro humano. Con todo esto, definitivamente concuerdo, pero sigo preguntando:

¿Cómo hacer que se quiera leer? ¿Cómo tener esta actividad en un lugar de prioritario dentro de la vida cotidiana de cada uno? ¿Cómo convencer de que la lectura es una actividad que nos transforma?

 Soy maestra, y no tengo respuestas. Creo que el nivel uno del desarrollo humano que describe este autor va ganando la batalla formativa,  y que por tanto, cuando terminamos viendo a los demás como un medio para nuestros  fines más inmediatos, la capacidad de preguntar por lo que ocurre, las consecuencias de lo que hacemos, de la emociones complejas que nos embargan y llevan actuar en la inmediatez, sin tener ideas sobre el futuro, queda empequeñecida, y entonces terminamos sin preguntas íntimas, sin  una conciencia que nos alerte, sin sentido de vida, sin ver la como  ámbitos relacionados unos con otros… Por tanto, no tenemos preguntas, y sin esas preguntas íntimas, no buscaremos ese texto que nos aporte respuestas para continuar.

 Si perdemos día a día esta capacidad de preguntar sobre el sentido de nuestra vida, si nos vamos extraviando en la banalidad, en el presentismo, el placer del ahora, entonces esa lectura en la cual fundirse para abrevar de los sentidos de los autores que nos narran experiencias importantes que puedan dar luz a nuestra vida, no se dará. 

 El libro es bueno, lo recomiendo, hace pensar en la importancia de crecer, de aprender de los escritores, y si bien el método es interesante, pero no ahonda en el severo problema de estructuración de la subjetividad humana de estos tiempos.  Hay que seguir apostando al poder de la lectura, buscando respuestas sobre nuestra falta de deseo de leer.

 Por el momento aquí dejo la liga, ojalá se sientan invitados a leer los argumentos y estrategia de este autor, que no conocía, pero me ha parecido interesante.

 


sábado, 3 de octubre de 2020

Hugo Zemelman Merino: El pensar histórico como necesidad humana.

 


Escribir sobre el pensamiento zemelmaniano es una tarea compleja pero definitivamente, desafiante.  Soy educadora, mi campo de trabajo se vincula con lo que Zemelman llama “movimiento del sujeto”, ya que la educación en su sentido paidéico tiene que ver con estimular el desarrollo de lo potencialmente contenido en cada uno de nosotros.  Así, que toda mi vida profesional he tenido que ver este problema largamente abordado por Hugo Zemelman Merino, de quien comprendí que el reto de asumirse como sujeto,  y decir sujeto es comprender que somos puro despliegue de uno mismo,  como el afirmó en otro de sus añorados libros, somos “existencia y potencia”.

Hace exactamente hoy 7 años de su ausencia física, y como cada año lo menos que puedo hacer es agradecer el aprendizaje sobre el poder de mi despliegue bajo la calidez de su obra.  Para esta fecha, pensé abordar su último libro, “Pensar y poder, razonar y gramática del pensar histórico”, que adquirí en  2012, y que leí en su mayor parte, pero con este eterno problema de no terminar los libros por falta de tiempo por no tener como única ocupación la lectura y la escritura (que me encantaría), lo revisé en un 75%, y hace un mes lo retomé para atender este reto anual de hablar de él, pero como sé reseñar libros y por otro lado, es sabido que sus libros no se pueden reseñar, solo se pueden leer para pensar en tiempo presente, he decido, escribir sobre una idea central de su obra “el pensar histórico”, aclarando que lo hago desde mi lugar de a pie: como educadora.

Zemelman especialmente en esta obra (pero presente en todos sus libros), se refiere a una forma de pensar histórica en las personas de carne y hueso como ustedes y yo misma.  ¿Qué quiere decir con esto? ¿Por qué desde que percibí el significante de esta idea quedé invitada desde mi hacer-docente a impulsar esta forma de pensar? tanto en los adultos que llenaron mi aula, como los “peques” entre 6 y 7 años con los que trabajado los últimos años. La Epistemología del Presente Potencial es un bien histórico para todos (aún recuerdo la carita de un niño que me decía ante un ejercicio ¿va estar difícil como los otros? Y yo le dije, “lo harás bien, sólo tienes que pensar y hacer lo que se necesite desde lo que sabes” esto porque se trataba un ejercicio no para repetir lo sabido, sino para usar lo que sabía en algo nuevo. He querido llamarle pedagogía del límite, algo que tengo pendiente, pero mis alumnos de maestría conocen bien de lo que hablo,  creo que siempre se sintieron en su límite…)

