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domingo, 6 de septiembre de 2020

La “crítica” tiene diferentes acepciones ¿Cuál es la propia? Les cuento mi opción...


Conversatorio: la pedagogía crítica ante las problemáticas educativas contemporáneas.  https://www.facebook.com/watch/?v=1771063779718399&extid=GBmceAel3QTLddeL


Por los años 80s, nos llegaron y consumimos teorías que dieron cuenta de un cierto modo de nuestra realidad, y tal manera de interpretarla, orientó una actitud de denuncias y plantear férreas defensas y solicitudes para transformar el mundo que se sentía tan injusto.  La idea de "crítica" en esos momentos tomó un sentido revelador, denunciador, y por consecuencia, luchas en defensa de lo social por medio un plural activismo en diferentes ámbitos, lo sexual, las mujeres, los marginados, el ambiente, etc.  Vengo de esa forma de pensar, como hija de esa formación me afilié a  esas ideas, y como muchos, en nuestro campo, le llamamos, "pedagogía crítica", de la cual me empapé y pude trasmitir  como docente.  

Hoy, al tiempo, me pregunto  ¿qué nos dejó? sinceramente, algún cambio debió darse, pero a la larga, seguimos padeciendo esos problemas, algunos, de manera más intensa.Por fortuna para mí (y no sin dificultad), a mediados de los 90s, fui adentrándome por otras ideas “La epistemología del Presente Potencial”.  Confieso que fue un horror entenderle algo, pero fui terca, disciplinada, y creo que por el 2010, me fue quedando cierta claridad en esos sentidos teóricos (que me llamaban a pesar de la dureza de ese lenguaje tan ajeno a mi formación empobrecida como docente de escuela primaria).

¿Por qué insistí? ¿Por qué me atrajo algo tan complejo? Recuerdo una frase de Bachelard, que decía que cuando uno insiste en una obra, es porque esas páginas, nos conciernen, tienen que ver con lo que uno desea, y venciendo mis ignorancias, descubrí que con esas ideas, podía asumirme como sujeto, es decir, saberme atrapado en un mundo hecho, pero en ese espacio que me tocaba habitar, existían un espacio infinito para mi auto-realización.

Y con este "saber-no-sabido", continué  y poco a poco dejé de hablar de la hegemonía como la culpable de todo, para comprenderla como el mundo que tocó vivir, ese que se me impuso al nacer, donde mi tarea sería conocerlo, entender a qué estaba sujetada para aprender a "soltarme" de esas estructuras tan determinantes e injustas. Comprendí el poder que tiene responder preguntas como éstas ¿Qué mundo vivo en tiempo-real? ¿Qué realidades se están dando y hacia dónde van? ¿En cuál de ellas  puedo insertarme y desde mi ser, pensar, hacer la puedo re-orientar hacia sus futuros? En pocas palabras, en este enfoque, uno mismo dado su conocimiento y sensibilidad, es el creador de la historia posible reconociendo su ámbito de intervención en el dado-dándose; uno necesita hacerse de la fuerza para reorientar esos sentidos anómalos que irrumpen la socialidad. 

Soy profesora, he trabajado con niños enseñando a leer y escribir desde formas diferentes empeñada en provocar nuevos caminos didácticos en este campo, porque "eso" está en mi ámbito de acción y sé que se necesita, que nuestra infancia necesita estas herramientas para enfrentar su futuro, lo cual no ha sido fácil, pero igo buscando modos de seguir con esta tarea.  

Como formadora de docentes, igual, he buscado diferentes maneras de provocar la “apropiación de la práctica”, de que los alumnos a mi cargo, vivieran una “pedagogía del límite” donde experimentaran la provocación de buscar dentro de sí mismos ese poder para hacer lo que parece no puede hacerse, pero que sienten es urgente, y así, apasionados con su propio movimiento formativo, vivan una pedagogía que que provoque a su vez el movimiento subjetivo de sus alumnos, desde su propia movilización. que aporta un “goce oceánico” retomando a Freud.

Por tanto, el sentido que le demos a la crítica que usamos, tiene  mucho que ver en lo que terminamos haciendo.  No es lo mismo una crítica denunciante del sistema de cosas que nos rodea y alimenta un activismos ingenuo, a esta idea “forma de razonamiento capaz de referirse a la potencialidad de lo dado”(Hugo Zemelman, en Problemas Antropológicos y Utópicos del Conocimiento, COLMEX, 1996, p. 47), la cual nos invita a mirar el horizonte de eso que nos preocupa y reconocer sus diversos sentidos abiertos al futuro, así podemos decidir en cuál insertarnos desde lo que somos y sabemos hacer.  De esto trata la Epistemología del Presente Potencial, un enfoque donde el sujeto social es el protagonista de la historia.

Este conversatorio sin duda es un gran esfuerzo, todo es útil, aporta, pero, escuchando con atención, sentí esa vieja idea de crítica denunciante, que moviliza en pro de derechos muy justos, pero que están inmersos en estructuras determinantes de todo tipo tan complejas y difíciles de vencer con denuncias, proclamas, marchas, plantones, que no dudo influyan en algo ¿pero cuánto dura ese cambio?

Pero si nuestra idea de crítica nos lleva a abrir, revelar dónde estamos inmersos, qué fuerzas nos gobiernan, y nos inducen a modos de ser y pensar,  sabremos cómo enfrentarlas, aprenderemos a visualizarlas como fuerzas que se mueven hacia el horizontes, y que no tiene un solo modo, que existen opciones, así podremos optar, situarnos adecuadamente, y hacer aquello que nos remonte en ellas mismas, haciendo todo lo que nos sea posible para modificar sus nefastos desenlaces.

Ha pasado el tiempo, tengo en la obra de Zemelman más de 25 años.  Invertí mucho tiempo para comprender el mensaje formativo de la propuesta zemelmaniana, y sigo haciéndolo porque en este enfoque se va comprendiendo esa frase tan dinámica “la historia se hace desde la cotidianidad”, y cuando queda claro, cuando se nos revela la responsabilidad histórica que tenemos y descubrimos desde dónde la podemos vivir, viene este reconocimiento de asumirnos como "ámbito de sentido" desde  lo que nos apasiona hacer, para influir en las fuerzas determinantes de la historia en que nacimos, pasando por ellas dejando nuestra huella.  En nuestro caso, como docentes tenemos una invaluable trinchera: La educación. 



sábado, 29 de agosto de 2020

"Buscando caminos para hacerle frente al desconsuelo.”

enfrentar el desconsuelo 

La templanza y el silencio discriminante.  Emma León Vega 

En: Virtudes y sentimientos sociales para enfrentar el desconsuelo.  Emma León Vega (Coord) Sequitur-UNAM, 2012.  www.crim.unam.mx  › Muestra Virtudes y sentimientos 

En este escrito, se habla de la desgracia, del desconsuelo, del dolor humano que nos invade cuando algo se nos arrebata, cuando  sentimos la crueldad de la adversidad sin que esté en nuestras manos controlarla y ahí, se entiende que dolor, el sufrimiento, parece ser una  condición sine qua non  de los humanos por vivir en un mundo inhóspito que produce sufrimiento, que no es por tanto, constitutivo, nos agota, nos devasta y extravía a lo largo de nuestra vida.

Las desgracias no nos faltan, nos asaltan, y sentimos una desesperante angustia que nos atraviesa, y nos hunde en la más profunda desesperanza, al grado de volvernos a ajenos, extraños hasta para nosotros mismos.  En esos momentos, se siente el peso brutal de la existencia, clamamos y queremos huir de ella, pues todo en lo que creemos se disuelve, el dolor es tal, que nos  apesadumbra, y sentimos soledad, abandono.  En situaciones así, se busca su cese, que pare, se detenta ese desconsuelo, donde lo que sí se sabe es no se puede más  vivir en esa experiencia que lastima en lo más profundo del ser y cuando se toca este punto, se sabe que es el punto del retorno, que urge salir de esa experiencia.