“Pensar histórico” tiene que ver con forma de pensar que pretende reconocer la  “presencia de lo históricamente necesario”, esto es, que situados frente a la real-realidad, la verdadera, esa que nos aporta evidencias, síntomas, ante la cual crece una  disconformidad que permite considerar la trama de los sucesos, las inercias personales o sociales cuya marcha no aporta dignidad humana, y da lugar a un NO, a una resistencia, pero no como reacción, sino producto del esfuerzo de problematizar, de reflexionar, reconocer y comprender  “eso” que molesta y  percibiendo lo que excede los límites de esa situación, lo que está en la penumbra esperando potencialmente sus desenlaces, preparándonos para enfrentarlos.

En palabras zemelmanianas, radica en tener conciencia de lo “dado-dándose” porque en lo que está por darse urge poner la mirada, estar atentos a esos múltiples desenlaces del acaecer presente donde estamos situados inexorablemente y la mejor parte, es que nosotros tenemos una participación, pues somos creadores de esa realidad que nos importa, y podemos, desde nuestra cotidianidad, como sujetos de a pie, dar un giro a la historia.

Por tanto, “el pensar histórico” es la capacidad de asomarse y asumirse, de trascender al propiciar que un simple acto de pensar deje de ser limitado, que no se conforme con un pensamiento que solo prediga el destino, sino que sea capa de su rompimiento, de lo que parece inexorable en el largo tiempo.  Ayuda a situarse en lo “dado-dándose” y tan visión nos reclama tener proyecto que impulse lo potencialmente necesario, esto es, atender lo que apenas está por “nacer” en la historia y es mejor social y humanamente hablando.

Entonces la pregunta que sigue es ¿Cómo impulsar un pensar histórico dejando de lado es pensar determinista de la realidad? Aquí se encuentra en meollo del asunto zemelmaniano, y por ello, desde mi perspectiva está muy vinculado a la educación.

Hace poco hablé del valor del concepto de crítica en Hugo Zemelman, pues al plantearla como “forma de razonamiento capaz de referirse a la potencialidad de lo dado”, nos lleva a preguntarnos por nuestra formación, por nuestro “movimiento como sujeto”, un movimiento subjetivo, pues en la medida en seamos capaces de movilizar nuestros estereotipos, rutinismos, ideologías, todo atributo social que nos constriña y limite, nos modele, seremos capaces de construir un distanciamiento con respecto a la realidad presente, la cual dejaremos de ver como estructural y sin posibilidad de modificarla.

Por tanto, si nuestra formación se asume como movimiento, como esfuerzo atento a nuestros límites, viviendo el desafío de avanzar hacia estados subjetivos capaces de ir al ritmo del movimiento de la realidad, hablaríamos de una dialéctica entre el  ajuste-desajuste de  lo que somos  frente a nuestra circunstancia.  Zemelman a esto le llama “autonomía del sujeto” con lo que quiere decir, que podemos reconocer las múltiples condiciones que nos definen, limitan, y al ser conscientes del afuera, al comprenderlo, podremos nuestro atrapamiento en las estructuras instituidas, siendo capaces de pensar en lo que está más allá esperando por nosotros para ser potenciado.  En palabras de Castoriadis quiere decir “reconocer mi autonomía en la heteromía” o como decía Sor Juana “…si porque me vez encerrada, me tienes por impedida, para estos impedimentos, tiene el efecto las limas”.

Por tanto, necesitamos aprender a “colocarnos”, en el momento histórico, aprender a leer la realidad como una articulación de tiempos y espacios, abrirla respecto de los límites, percibir sus fuerza hegemónicas, así como lo que sigue en la penumbra de lo histórico.  Esto no sucede por voluntarismos, por un deseo ingenuo, sino por una formación cuidadosa, que atiende formas epistémicas del pensar histórico, que muchas veces son mutiladas por la educación convencional. Se trata de educar al sujeto reconociendo su propia historicidad, verlo como movimiento que se despliega hacia sus oportunidades futuras, que se están forjando en el presente, esto nos exige a los maestros, tener una mirada horizóntica sobre la formación de nuestros alumnos, preguntarnos por lo que potencialmente pueden ser en un tiempo por venir, sin someterlos a encajar con un perfil muchas veces ajeno a las necesidades históricas de la realidad que urgen potenciar, en la que ellos, serán los responsables.

El pensar histórico  por tanto, es una capacidad que nos permite “acechar los objetos” de la realidad en palabras de E. Bloch, lo cual, nos coloca en fuertes desafíos para impulsar esta capacidad, enfrentando ésta de quedar atrapados en las inercias instituidas.   Por ello:

-Necesitamos situarnos en la realidad, “colocarnos” y en sus límites ir tras inédito, lo cual no se detecta por un acto de voluntarismo, sino por contar con una capacidad de lectura de la realidad, que exige lenguaje, la capacidad de teorizar para nombrar con conceptos pertinentes lo que sucede en tiempo real.

-Disposición y capacidad para desplegarse como sujeto a partir de un para qué e influir en la construcción de ideas que visualicen y muestren lo que excede a la realidad presente. 

-La creación de proyectos desde el cual se  aborde lo potencial de la realidad, que implica asumirse como “ámbito de sentido”, tener necesidad de expandirse con la fuerza que una visión horizóntica capaz de nombrar lo que ve en la lejanía, pero no en la imaginación, sino con la fuerza de los datos que aporta la misma realidad.

Bueno, esto algo de lo que sé sobre la Epistemología del Presente Potencial, y que me adentro por ideas sobre la docencia  que me han movido de esas otras de corte técnico e instrumental.   Ahora, puedo hablar sobre el   “pensar histórico”,  que más que un dato duro, tiene que ver una sensibilidad, una necesidad de ir en la cresta de la realidad socio-histórica como responsabilidad.

Sé que yo misma necesito explicar-me este tipo de lenguaje.  Leyendo a Zemelman por algunos años, no acabo de aprehenderlo, y entiendo que así necesita ser, que su lenguaje epistémico, cada vez que lo visito, estimula el pensamiento, no lo cierra.  Y siempre favorece el deseo de volver a escudriñar los misterios de su lenguaje epistémico.

Estando en esta lectura por algunos años, me he hecho de un cúmulo de palabras que enriquecieron mi decir, que ampliaron “mi gramática del pensar”, creo.  Hoy, sin estas palabras no puedo hablar de cualquier situación; con Zemelman aprendí a no definir, a no cerrar ideas, a tratar de situarme en el caos, y desde allí, pensar en posibilidades horizónticas, abiertas al tiempo de la real-realidad. Haciendo esto, he sentido que he perdido a muchos conocidos (no puedo decir amigos, se hubieran quedado conmigo) con esta forma de pensar, hablar, de escribir, se contradice lo que se espera de mí, esas ideas puntuales, definidas en el corto tiempo arrojando resultados, y eso no lo puedo hacer más… intento tener un pensamiento histórico, sé que es una gran tarea autoimpuesta, haber convivido con este gran pensador latinoamericano, me ha dejado esta responsabilidad. 

Pues no se diga más, a continuar en ella, es una necesidad humana, por tanto, histórica.

  

domingo, 6 de septiembre de 2020

La “crítica” tiene diferentes acepciones ¿Cuál es la propia? Les cuento mi opción...


Conversatorio: la pedagogía crítica ante las problemáticas educativas contemporáneas.  https://www.facebook.com/watch/?v=1771063779718399&extid=GBmceAel3QTLddeL


Por los años 80s, nos llegaron y consumimos teorías que dieron cuenta de un cierto modo de nuestra realidad, y tal manera de interpretarla, orientó una actitud de denuncias y plantear férreas defensas y solicitudes para transformar el mundo que se sentía tan injusto.  La idea de "crítica" en esos momentos tomó un sentido revelador, denunciador, y por consecuencia, luchas en defensa de lo social por medio un plural activismo en diferentes ámbitos, lo sexual, las mujeres, los marginados, el ambiente, etc.  Vengo de esa forma de pensar, como hija de esa formación me afilié a  esas ideas, y como muchos, en nuestro campo, le llamamos, "pedagogía crítica", de la cual me empapé y pude trasmitir  como docente.  