Para hacerlo, dice Emma León que no contamos con remedios simples, fáciles que puedan ayudarnos a salir de ese desconsuelo tan imposible de seguir habitando. Pero nos habla del poder del llanto en estas situaciones, que llorar es una expresión sentida y genuina del dolor humano que permite el desahogo, ayuda a exteriorizar el drama; cuando se llora, los otros, experimentan una movilización de sus propios sentires, y por un momento, se disuelven los límites endurecidos entre las personas, y el llanto del doliente, les hace partícipes de su dolor al evocar  su dolor propio, entonces lloramos juntos, creando un momento de encuentro (recordé el libro de Bucay, “El camino de las lágrimas” ahora tiene más sentido).

De este modo, el llanto, tiene el poder de licuar las emociones, (sin negar la posibilidad de manipulación y del chantaje de lo que hay que estar atentos), pero nos avisa que ese llanto surge desbordado, desordenado, por lo que es necesario trabajar ese lado unificante que se siente cuando lloramos juntos.  Atestiguar el llanto, exige un auto-dominio de la persona en aras del bien común, dominio que se logra mediante el control de las emociones e impulsos que el llanto del otro despierta en uno mismo y para lograr tal estado,  nos habla de la importancia de rescatar una virtud humana presente en todos: la templanza.

A esta  virtud, debemos nada menos que la capacidad de atemperar los actos y expresiones que se advienen ante los pesares, atemperarse, impiden dejarse arrastrar desenfrenadamente por el sufrimiento. Como puede verse, esta virtud humana, si bien es una luz que lo sombrío de estos tiempos, cuyas fuerzas depredadoras arrasan la vida social dejando tanto dolor, encarnarla, darle vida, no es fácil, nos reclama el ejercicio de una responsabilidad que funja una como chispa que propicie hacer “algos” ante el  sufrimiento de los otros y el propio.

Esta responsabilidad deviene de una ética que vuelca en acciones sinceras, necesarias, sin simulaciones ni falsas empatía.  El dolor del otro tiene la cualidad de invocar en nosotros generosidad, amor, bondad, compasión, misericordia, piedad, es decir, se siente una inclinación nata de hacer el bien, solo porque “se sabe” que urge hacerlo, sin esperar nada a cambio. Esto se fundamenta en la ética levinesiana, quien plantea la presencia de un imperativo de responsabilidad  esencial respecto de otro ser humano,  quien inspira y demanda no ser abandonado en su soledad, a no quedar indiferente, pues su presencia es “aquí estoy”, y su asunto, nos importa por lo que nos vemos instados a reconocer a los más desafortunados, restaurando desde nuestra posibilidad lo perdido, ayudando a recuperar la firmeza y el aplomo que falta.

Restituir lo perdido, enfrentar el desconsuelo y las circunstancias que lo provocan sólo puede hacerse si se pone en movimiento el contacto humano en medio de la adversidad, desafiando la soledad que se gesta a pesar de las grandes interconexiones que más que apoyar, generar ruido, distorsiones de sentido, distracción provenientes de otros hombres y mujeres que viven situaciones tal vez tan desgarradoras o más que las propias, que al encontrarse aumenta la angustia y lleva a un deshacimiento de uno mismo, que separa más y más, aísla, provocando miedo, terror generalizado.

En tal situación actuar con templanza produce salidas al sufrimiento, propio y ajeno que hereda todo desastre; la templanza, este “saber atemperarse”, autorregularse en medio del dolor que en ese momento domina la mente provoca un bienestar propio y minimiza la fricción provocada por tal crueldad.   Un estado de dolor extremo, produce relaciones que infectan a los otros y en nada ayuda a la socialidad, en esos momentos se necesita aprender a tornar ese sufrimiento en una experiencia útil y en vez de aislar, separar, pueda reconectar a las personas, y en esta transformación radica el reto.

Alcanzar tal autorregulación de sí mismo en medio de la desgracia más devastadora, aprender a contener el dolor de manera constructiva nos va a exigir cambiar nuestra idea de comunicación, que por lo general, entendemos como trasmitir un mensaje a otro, y en este caso, trataremos de construir un silencio discriminante.

Atemperarse, exige hacer pausa, auto silenciarse en medio del “ruido de uno mismo”, de comunicarse hacia uno mismo, eso que se está sintiendo. Emma León le llama “comunicación apofática”, que no se orienta hacia afuera, sino hacia uno mismo para escuchar las voces internas reconociendo las propias emociones, sentimientos, calmándolos.  Este acto frente al otro doliente, permite situarse menos exaltado ante las voces externas, ante el rostro del otro, ante sus lágrimas y necesidades.  Este comunicación apofática ayuda a “negarse expresar la interno”, a silenciarse para discriminar los ruidos del afuera, para escuchar quitando lo que estorba, para comprender mejor lo sucedido.  Este silencio de uno mismo, es un distanciamiento del afuera que aquieta y ubica  frente a la tragedia del otro, y se da prioridad al dolor del otro, desde el dolor propio, que auto postergado, comprendido, más consciente, se torna entonces un dolor útil.

Encarnar, vivir en esta capacidad de templanza de nuestro propio dolor frente al dolor de los otros, permite no responder con emociones desbordadas, para dar lugar a la escucha, y ayudar al otro que reorganice el desbordamiento de sus emociones, que perciba las resonancias de su desconsuelo y pueda hacer algo constructivo ante él.  Esta capacidad de atemperarse, de silenciar el dolor propio escuchándolo, pensándolo, permite a su vez, escuchar, hablar, sentir percibiendo en tiempo real, las llamadas de auxilio, el llanto del afligido, se pueden entonces cuando menos llorar con él, emergiendo de nosotros, aquellas palabras que construyen vínculo, comunidad.   

Ser templado, volverse sobre sí, callar lo que se siente discriminando las voces del afuera cuando todo se nos descontrola, será una forma de situarse frente a otros, quienes como nosotros sufren, pero atrapadas en el pesimismo, despojadas de su aliento, exaltadas emocionalmente, se ven lanzadas hacia emociones negativas que rompen romper lazos de socilialidad, a destruir cuando la urgencia es aprender a volverse sobre el sufrimiento de uno mismo, y ser capaz de sentirse en el sufrimiento en el otro como responsabilidad intransferible solo porque somos humanos.

Indiscutiblemente, estamos frente a un tipo de ética con validez universal, la cual no tiene reglas codificadas explícitas, sólo se viven sin seguir un decálogo dado.  Por el contrario, es una ética que resulta de la decisión de cada persona, quien comprende y asume lo que “sabe” le concierne.

Y en esto último me detengo, me queda claro esto de atemperarse, de volverse hacia uno mismo y autorregularse y en este autocontrol, volverse parte de los otros con responsabilidad; y puedo ver este modo de ser, no puede ser impuesto, ni objeto de sanción frente a situaciones de desconsuelo social, que solamente puede ser vida en el terreno mismo del amor al prójimo, cuando somos auténticamente sensibles a las desdichas de los demás, a quienes nos acercamos sin avasallarlos  con el dolor propio,  un dolor que igual nos amenaza con desquiciarnos, pero atemperados, practicando ese silencio discriminante del afuera, somos capaces de ofrecer en esos momentos lo más valioso, compañía, hospitalidad, una mano fraterna… pero me pregunto con un dejo de incredulidad  y angustia ¿realmente sentimos este llamado tan íntimo y a la vez tan social de dar consuelo al más desvalido que nosotros?, más desvalido porque ha perdido el control y es arrastrado por los pesares que lo invaden.

El mundo al que arribamos es inhóspito, duele la primera bocana de aire, nacemos llorando. Desgracias de todo tipo nos acechan sin poder controlarlas, son sistémicas, propias de cada época de cada ethos social. En tales atmósferas se sobrevive, se aprende a sobrellevar los pesares a veces sobresale esta capacidad amorosa entre los humanos para prodigar apoyo, pero ¿Cuándo esta capacidad es ocultada por el aumento fatal de la indiferencia qué sucede?  Esta virtud llamada templanza es esperanzadora, necesitamos conocer más de ella y desde el ethos familiar practicarla, volverla una práctica social, de otro modo, puede ocultarse en el fondo de nuestro ser, necesitándola tanto.

Practicar la templanza en tiempos de desconsuelo definitivamente no es un mero deseo, exige tener la convicción de aprender a tornar el sufrimiento personal en una experiencia útil, y como afirma Emma León, tiene que ver con librar una gran batalla en el interior de uno mismo, de “trabajarnos” hacia adentro,  buscando y encontrando lo mejor de nosotros y así relacionarnos con  los otros y el mundo para crecer y orientarse mejor.  Somos portadores de un cúmulo de potencias por descubrir, escuchar, y trabajar pacientemente, para como afirma Emma León, volcar “…sobre todos aquellos que están, siguen  y seguirán, como nosotros, buscando caminos para hacerle frente al desconsuelo.”

Releí este texto (lo revisé hace años), invitada por esa idea tan conocida de la empatía "ponerse en los zapatos de otro" y después de revisarlo, sigo pensando que es fácil pronunciarla, gritarla, regodearse en ella, termino pensando que se torna un placebo para nuestros malquerimientos inconscientes.  Leyendo, pensando estas ideas sé que sólo me acerco a mayores problemas de nuestra condición humana, pues ser empático, amerita practicar la templanza, idea que tiene mucho acercamiento a la resiliencia,  "aprender de los problemas",  sólo que aquí aporta más elementos para comprender por qué no se práctica como deseo, sino que emerge de la autoconstrucción de una ética que emerge al buscar dentro de uno, nuestras mejores potencias (Zemelman igual tiene mucho que aportar), en fin, estoy metida en un laberinto de ideas, de cual espero salir algún día, por el momento a terminar, "El monstruo en el otro", donde por lo que he leído, lo malo que veo en el otro, son resortes oscuros de uno mismo, que el otro con su presencia activa... interesante, ya les contaré.

enfrentar el desconsuelo



martes, 23 de junio de 2020




Las fuentes de la vergüenza (Sociología clínica) (Spanish Edition ...