Hoy, al tiempo, me pregunto  ¿qué nos dejó? sinceramente, algún cambio debió darse, pero a la larga, seguimos padeciendo esos problemas, algunos, de manera más intensa.Por fortuna para mí (y no sin dificultad), a mediados de los 90s, fui adentrándome por otras ideas “La epistemología del Presente Potencial”.  Confieso que fue un horror entenderle algo, pero fui terca, disciplinada, y creo que por el 2010, me fue quedando cierta claridad en esos sentidos teóricos (que me llamaban a pesar de la dureza de ese lenguaje tan ajeno a mi formación empobrecida como docente de escuela primaria).

¿Por qué insistí? ¿Por qué me atrajo algo tan complejo? Recuerdo una frase de Bachelard, que decía que cuando uno insiste en una obra, es porque esas páginas, nos conciernen, tienen que ver con lo que uno desea, y venciendo mis ignorancias, descubrí que con esas ideas, podía asumirme como sujeto, es decir, saberme atrapado en un mundo hecho, pero en ese espacio que me tocaba habitar, existían un espacio infinito para mi auto-realización.

Y con este "saber-no-sabido", continué  y poco a poco dejé de hablar de la hegemonía como la culpable de todo, para comprenderla como el mundo que tocó vivir, ese que se me impuso al nacer, donde mi tarea sería conocerlo, entender a qué estaba sujetada para aprender a "soltarme" de esas estructuras tan determinantes e injustas. Comprendí el poder que tiene responder preguntas como éstas ¿Qué mundo vivo en tiempo-real? ¿Qué realidades se están dando y hacia dónde van? ¿En cuál de ellas  puedo insertarme y desde mi ser, pensar, hacer la puedo re-orientar hacia sus futuros? En pocas palabras, en este enfoque, uno mismo dado su conocimiento y sensibilidad, es el creador de la historia posible reconociendo su ámbito de intervención en el dado-dándose; uno necesita hacerse de la fuerza para reorientar esos sentidos anómalos que irrumpen la socialidad. 

Soy profesora, he trabajado con niños enseñando a leer y escribir desde formas diferentes empeñada en provocar nuevos caminos didácticos en este campo, porque "eso" está en mi ámbito de acción y sé que se necesita, que nuestra infancia necesita estas herramientas para enfrentar su futuro, lo cual no ha sido fácil, pero igo buscando modos de seguir con esta tarea.  

Como formadora de docentes, igual, he buscado diferentes maneras de provocar la “apropiación de la práctica”, de que los alumnos a mi cargo, vivieran una “pedagogía del límite” donde experimentaran la provocación de buscar dentro de sí mismos ese poder para hacer lo que parece no puede hacerse, pero que sienten es urgente, y así, apasionados con su propio movimiento formativo, vivan una pedagogía que que provoque a su vez el movimiento subjetivo de sus alumnos, desde su propia movilización. que aporta un “goce oceánico” retomando a Freud.

Por tanto, el sentido que le demos a la crítica que usamos, tiene  mucho que ver en lo que terminamos haciendo.  No es lo mismo una crítica denunciante del sistema de cosas que nos rodea y alimenta un activismos ingenuo, a esta idea “forma de razonamiento capaz de referirse a la potencialidad de lo dado”(Hugo Zemelman, en Problemas Antropológicos y Utópicos del Conocimiento, COLMEX, 1996, p. 47), la cual nos invita a mirar el horizonte de eso que nos preocupa y reconocer sus diversos sentidos abiertos al futuro, así podemos decidir en cuál insertarnos desde lo que somos y sabemos hacer.  De esto trata la Epistemología del Presente Potencial, un enfoque donde el sujeto social es el protagonista de la historia.

Este conversatorio sin duda es un gran esfuerzo, todo es útil, aporta, pero, escuchando con atención, sentí esa vieja idea de crítica denunciante, que moviliza en pro de derechos muy justos, pero que están inmersos en estructuras determinantes de todo tipo tan complejas y difíciles de vencer con denuncias, proclamas, marchas, plantones, que no dudo influyan en algo ¿pero cuánto dura ese cambio?