Estamos en la vida.  Un día nacimos, no lo pedimos, sólo nos abrimos paso hacia la vida hasta construir conciencia para vernos inmersos en un mundo hecho, al cual necesitábamos –por sobrevivencia-, adaptarnos, y continuar con el milagro de existir con una durabilidad desconocida.
Indiscutiblemente, ya veníamos con una alquimia genética única, ya éramos seres listos para desplegarnos en nuestra diferencia, sólo que en medio de otros que nos reclamarían “volvernos iguales” y ser parte de la comunidad, socializarnos, aprender los usos y costumbres, para sentirnos y hacerles sentir que somos de ellos y con ellos.  Es decir, nacimos con una doble responsabilidad, por un lado, existir en el tiempo, tan abierto, tan abismal de sentidos posibles encontrándonos a nosotros mismos, y por otro, vivir la batalla diaria de coexistir con los otros.  Como le escuché a Antonio Damasio, el fin de la vida es la felicidad... ¡Menudo problema en el que estamos inmersos y de por vida!
En este libro, Gaulejac sostiene que la estructuración de nuestra subjetividad, de quien somos-siendo, tiene dos grandes ejes, por un lado, mucho le debemos a los fenómenos sociales en lo que estamos inmersos desde el nacimiento, los contextos, el afuera se intercepta con nuestra vida hasta definir y condicionar en gran medida nuestra personalidad, carácter, sentido de vida, y a la vez, esta constitución interior forjada desde el afuera, se torna una fuerza que actúa sobre uno mismo en el proceso de existencia. A estas dos vertientes de estructuración de la subjetividad, nos impulsan o nos detienen, Gaulejac les llama “irreductibles sociales y psíquicos”, los cuales, se nutren uno al otro y son indisociables. 
Entonces, somos producto-producente de mundo.  La dimensión social actúa sobre nosotros dando lugar a pensamientos, sentimientos, deseos, sentidos, sufrimientos que devolvemos a lo social, nuestro mundo interior, nuestro psiquismo, crea a su vez, más realidad.  Por ello, los sucesos sociales son definitivamente “socio-psíquicos”, esto es, todo lo que acaece socialmente es el resultado de decisiones humanas, y lo que le sucede al humano en su interior, tiene raigambre social.
Esta dialéctica, lleva a pensar en la importancia de pensar en la salud psíquica de los sujetos, quienes irremediablemente, en su coexistencia con los otros, creamos el mundo que habitamos todos.
¿Qué pasa si en el mundo en el que nos tocó nacer no es favorable a nuestro desarrollo? ¿Qué nos sucede cuando crecemos en medio de carencias de todo tipo, entre violencias diversas que humillan, denigran, lastiman el amor propio? ¿Qué daños psíquicos se adquieren cuando crecemos en un mundo que no consideran las necesidades infantiles y se impone una realidad que desgarra la imaginación, la voz propia, el sentido de dignidad? 
Definitivamente son preguntas complejas, que me traen la reflexión de Freud sobre lo que denominó “Malestar de la Cultura”, donde se libra esa batalla de socializarnos, de educar nuestro sentido de placer con el que nacemos para educarlo y adoptar el criterio de realidad, y así volvernos parte del mundo social, lo cual tiene que suceder con el menor costo de sufrimiento posible ¿Pero si esto no sucede con el cuidado que se amerita? ¿Qué nos sucede? ¿Cómo terminamos como seres sufrientes sin herramientas para salir de él? ¿Quiénes sí lo logran?
Vincent de Gaulejac, interesado por el sufrimiento humano, se adentra por él, desde este sentimiento llamado “vergüenza”, definitivamente es un sentimiento doloroso y sensible, del que no se quiere hablar, que engendra silencio y un repliegue sobre sí mismo, que empequeñece, hunde en un profundo dolor existencial.
A través del análisis de varios casos de personas con grandes sufrimientos, va abordando este problema aportando ideas como estas:
“La vergüenza es perturbadora, causa malestar y uno prefiere evitarla.  El silencio que la acompaña no es sólo producto de la dificultad de hablar de ella, sino que depende también de la resistencia a recibirla”
“...cuando la vergüenza mora en nuestro interior nos sentimos inútiles, incomprendidos, desvalorizados y solos. Intentamos disimular la vergüenza a cualquier precio... pensamos que hablar de la vergüenza no sirve de nada, que nuestra existencia está vacía y no presentar interés alguno.”
 “La vergüenza y el secreto se hallan indisolublemente ligados...”
“El sentimiento de inferioridad es una herida narcisista profunda...herida que modifica la relación con los padres dos planos, el de la culpabilidad   y el de la vergüenza.
 “Si la vergüenza es indecible es porque el sujeto trata de disimularla, pero también porque no sabe qué le pasa y no sólo no lo comprende sino que tampoco se anima a hacer las preguntas que le permitirían saber.”
“La vergüenza es el desamor de sí mismo, es pensar que uno es malo en el fuero interno...Se trata de desplazar la responsabilidad del nivel individual al nivel social: las personas no son malas ”
“La vergüenza contamina la totalidad de la existencia”
“La vergüenza se instala porque es indecible.  Es indecible porque hablar de ella implicaría poner al día cosas inconfesables y correr el riesgo de ser uno mismo desaprobado.”
“El sujeto teme las situaciones que podrían revivir la herida. Evita las situaciones, tiende a aislarse, a replegarse sobre sí mismo, a cortar toda relación para no correr el riesgo de revivir una violencia semejante.”
“La vergüenza es la consecuencia de una humillación...el desprecio, la invalidación que sufre el individuo producen una reacción psíquica, una huella que persiste aun cuando la humillación ha cesado y ya no tiene razón de ser.”
Las historias de vida analizadas, son solo unos cuantos casos, que llevados a procesos de teorización, revelan que encauzar la vida psíquica es un problema nodal de la sociedad.  Este trabajo nos dice que finalmente, que nadie está exento de este sentimiento, pero que algunos, o tal vez muchos, lo sobreviven en medio de grandes sufrimientos.
Las personas crecemos en medio de diversas violencias, por ejemplo, analiza el caso de la pobreza extrema, que lleva a la  mendicidad, a la estigmatización, dependencia, pérdida de dignidad, deshumanización confusión. Una situación de este tipo, impide la realización del sujeto, no puede ser lo que puede ser, se trata de un sufrimiento destructivo, de un mal-estar originado por una falta de confort, la miseria duele en el cuerpo, daña moral e intelectualmente, la herida desde el exterior, humilla, y las consecuencias hacia el exterior pueden ser fuertes violencias en una agresiva necesidad de salvaguardar la dignidad.  “Recuperar el orgullo se sí mismo es fundamental, probar que uno vale tanto como cualquiera.”
O tal vez, se han padecido violencias físicas,  psicológicas o simbólicas y ante ellas se ha reaccionado en función de la propia historia, pero no ha se podido evadir que la vergüenza se instale en su interior, así, lo real social actúa sobre el funcionamiento psíquico reorientando, dando lugar a un inconsciente donde se enquistan experiencias humillantes, que movilizan afectos y emociones.  ¿Qué tan graves son? Dependerá de la capacidad del sujeto para librarse de ellas, de tornarlas experiencias retadoras de vida, de impulso que alienta al individuo a existir como sujeto, por lo que tendrá que enfrentarla, y aprender a dominar sus pulsiones y aceptar los valores de la comunidad social.
Para ello, necesita comprender de qué manera su pasado le afecta, cómo ha actuado sobre él, tendrá que mostrarlas, sacarlas del anonimato, definir qué parte corresponde a las determinantes sociales y cuál a las determinaciones psíquicas.
Gaulejac, plantea la necesidad de que el sujeto diferencie  la causa y el efecto, lo interno y lo externo, lo que viene de los otros, lo que concierne al proceso de desvalorización que ha padecido y lo que concierne al conflicto intrapsíquico que lo desgarra,  sabrá cuando tiene reacciones defensivas, repliegues, actos de fuga como el alcoholismo, drogas, burla, orgullo, y sabrá que tiene una historia real, que no la puede cambiar, pero sí puede transformar el vínculo que mantiene con ella, así, podrá sustituir las emociones inhibidoras por una expresión liberadora. La vergüenza no debe ser tragada, hay que mostrarla, simbolizarla por diversos medios, y ya en el lugar de la conciencia, utilizarla como impulso para ser sujeto.
Los caminos para encontrarse con los orígenes de nuestras vergüenzas están sembrados de obstáculos, dudas y sufrimientos, no es fácil, y la razón es que se trata de una tarea personal, pero íntimamente enraizada con los demás, si bien uno sabe lo que le ha ocurrido en la vida, para comprender nuestra vergüenza, se tendrá que arribar a cómos, cuándos, quiénes  están implicados y las afectaciones y consecuencias que esto tiene. Desprenderse de la vergüenza es un trabajo delicado, necesitará de reconquistar la historia familiar, discernir entre lo verdadero y lo falso en las relaciones consigo mismo y con los demás.
Como afirma Gaulejac, se trata de “Poner palabras allí donde la vergüenza genera silencio es desarrollar la capacidad de simbolización, operar una restauración de las historia, lo cual tiene por consecuencia una verdadera reconstrucción biográfica.”
Por tanto, hacer una confesión, y comprender que hacer esto que sucede no solo le sucede a uno, sino que se inscribe en un momento social, en una situación determinada y que si uno se creía único frente a tal sufrimiento, se da cuenta de que los semejantes viven situaciones que hablan de violencias compartidas, que ellos también han sido confrontados y humillados, y que el hecho de hablar de ellas, lejos de reforzar la vergüenza, la vuelve a colocar en su lugar, como una experiencia existencia entre tantas otras.  Entonces, se trata de reconocer que:
1º la vergüenza es un sentimiento moral provocado por la necesidad de adaptarse a las exigencias de su ideal para sentirse digno de estima, que cuando no lo logra, se siente indigno, su autoestima se ve perturba, y siente vergüenza.
2º la vergüenza es un sentimiento existencial, que hablar de ella, desnuda, revela la intimidad de cada ser, la subjetividad profunda.
3º que es de carácter social, que somos miembros íntegros de una sociedad, donde se afirma la singularidad y sentido de pertinencia con prudencia o con sufrimiento.
 Estos reconocimientos, logrados por diversas vías o estrategias (escribir u otra forma de expresión –cantar, componer, teatro-,  hacer una novela familiar, hablar en grupos de ayuda mutua) favorece el reencuentro con nuestras posibilidades, remontar por la vergüenza hacia momentos de crecimiento, siendo conscientes, que esos episodios dolorosos no desaparecen, pero que nuestra relación con ellos ahora, en vez de humillación y achicamientos, son motores de impulso que dignifican y orientar para retomar el desarrollo personal, como un acto de “resiliencia”, recordando las ideas de Boris Cyrulnick.
El autor termina reflexionando, que la idea de la vergüenza es histórica, que no es lo mismo sentir vergüenza en el mundo antiguo, en la edad media o en la actualidad, que las fuentes de la vergüenza en su naturaleza social hoy día están marcadas por la exigencia del culto a la excelencia, y que hoy, la vergüenza de no tener los méritos para competir por el mejor trabajo, no dar ese máximo que el exterior solicita, nos hunde en procesos de vergüenza que nos llevan por caminos de sufrimientos diferentes, estamos frente a una “ideología de la realización de sí mismo” que produce ansiedad, estrés,  ser exitoso en todos los registros, físico, sexual, psicológico, profesional, social, etc. Un ideal difícil de alcanzar, generador de una vergüenza latente.
Un libro interesante, confrontador, leerlo conlleva pensar en las propias vergüenzas, y como afirma, poner en relieve lo que se oculta, duele.  Yo agregaría que a parte de sus recomendaciones para sacar lo que nos humilla del anonimato, está la lectura, leer conlleva un diálogo con las ideas del autor, y esas palabras que se dialogan son buscadas dentro nuestro por la fuerza de la idea del autor, que actúan como lámparas que se asoman a nuestro inconsciente e iluminan esas zonas de las que sin saber, no queremos hablar, pero ahí están, mostrándose, afectándonos, doliéndonos cuando menos lo esperamos...
Libro recomendable para quienes nos dedicamos a la educación (y a vivir nuestra vida).  ¿Cuántas veces sin darnos cuenta, hemos generado una violencia verbal, actitudinal, y hasta física que pudo humillar a nuestros alumnos?  ¿Verdad que hablar de ellas no es nuestro deseo inmediato? Sentimos vergüenza de nuestra vergüenza... Pero, como afirma nuestro autor:
“Más vales convivir con las propias vergüenzas, las imperfecciones, las bajezas, sin pretender elevarse demasiado. Así no se corre el riesgo de caer y uno se preserva del riesgos de avergonzar a quien sea.”

Y bueno, siempre, un buen libro lleva a otro.  Hace tiempo había iniciado éste, pero entre el tiempo que lo inicié y terminé me hice de otro del mismo autor: “La historia que heredamos”, ahora enfocado a invitarnos a reconocer en nuestra historias “herencias” que tienen que ver, lo que somos.  No se si siga con él, si lo termine en este tiempo, sólo diré que es igualmente interesante. 

La historia que heredamos eBook: De Gaulejac, Vincent, Del Nuevo ...

Aquí una entrevista interesante, no habla español, pero tiene subtítulos.

martes, 26 de mayo de 2020

"Para volver a vivir, es preciso no pensar demasiado en la herida."



Boris Cyrulnik. Los patitos feos. La resiliencia. Una infancia infeliz no determina la vida. Traducción de María Pons Irazazábal. Edición digital, abril de 2013, Penguin Random House Grupo Editorial,S.A.U. Barcelona.