Pero si nuestra idea de crítica nos lleva a abrir, revelar dónde estamos inmersos, qué fuerzas nos gobiernan, y nos inducen a modos de ser y pensar,  sabremos cómo enfrentarlas, aprenderemos a visualizarlas como fuerzas que se mueven hacia el horizontes, y que no tiene un solo modo, que existen opciones, así podremos optar, situarnos adecuadamente, y hacer aquello que nos remonte en ellas mismas, haciendo todo lo que nos sea posible para modificar sus nefastos desenlaces.

Ha pasado el tiempo, tengo en la obra de Zemelman más de 25 años.  Invertí mucho tiempo para comprender el mensaje formativo de la propuesta zemelmaniana, y sigo haciéndolo porque en este enfoque se va comprendiendo esa frase tan dinámica “la historia se hace desde la cotidianidad”, y cuando queda claro, cuando se nos revela la responsabilidad histórica que tenemos y descubrimos desde dónde la podemos vivir, viene este reconocimiento de asumirnos como "ámbito de sentido" desde  lo que nos apasiona hacer, para influir en las fuerzas determinantes de la historia en que nacimos, pasando por ellas dejando nuestra huella.  En nuestro caso, como docentes tenemos una invaluable trinchera: La educación. 



sábado, 29 de agosto de 2020

"Buscando caminos para hacerle frente al desconsuelo.”

enfrentar el desconsuelo 

La templanza y el silencio discriminante.  Emma León Vega 

En: Virtudes y sentimientos sociales para enfrentar el desconsuelo.  Emma León Vega (Coord) Sequitur-UNAM, 2012.  www.crim.unam.mx  › Muestra Virtudes y sentimientos 

En este escrito, se habla de la desgracia, del desconsuelo, del dolor humano que nos invade cuando algo se nos arrebata, cuando  sentimos la crueldad de la adversidad sin que esté en nuestras manos controlarla y ahí, se entiende que dolor, el sufrimiento, parece ser una  condición sine qua non  de los humanos por vivir en un mundo inhóspito que produce sufrimiento, que no es por tanto, constitutivo, nos agota, nos devasta y extravía a lo largo de nuestra vida.

Las desgracias no nos faltan, nos asaltan, y sentimos una desesperante angustia que nos atraviesa, y nos hunde en la más profunda desesperanza, al grado de volvernos a ajenos, extraños hasta para nosotros mismos.  En esos momentos, se siente el peso brutal de la existencia, clamamos y queremos huir de ella, pues todo en lo que creemos se disuelve, el dolor es tal, que nos  apesadumbra, y sentimos soledad, abandono.  En situaciones así, se busca su cese, que pare, se detenta ese desconsuelo, donde lo que sí se sabe es no se puede más  vivir en esa experiencia que lastima en lo más profundo del ser y cuando se toca este punto, se sabe que es el punto del retorno, que urge salir de esa experiencia.

Para hacerlo, dice Emma León que no contamos con remedios simples, fáciles que puedan ayudarnos a salir de ese desconsuelo tan imposible de seguir habitando. Pero nos habla del poder del llanto en estas situaciones, que llorar es una expresión sentida y genuina del dolor humano que permite el desahogo, ayuda a exteriorizar el drama; cuando se llora, los otros, experimentan una movilización de sus propios sentires, y por un momento, se disuelven los límites endurecidos entre las personas, y el llanto del doliente, les hace partícipes de su dolor al evocar  su dolor propio, entonces lloramos juntos, creando un momento de encuentro (recordé el libro de Bucay, “El camino de las lágrimas” ahora tiene más sentido).

De este modo, el llanto, tiene el poder de licuar las emociones, (sin negar la posibilidad de manipulación y del chantaje de lo que hay que estar atentos), pero nos avisa que ese llanto surge desbordado, desordenado, por lo que es necesario trabajar ese lado unificante que se siente cuando lloramos juntos.  Atestiguar el llanto, exige un auto-dominio de la persona en aras del bien común, dominio que se logra mediante el control de las emociones e impulsos que el llanto del otro despierta en uno mismo y para lograr tal estado,  nos habla de la importancia de rescatar una virtud humana presente en todos: la templanza.