Ya casi al final de su libro escribe: “Cuando la herida está abierta, la negación es una tentación. Para volver a vivir, es preciso no pensar demasiado  en  la herida”  y terminé el libro con cierta angustia.. ¿por qué?

Habla de niños y cuando digo niños, pienso en mis hijos, pienso en la enorme cantidad de alumnitos que han pasado por mi vida y yo, por la vida de ellos y me que preguntando: ¿Tuve esa frase, esa acción, esa actitud que mis alumnos, mi hijo, mi hija necesitaban y les ayudó en su autotransformación, a orientarse hacia una mejor de versión de sí mismos pese a la adversidad que percibieron alrededor suyo?

Y es que hay tanto que puede lastimar a un niño; desde su presencia en un contexto adverso, pues como leí en el libro, a veces “...volver a casa no es volver a la dulzura del hogar...” sino a un lugar de agresión que tortura hasta la médula, o dejar llorando a nuestros hijos porque vamos al trabajo, y se sienten igualmente abandonado, y aunque no son las mismas causas, afectan... y así, en esos pequeños o nefastos actos, se da el proceso de adaptación que los niños necesitan en la vida social, y a veces, no lo hacemos bien por miles de razones y se les van  abriendo heridas, dejando huellas mnésicas de un sufrimiento, que si no se trabaja bien, traumatiza (pensé en mi propia historia infantil), y sí, así sucede... en la infancia vivimos heridas que dejan cicatrices, huellas de un sufrimiento que a veces aparece y otras no como bien dice ““Una herida precoz o un grave choque emocional dejar una marca cerebral y afectiva que se mantiene oculta bajo la reanudación del desarrollo"... Ahí sigue, pero depende entonces de los procesos de resiliencia para continuar, no quedar paralizados.

Boris Cyrulnik se pregunta ¿Por qué en el hombre un determinismo ha de ser una fatalidad? esto es, ¿eso que nos pasó en la infancia tiene que determinar un destino de desgracia, de dolor intermitente en cada etapa de nuestras vidas? Y a lo largo de su libro, va dando una serie de reflexiones, argumentos muy sólidos para ayudarnos a comprender que si bien existe un pasado doloroso, somos un proceso, y que seguimos construyendo vínculos con los demás donde podemos encontrar a otros que nos ayuden a mirar dentro de uno mismo y a invitarnos a continuar con nuestro desarrollo, pero ahora desde la fuerza que nos aportan los propios recursos internos en medio de los externos (los que hubiese).  El problema, es que esto depende (y aquí mi angustia de madre)  si en la primera infancia estuvieron rodeados de padres firmes, capaces de aportarles seguridad, confianza, le llama él "un buen apego", contar con recursos externos sociales y culturales favorables.  En su libro, va describiendo cómo son estos procesos "resilientes de la primera infancia, les habilita para experiencias adversas, les ayuda a poner en actos sus estrategias para trabajar lo que les afecta y construir un relación más sana para su desarrollo personal y social.  

Divide el libro en dos partes, "La oruga" y "Metamorfosis", en la primera nos hace ver cómo los niños pueden ser resilientes desde sus primeros meses y la segunda, como, quienes tuvieron esta posibilidad, pese a que vivieron fuertes agresiones, fueron lastimados (hay tantas formas desafortunadamente: agresión física, psicológica, sexual, el abandono, la miseria, la guerra, tantas...) , en medio de esa adversidad, pueden guardar un deseo de amor, lo fraterno del encuentro,  y dejarles "rescoldos de imágenes tiernas" que se les instalaron en algún momento de una caricia, en el buen trato, y que eso resurge y les puede salvar la vida. Estos rescoldos, son una matriz de resiliencia, que se torna en seguridad de sí mismo para no victimizarse y hacer algo para aprender de su dolor, trabajarlo y dignificarse así mismo transformándose, moviéndose, continuando con la vida desde sus mejores opciones.  

Boris Cyrulnik, va insistir en que quienes nos dedicamos a convivir con niños que tratemos de relacionarse de un modo más empático con ellos: “Ya no se trata de hablar de degeneración cerebral, de paralización del desarrollo en un nivel inferior, de su regresión infantil o de inmadurez, sino más bien de tratar de comprender la función adaptativa momentánea de una conducta y la reanudación de su evolución, que es posible cuando han propuesto guías de resiliencia internos y externos adecuados.”

Y esto, invita, como padres, como docentes, a pasar por la vida de ellos, siendo esa persona que a veces sin saber lo que les ha pasado, seamos alguien que escucha y favorece la continuidad de su vida, la que le toca sortear en las buenas y en las malas, desde sus propios recursos, pero con dignidad y valentía.

Me quedé pensando... creo que he hecho de la lectura una elemento de resiliencia en vida... pues como dice nuestro autor, cada uno construye las formas de metamorfosear sus traumas... Me ha encantado este libro, y pienso que es una lectura obligada para padres y maestros, sé nunca es tarde, pero como me hubiese gustado leer esto, cuando nació mi hija y cuando me hice madre de un hermoso niño que no nació de mi cuerpo, quien llegó a mi vida a los 4 años, cuatro meses, algo herido, lastimado, y me duele pensar si fomenté ese apego que paliara y le ayudará a continuar su desarrollo, que en ese momento venía algo disminuido, pu caminar en la vida. No lo sé, pero siempre le he dicho, y hace poco, ya en los 22 años, le vuelto a decir que si bien no nación de mi cuerpo, nació de mi corazón y que haga lo que haga, siempre será mi hijo, y que nunca dejaré de insistir en un  "amor responsable" hacia él. 

Pienso que Boris Cyrulnik debería escribir sobre la adopción de niños con sus "almas heridas", es toda una experiencia llena de incertidumbres, y necesita padres resilientes, definitivamente. Dios, en medio de mis ignorancias espero haber hecho bien mi tarea de madre... y si no, el camino sigue para continuar, para tratar de mejorar... Es un libro que ayuda a ver la vida como camino, así, que a seguirle.

Quedo invitada a continuar con: "Las almas heridas" y "La psicoterapia de Dios"... Ya los tengo listos.










miércoles, 13 de mayo de 2020

La patria y la muerte. Los crímenes y horrores del nacionalismo mexicano. Una lectura reveladora que todos necesitamos.


José Luis Trueba Lara. Grijalbo. Edición Digital, julio de 2019.


Siempre he tenido resistencia a enseñar historia cómo esos hechos apologéticos, realizados por personas con arrojo, heroicas, entregadas a causas sociales, dando su último aliento para salvar las vidas de los demás. Nunca supe la razón de mi resistencia a estas prácticas de adoración irracional, pero como profesora normalista, tenía el deber de transmitir la historia sacrosanta de la creación de la Patria Mexicana, viviendo en el dilema de seguir los avisos de mi intuición, u obedecer ciegamente los dictados de una amor patriótico y fanatizado de la historia oficial.
Aún no sé cómo llegué a esta final de ejercicio docente sin enlistarme en el engaño de la historia patria.  Ahora soy jubilada de una institución superior dedicada a formar profesores (UPN) donde pude hacer crítica a la realidad en la medida de mí conocimiento y posibilidad analítica.  Y aún activa en la escuela primaria, dada  mi orientación hacia la lectoescritura en mi ejercicio docente, mi trabajo siempre se ha enfocado hacia los “peques” de la escuela, y con ellos, las dosis de historia oficial, son apenas perceptibles (bueno, así las hice yo), sólo con un poemita, una lecturita biográfica, unas efemérides, unos coritos, pude salvar la situación.  
Y ahora, estoy frente a un libro (tomé la opción electrónica) que al leerlo me ha llevado por un relato que he de confesar me ha causado “náusea”.  Tardé en su lectura, fue agobiante, duro de leer, no por la teoría, no, es una escritura sencilla, bien argumentada con datos, bien elaborada, pero lo que nos cuenta duele, deja un malestar en la boca del estómago y es necesario ausentarse para procesar las ideas que ofrecen la versión de que nos hemos inventado una historia, una identidad fincada en la negación de lo que somos, en la justificación de los oprobios y daños vividos como sociedad y como personas, para hacer nacer una Patria, una idea de Nación Mexicana que se yergue sobre los crímenes y horrores vividos por tantos y tantos,  quienes quedaron enmudecidos en medio de la tragedia, y sin saber cómo (yo diría que no tuvieron opciones) prefirieron guardar silencio, y se adentraron por esos discursos idílicos que ayudaron a negar y olvidar el dolor,  a negar lo que lastima, quedando como sobrevivientes en medio de estrategias políticas que paulatinamente fueron haciendo un invención que fue validándose a fuerza de repetirla.
En este libro se narra el mito de la revolución mexicana, la vivencia de una década donde privó el  asesinato, robos, ultrajes, violaciones, hambrunas, epidemias, y cómo, quienes se instalaron en el poder, impusieron una visión por sobre la realidad, evitando que las personas contaran sus historias, cómo la construcción de un discurso oficializado, impuesto, pudo justificar lo sucedido, cómo eso indecible, vergonzante, fue silenciado imponiendo una narrativa sobre la revolución como el fenómeno histórico vivido por un pueblo capaz de erradicar al mal gobierno y capaz de instalar otro de corte filantrópico, un gobierno que nace del pueblo bueno y por ello, con justicia para todos y que debía ser debía ser guiado por la magnificencia de sus caudillos, los nuevos mesías, con cuyo heroísmo y sacrificio, llevaban a todos hacia la abundancia merecida.
Hubo entonces una gran tarea para estos nuevos ídolos nacidos de la revolución, la de construir la Patria, y para ello, las ideas de la época, hijas del mundo de comienzos del siglo XX ayudaron, como la idea eugenésica del cuidado de la raza mexicana, (que no solo era parte de la Alemania Nazi, sino una ideal del siglo naciente por lo que vemos), hacer nacer al mestizo con ciertas características que lo hicieran digno de ser mexicano.  Desde este precepto, se realizan políticas de limpieza racial, como alejarnos de otras razas consideradas indignas, como  los chinos y los negros, contra quienes se ejercicio un indecible exterminio; igualmente se buscó alejar las mentes de ideas fanáticas y se vio como enemiga la religión, queriendo imponer una religión en la que se endiosa al héroe (de ahí las masacres de los cristeros), el uso de la literatura, la pintura (el muralismo), la cinematografía, para ideas preconcebidas sobre el deber ser de la mujer mexicana, dulce y sacrificada, santificada, y del hombre fuerte y varonil, macho,  del indio sumiso, y hermoso pintando en los cuadros, negándose a enfrentar al  indio real que aun reclamaba justicia.
La realidad mexicana, el desgarro social, la miseria, la destrucción de lo material y espiritual era ofensiva, no era posible, ya que todo debía adecuarse a los sueños de los caudillos, todo lo que no que quedará dentro de estos parámetros debía extirparse.    Pero, la verdad es la verdad, y por más sueños que se tuvieran por concretarlos, la realidad siempre grita, salta, y asalta. La verdadera-verdad es que teníamos y tenemos una sociedad lastimada, una indiada resentida y olvidada y unos dirigentes que no son dioses, sino personas con ambiciones, emociones, que han jugado el juego del poder, donde todos hemos sufrido las consecuencias, llegando a este tiempo presente, donde a veces nos comprendemos cómo es que hemos llegado a este punto de desorden, desencuentro.
Esta lectura me asomó a un desfile de ideas que cuentan como construimos un nacionalismo surgido de crímenes de guerra, asesinatos, culto a la muerte, pues se aspiró a una religión sin Dios, que llevó a violentar las creencias y fanatismos de la gente y a instaurar un régimen de caudillos, de salvadores de la patria, donde reinaría con los nuevos mexicanos, producto del triunfo de la revolución. Y desde esta imposición de visión, ¿Quién pudo contar esa realidad maldita de muerte, miseria, abusos y enfermedades que se vivió durante más de una década? Todo se apologizó, se ocultó, se deificó...
Y como educadora, pienso en la necesidad de una formación de nosotros mismos, una formación que se preocupe por que el auto-encuentro del sujeto mismo, que se explore así mismo, capaz de ubicarse en su propia historia, haga el recorrido de su vida en la misma vida social, como afirma Vincent de Gaulejac, haga narrativa de su vida personal, haciendo las conexiones con la vida de los demás, que descubra que es quien es en medio del existir de los otros, y que entienda que le pasa, no es un asunto personal, sino que es el resultado de la convivencia, de las problemas comunes, de las formas en que se han resuelto, y cómo ha quedado implicado, interconectado.  Así, sabiéndose parte de la realidad, se esfuerce por ser responsable consigo mismo y tome las decisiones que le permitan ser una versión mejor de sí mismo, la que necesita dado el mundo que le toca vivir.
Considero con preocupación, en qué hacemos los profesores cuando educamos, pienso que es un acto tan idílico como la historia oficial, que soñamos en formar al ser humano que no existe, porque no reconocemos al sujeto real, ese ser humano complejo, desconocido, no tan hermoso ni benevolente como nos han dicho que hay que formar en las aulas.  Los maestros fuimos formados en pensamientos salvadores de almas, en constructores de esa patria que no existe, de personas idealizadas que tampoco están.
Me quedo preocupada, pero a la vez, con la seguridad de ir por el camino de lo real, abriendo brechas, reconociendo a mi capacidad,  acercándome a las verdades que agudizan la mirada, que ayudan a atreverse, a hacer cosas diferentes, sin aceptar todo y quedar esclavizada en el engaño de lo que otros les molesta y tratan de negar. 
Pero la realidad es la realidad..., no se puede disecar, no se puede enlatar, siempre, para fortuna nuestra, se revela; el problema es estar preparados para vivir en ella, porque lo que la conforma exige una mirada aguda y horizóntica, de otro modo, nos arrasa y nos lleva en su tropel dado-dándose, al que ocupamos necesariamente  aprender a dar sentido.

martes, 21 de abril de 2020

Miedo Absoluto. La oficina como campo de concentración y la empresa como forma de exterminio. José Luis Trueba Lara (México, Taurus, 2013)