A esta  virtud, debemos nada menos que la capacidad de atemperar los actos y expresiones que se advienen ante los pesares, atemperarse, impiden dejarse arrastrar desenfrenadamente por el sufrimiento. Como puede verse, esta virtud humana, si bien es una luz que lo sombrío de estos tiempos, cuyas fuerzas depredadoras arrasan la vida social dejando tanto dolor, encarnarla, darle vida, no es fácil, nos reclama el ejercicio de una responsabilidad que funja una como chispa que propicie hacer “algos” ante el  sufrimiento de los otros y el propio.

Esta responsabilidad deviene de una ética que vuelca en acciones sinceras, necesarias, sin simulaciones ni falsas empatía.  El dolor del otro tiene la cualidad de invocar en nosotros generosidad, amor, bondad, compasión, misericordia, piedad, es decir, se siente una inclinación nata de hacer el bien, solo porque “se sabe” que urge hacerlo, sin esperar nada a cambio. Esto se fundamenta en la ética levinesiana, quien plantea la presencia de un imperativo de responsabilidad  esencial respecto de otro ser humano,  quien inspira y demanda no ser abandonado en su soledad, a no quedar indiferente, pues su presencia es “aquí estoy”, y su asunto, nos importa por lo que nos vemos instados a reconocer a los más desafortunados, restaurando desde nuestra posibilidad lo perdido, ayudando a recuperar la firmeza y el aplomo que falta.

Restituir lo perdido, enfrentar el desconsuelo y las circunstancias que lo provocan sólo puede hacerse si se pone en movimiento el contacto humano en medio de la adversidad, desafiando la soledad que se gesta a pesar de las grandes interconexiones que más que apoyar, generar ruido, distorsiones de sentido, distracción provenientes de otros hombres y mujeres que viven situaciones tal vez tan desgarradoras o más que las propias, que al encontrarse aumenta la angustia y lleva a un deshacimiento de uno mismo, que separa más y más, aísla, provocando miedo, terror generalizado.

En tal situación actuar con templanza produce salidas al sufrimiento, propio y ajeno que hereda todo desastre; la templanza, este “saber atemperarse”, autorregularse en medio del dolor que en ese momento domina la mente provoca un bienestar propio y minimiza la fricción provocada por tal crueldad.   Un estado de dolor extremo, produce relaciones que infectan a los otros y en nada ayuda a la socialidad, en esos momentos se necesita aprender a tornar ese sufrimiento en una experiencia útil y en vez de aislar, separar, pueda reconectar a las personas, y en esta transformación radica el reto.

Alcanzar tal autorregulación de sí mismo en medio de la desgracia más devastadora, aprender a contener el dolor de manera constructiva nos va a exigir cambiar nuestra idea de comunicación, que por lo general, entendemos como trasmitir un mensaje a otro, y en este caso, trataremos de construir un silencio discriminante.

Atemperarse, exige hacer pausa, auto silenciarse en medio del “ruido de uno mismo”, de comunicarse hacia uno mismo, eso que se está sintiendo. Emma León le llama “comunicación apofática”, que no se orienta hacia afuera, sino hacia uno mismo para escuchar las voces internas reconociendo las propias emociones, sentimientos, calmándolos.  Este acto frente al otro doliente, permite situarse menos exaltado ante las voces externas, ante el rostro del otro, ante sus lágrimas y necesidades.  Este comunicación apofática ayuda a “negarse expresar la interno”, a silenciarse para discriminar los ruidos del afuera, para escuchar quitando lo que estorba, para comprender mejor lo sucedido.  Este silencio de uno mismo, es un distanciamiento del afuera que aquieta y ubica  frente a la tragedia del otro, y se da prioridad al dolor del otro, desde el dolor propio, que auto postergado, comprendido, más consciente, se torna entonces un dolor útil.

Encarnar, vivir en esta capacidad de templanza de nuestro propio dolor frente al dolor de los otros, permite no responder con emociones desbordadas, para dar lugar a la escucha, y ayudar al otro que reorganice el desbordamiento de sus emociones, que perciba las resonancias de su desconsuelo y pueda hacer algo constructivo ante él.  Esta capacidad de atemperarse, de silenciar el dolor propio escuchándolo, pensándolo, permite a su vez, escuchar, hablar, sentir percibiendo en tiempo real, las llamadas de auxilio, el llanto del afligido, se pueden entonces cuando menos llorar con él, emergiendo de nosotros, aquellas palabras que construyen vínculo, comunidad.   