Hace tiempo, escuche esta conversación y la explicación sobre las formas de convivencia en el espacio laboral me llamó la atención, recordé los ambientes de trabajo por los que he pasado (soy jubilada en educación superior, y ahora peleo al Estado mi liberación, quien sin fondos para el retiro, me retiene pese a que ya cumplí mi compromiso laboral).  Recordé esa angustia de salir de mi cubículo, o de mi salón, ese temor de saber o vivir algo desagradable.  Me interesó la idea de “culpa de quien sobrevive” así que busqué el libro por mar, cielo y tierra, -está agotado- y lo encontré de segunda mano en Mercado Libre y esperó más de un año, no sé si por la dureza de las afirmaciones ahí encontradas o por mi falta de tiempo. En fin, lo logré...
¿De qué trata? Sin hacer una reseña, -no se me da-, diré que inicia con la discusión sobre la formación universitaria, la cual, al parecer, orienta a los alumnos, por modos de ser-hacer-pensar propios para un estado de sobrevivencia en el mundo que les tocó vivir.  Para este autor, terminar la universidad exige una gran inversión de tolerancia, paciencia, estrategias, pero muy poca disciplina académica, ¿triste ideas verdad?  Diría intolerables a nuestros oídos de maestros.
Como padres, como maestros, insistimos ante los niños, adolescentes, jóvenes, que la educación profesional es la puerta del desarrollo, del progreso, de la solución los problemas de autosuficiencia, de libertad, de sentido, prosperidad, pero leyendo a Trueba Lara, esto se derrumba, uno se adentra por un mundo de ideas que desmantelan estas creencias, para darnos cuenta de otra realidad, cuyo sello profundo consiste en una formación profesional de formas sofisticadas que les prepara para un mundo miserable, donde seguir “vivos” se vuelven una meta concreta.
Me ha quedado claro el título “miedo absoluto”.  
Ahora siento el miedo de reconocer a una juventud, -lo fui y lo entiendo mejor-, preparada en el infortunio diario de la vida escolar  (se aprende a sobrevivir a los docentes, las materias, los contenidos, a negociar,  y finalmente egresar) para luego incorporarse al mundo laboral, al que se equipara con un “campo de exterminio”, lugares donde progresan los más adiestrados para permanecer sobre los otros, donde se vale de todo, pues lo que importa es ser líder y no ser parte de los procesos de aniquilación, de achicamiento que viven los conformistas, los que no dan el 110% que exige la empresa.  
Por desgracia, en esos espacios, no todos pueden ser líder,  no  existe ese lugar prometido para todos y de pronto, la grandeza que soñamos para nosotros mismos es postergada, arrasada por privilegiar prioridades básica, y finalmente, es confinada, a un sin-lugar,  que propicia estados de toxicidad emocional, que envenenan los espacios, de los que queremos salir huyendo, pero estamos atrapados, “sobreviviendo” la vida laboral. ¿Les ha pasado?
Los detalles de esta narrativa son muchos, (Trueba Lara es ameno), describe los espacios, ese sentido panóptico que de todo da cuenta, los mecanismos instituidos que van quebrando nuestra voluntad quedando a merced de los dictados del poder de los “nuevos campos de exterminio”.  Lo mejor es leerlo y cada uno situarse en estos planteamientos.
Como educadora, situarme frente a la idea de que la educación (habla de la universitaria, pero yo diría que se trata de la educación en general), es la antesala de tal situación me preocupa.  Nos va contando, como la escuela, va llenando la cabeza de los alumnos con ideas que le hacen pensar que un día determinado será un líder, un ganador,  un ser superior que lo puede todo; y que esto se logra debido a que  en vez de una formación culta, crítica, responsable, se instala un “culticidio”, es decir, en una serie de “creencias”, una sensación de que se sabe, se conoce, de manejar ideas mínimas que le dan un saber absoluto, por tanto, en todo tiene razón, no siente necesidad de argumentar con solidez, de profundizar, al contrario, con suma soberbia y arrogancia, desde un saber-enano por decir menos, puede alcanzar esa supuesta excelencia prometida y quienes no se muevan en esta lógica, son catalogados como mediocres, desadaptados, a quienes hay que bloquear, detener, impedir sin miramientos, la ruptura del equilibrio. Dice Trueba Lara: “Los enemigos, obviamente, son aquellos que impiden que se cumplan los objetivos, los renegados de la fe empresarial... ellos tienen que ser asesinados simbólicamente para que los peores puedan sobrevivir y el campo de exterminio alcance sus metas.”   Definitivamente aterrador.  Pero no está lejos de la realidad.
Simultáneo a este culticidio, se conforma un “adormecimiento ético”, desde el cual, pueden suceder las situaciones más despreciables, esto es, se trata de una educación minimalista, arrogante, simplista, en la que subyace un adormecimiento de valores y enfatiza otros desde los cuales se puede hacer cualquier cosa como el chantaje, manipulación, coerción para alcanzar ese fin prometido de ser “líder” sin importar sobre quien haya que pasar.
Esta lectura me confronta.  Como educadora ¿Qué tanto he contribuido a este estado de cosas? Pues diré, -como tablita de salvación para mi conciencia-, “no lo sabía, no lo había pensado desde este lugar”.   Quienes nos dedicamos a la educación, formados sobre todo en el normalismo, tenemos instalados conceptos idílicos de todo, del alumno, de la escuela, la familia, del maestro, de la educación, y con idílico quiero decir, que se tratan de ideas que devienen de un “deber ser” que nos dicta cómo funciona todo y de ahí no nos podemos salir, así, sabemos cómo se aprende, cómo tiene que ser relación del padre con la escuela, el maestro con los niños, cosas de esas, y se nos dijo tanto, lo repetimos tantas veces, que así como el universitario, quedamos programados y movernos de ahí es de las cosas más difíciles por resolver en el campo educativo.
Para empezar, pienso en nuestro “culticidio pedagógico”.  ¿Desde qué saberes, experiencias, conocimientos vivimos la docencia?  Existe un discurso instituido que contiene toda la verdad que necesitamos, con éste, respondemos todo, no dudamos, estamos seguros en nuestro ser y hacer docente con cierta arrogancia e insensibilidad a la real-realidad.  Estamos en serios problemas.
La lectura de José Luis Trueba Lara sobre la formación de las juventudes, de la conformación de las nuevas generaciones, es un lectura que necesitamos los educadores y con gran urgencia.
Termino diciendo, que el título del libro me sigue afectando, la verdad si deja una sensación de “miedo absoluto”.  Miedo porque me lleva a preguntar ¿Qué personas estamos formando? ¿Sobrevivientes? Estos, que como afirma nuestro autor,  -y otros que necesito leer-, llegan a sentir una culpa, esa de disfrutar de los placeres del éxito, porque  llega el día de las cuentas, y se siente “la culpa de sobrevivir”. 
Este es otro asunto interesante, hasta el momento yo conocía la versión de Víctor Frankl, quien nos cuenta, que solo sobrevivían aquellos que se preocupaban por el otro, lo cual les daba un sentido de vida, y aquí me entero, que existe otro mundo de autores que narran lo que se vivió en los campos de exterminio como Esther Cohen, que abordan cómo se sobrevive a la barbarie, como hay un mundo de narrativas de personas que no pueden superar esta culpa y se suicidan.
Bueno, queda mucho por hacer, pensar, sobre todo, para contrarrestar este terrible “culticidio” alojado en mí, y en el que he estado atrapada... cuando menos ya le puedo poner nombre, porque lo peor es ser ignorante de tantas cosas, que no por no saberlas, no suceden.
A leer a Trueba Lara, lo he descubierto recientemente y tiene ideas interesantes, diferentes, y sobre todo, pertinentes.  Ahora tengo en espera: “La patria y la muerte. Los crímenes y horrores del nacionalismo mexicano”.  Haber en qué nuevas inquietudes me adentro...

lunes, 20 de abril de 2020

La muerte del prójimo. Luigi Zoja. Traducción: María Julia de Ruschi (Argentina, FCE, 2015)