Ser templado, volverse sobre sí, callar lo que se siente discriminando las voces del afuera cuando todo se nos descontrola, será una forma de situarse frente a otros, quienes como nosotros sufren, pero atrapadas en el pesimismo, despojadas de su aliento, exaltadas emocionalmente, se ven lanzadas hacia emociones negativas que rompen romper lazos de socilialidad, a destruir cuando la urgencia es aprender a volverse sobre el sufrimiento de uno mismo, y ser capaz de sentirse en el sufrimiento en el otro como responsabilidad intransferible solo porque somos humanos.

Indiscutiblemente, estamos frente a un tipo de ética con validez universal, la cual no tiene reglas codificadas explícitas, sólo se viven sin seguir un decálogo dado.  Por el contrario, es una ética que resulta de la decisión de cada persona, quien comprende y asume lo que “sabe” le concierne.

Y en esto último me detengo, me queda claro esto de atemperarse, de volverse hacia uno mismo y autorregularse y en este autocontrol, volverse parte de los otros con responsabilidad; y puedo ver este modo de ser, no puede ser impuesto, ni objeto de sanción frente a situaciones de desconsuelo social, que solamente puede ser vida en el terreno mismo del amor al prójimo, cuando somos auténticamente sensibles a las desdichas de los demás, a quienes nos acercamos sin avasallarlos  con el dolor propio,  un dolor que igual nos amenaza con desquiciarnos, pero atemperados, practicando ese silencio discriminante del afuera, somos capaces de ofrecer en esos momentos lo más valioso, compañía, hospitalidad, una mano fraterna… pero me pregunto con un dejo de incredulidad  y angustia ¿realmente sentimos este llamado tan íntimo y a la vez tan social de dar consuelo al más desvalido que nosotros?, más desvalido porque ha perdido el control y es arrastrado por los pesares que lo invaden.

El mundo al que arribamos es inhóspito, duele la primera bocana de aire, nacemos llorando. Desgracias de todo tipo nos acechan sin poder controlarlas, son sistémicas, propias de cada época de cada ethos social. En tales atmósferas se sobrevive, se aprende a sobrellevar los pesares a veces sobresale esta capacidad amorosa entre los humanos para prodigar apoyo, pero ¿Cuándo esta capacidad es ocultada por el aumento fatal de la indiferencia qué sucede?  Esta virtud llamada templanza es esperanzadora, necesitamos conocer más de ella y desde el ethos familiar practicarla, volverla una práctica social, de otro modo, puede ocultarse en el fondo de nuestro ser, necesitándola tanto.

Practicar la templanza en tiempos de desconsuelo definitivamente no es un mero deseo, exige tener la convicción de aprender a tornar el sufrimiento personal en una experiencia útil, y como afirma Emma León, tiene que ver con librar una gran batalla en el interior de uno mismo, de “trabajarnos” hacia adentro,  buscando y encontrando lo mejor de nosotros y así relacionarnos con  los otros y el mundo para crecer y orientarse mejor.  Somos portadores de un cúmulo de potencias por descubrir, escuchar, y trabajar pacientemente, para como afirma Emma León, volcar “…sobre todos aquellos que están, siguen  y seguirán, como nosotros, buscando caminos para hacerle frente al desconsuelo.”

Releí este texto (lo revisé hace años), invitada por esa idea tan conocida de la empatía "ponerse en los zapatos de otro" y después de revisarlo, sigo pensando que es fácil pronunciarla, gritarla, regodearse en ella, termino pensando que se torna un placebo para nuestros malquerimientos inconscientes.  Leyendo, pensando estas ideas sé que sólo me acerco a mayores problemas de nuestra condición humana, pues ser empático, amerita practicar la templanza, idea que tiene mucho acercamiento a la resiliencia,  "aprender de los problemas",  sólo que aquí aporta más elementos para comprender por qué no se práctica como deseo, sino que emerge de la autoconstrucción de una ética que emerge al buscar dentro de uno, nuestras mejores potencias (Zemelman igual tiene mucho que aportar), en fin, estoy metida en un laberinto de ideas, de cual espero salir algún día, por el momento a terminar, "El monstruo en el otro", donde por lo que he leído, lo malo que veo en el otro, son resortes oscuros de uno mismo, que el otro con su presencia activa... interesante, ya les contaré.

enfrentar el desconsuelo