No se me da reseñar libros, pienso que cada lector necesita la experiencia que le sea posible, y narrar su encuentro con el autor, contar el movimiento de ideas provocado, el sentimiento desplegado frente a esa escritura, los pensamientos propios explorados. Entonces, siendo congruente con esta postura, les cuento.
Tendré que plantear primeramente la idea central que de acuerdo a mí, Luigi Zoja (psicoanalista jungniano, pero no lo sé realmente), desarrolla en este libro.
Inicia con la premisa judeocristiana de “Ama a Dios, y ama al prójimo como a ti mismo” y con ella, viene la idea de que si amamos al “otro” como uno mismo, se honra a Dios, lo que produce un equilibrio ético, moral, que aporta un sentido de justicia a la difícil convivencia humana.
Así, se ama a Dios desde el amor al prójimo, idea que aportó dos pilares centrales reguladores de la vida en sociedad.  Sin embargo, a finales del siglo XIX, Nietzsche gritó a los cuatro vientos que Dios había muerto, haciendo tanto ruido que se nos cayó el techo encima.  La muerte de Dios dio pie a pensar que la grandeza divina, podía soportarla el hombre contemporáneo, quien ahora, podría tomar cualquier decisión, y para empezar podría decidir si creía en una “presencia supra humana” o no, que llevó a considerar la religiosidad como opción, como libre albedrío, dejando la fe, la creencia religiosa al ámbito personal; desde ese momento, creer en Dios se tornó un asunto más de tipo personal, que social.
Sin embargo, Zoja hace un paréntesis para decirnos que pese al creciente poderío del hombre en la construcción del mundo demostrado en el desarrollo en todo sentido, esta necesidad de lo divino en nosotros, no desapareció, y dio lugar a que este lugar, lo ocupara el mismo hombre, quien por sus pensamientos, sus obras, su fuerza, podía elevarse como  una celebridad, una deidad, y por tanto, ser tan inalcanzable como Dios, un humano, a quien sus banales imperfeccionas podían perdonársele, y desarrollar ciegos de amor, un  culto a su personalidad.  Así, con la muerte de Dios, terminamos adorando a persona de carne y hueso, quienes elevadas a un modelo de perfección, se tornaron los nuevos ídolos por adorar. (Me recuerda a alguien en este preciso momento de nuestras historia política).
La necesidad de honrar al prójimo, igual que Dios, se ha desvanecido, ese otro cercano se nos desfigura por  la fuerza de diversas circunstancias que se concatenan para que en la medida en que avanzamos por la historia, por el progreso, nos alejemos irreversiblemente unos de los otros, aprendiendo a convivir de modos diferentes, al grado –dice Zoja-, que cada vez nos miramos menos, no tenemos la necesidad de hablarnos, y menos de tocarnos, de sentirnos cerca uno del otro.
No cuenta que esto se ha venido dando por el mismo desarrollo de la humanidad, como una especia de paradoja, pues entre más nos apoyamos en le técnica, en la ciencia, para eficientar nuestras vidas, más nos tornamos almas separadas, en habitantes solitarios de un mismo aquí-ahora, distantes y ajenos entre sí.  Así, el prójimo, ese otro cercano, a quien antes se amaba para amar a Dios, y por ello, inspiraba compasión, se le tenía consideración, se desvanece progresivamente.
Para esta explicación aporta diferentes ejes de reflexión, por ejemplo, habla de cómo la evolución de los objetos que nos rodean ha contribuido sin darnos cuenta, por ejemplo, el libro, que antes de nacer de una imprenta, era copiado a mano, y por ser tan pocos, la lectura se vivía en colectivo, se estaba juntos en el aprendizaje.  Hoy, al tener un libro para cada quien, leer se torna un acto personal, y más, si es libro electrónico, afirma, se descontextualiza de su autor; de este forma, va describiendo las formas de comunicación que hemos desarrollado, la manera en que ahora nos transportamos, en cómo nos organizarnos, etc., y cómo en cada una, vamos pasando de un estar-juntos a un estar-conmigo.
El libro es interesante, ameno, describe a detalle estos sucesos, y poco a poco vemos como esta idea gregaria del ser humano, se transforman en un estar solitario, hasta concluir que “el prójimo” agoniza. Leerlo me hizo evocar en los cambios que ha tocado presenciar. Vengo de mediados del siglo pasado, donde recuerdo el uso del primer teléfono, sólo para una emergencia, haciendo la llamada en la tienda del barrio, o él teléfono público, hasta tener la versión móvil normal para todos, cuando en realidad pasaron años en este proceso de instalación de una tecnología que cambio para mí una forma de vida. 
Recuerdo que antes, salir de casa, era no saber unos de otros, durante esa ausencia, se iba a la escuela, al trabajo, a una fiesta, y solo se sabía la hora de salida, y de llegada. Hoy, el móvil nos da comunicación instantánea.  Así mismo, recuerdo hacer mis trabajos escolares en la primaria, secundaria a mano, hasta que llegó la máquina de escribir primero mecánica, más adelante eléctrica, que fue superada por la computadora, que igual sufrió grandes cambios en sus softwares y hardware en un década; cambios que hoy hacen mi vida muy diferente a la que vivió mi madre por ejemplo, y que han vivido mis hijos, y sé vivirán mis descendientes en los años que vienen.  Estos cambios definitivamente, influyeron en nuestras formas organizarnos, de sentirnos, de pensarnos.
Pero, me ha quedado cierta resistencia a la idea de que el concepto de prójimo agoniza, que unos para los otros estamos perdiéndonos, extraviándonos, alejándonos sin remedio, que la paradoja avanza. Zoja termina su libro preguntándose si podemos amarnos como prójimos aún en esta época: “¿Se puede amar verdaderamente o sólo conocer a quien a está lejos? ¿Y el sólo conocimiento me permite al menos ser justo? Todavía no hay nada que lo demuestre” (p.137)
Y me ha dejado pensando, preguntándome si en verdad los cambios aportados por la ciencia y la tecnología tienen este costoso valor para la fraternidad humana.  Más que nunca estamos intercomunicados, interconectados, tenemos la información más insólita al pulso de unas teclas, podemos llamarnos y mirarnos desde cualquier parte del mundo, podemos reunirnos por video y ara tomar decisiones de todo tipo en tiempo real.   Entonces, en estas nuevas circunstancias ¿Qué formas de encuentro humano estamos desarrollando? En estas formas de relación a las que vamos entrando sin pensar, y a las que el ritmo de la vida nos adentra con la mínima resistencia ¿Cuál es la manera de reconocer al otro, de qué maneras nos solidarizamos unos con otros, cómo amamos al prójimo?, ¿Sucede o ya no?
No pude evitar pensar en Michel Maffesolí, quien considera a esta época como un momento de transición entre lo moderno y lo que viene –Posmodernidad le llama–  y que en ella todo está en proceso saturación, de transfiguración, en una experiencia de cambiar en diversos órdenes, ante lo cual necesitamos estar atentos, porque se está gestando una forma de socialidad organizadas por parámetros diferentes a los que hoy nos regulan.  Afirma que las personas, quienes viven de otras formas la cohesión social, orientadas más por una informalidad que responde a sus deseos, a sus compromisos momentáneos, a reglas que se construyen al día, y sólo buscan satisfacer en lo individual o bajo el efecto un acuerdo del momento, que sea eficaz, útil pero que responde al ritmo de la vida que se existe.  Esto es, se practica un estar-juntos, que nace del desear compartir algo ya no por la tradición, la regla o ley, sino porque quieren hacerlo, porque les interesa, lo desean, y aunque son colectivos temporales tienen fuerza y suceden, por ejemplo, ir a un partido de futbol, estar en un mitin de apoyo, asistir a una fiesta, una reunión musical donde aflora ese placer de hacerlo porque se quiere.  Hoy la gente vive un estar-juntos que nace de un deseo, y dura lo que el deseo, mismo que nace, de algo profundo, escondido en los subterráneos de la conciencia, por ejemplo, esto podría explicar cómo, hoy día, por el avance de la técnica, una cantidad determinada de personas se organiza por Whatsaap para ir a un centro comercial y asaltarlo, o están listas al llamado de robar gasolina en un depósito clandestino, etc., son llamados a la organización guiados por deseos profundos de la gente, quien a la primer señal, deja todo y se dispone a ser parte de un colectivo emergente, que así como se organiza, desaparece.
Definitivamente estos modos de ser-estar-juntos posmodernos planteados por Maffesoli, perturban el concepto de colectivo que mi generación tiene, quienes guiados por conceptos ordenantes esperamos que todo suceda como “debe” suceder,  por reglas claras, y desde ellas, seguimos esperando que la familia funcione como antes, que las instituciones que conocemos continúen haciendo su cometido, cuando en el mundo posmoderno, se ordenan de otros modos.
Con la lectura, pienso  que sí, estamos frente a seres humanos formados en un tiempo-espacio social que nos lleva a constituirnos de formas subversivas, que resisten el deber ser moral y social, y que buscan un nuevo ordenamiento, aún no definido, que está en construcción y que dependerá mucho este equilibrio entre razón y pasión. Dice Maffesolí que hoy somos guiados por el vientre, por lo emocional y que se necesita arribar a una ética-estética, es decir, una capacidad de autorregularnos unos entre otros, sin perder la chispa pasional, siempre orientada por una socialidad.   
Hasta aquí todo va bien, da esperanza, pero, leyendo a otro autor, Trueba Lara, “Miedo Absoluto” me enfrente a la decadencia de nuestras instituciones y la capacidad de formar una ciudadanía con esta ética-estética y es ahí, donde vuelve la incertidumbre. Trueba Lara plantea que estamos en medio de una generación cuya formación se nutre de una “sabiduría de quincalla"; así llama a la paupérrima educación que cada vez más ordena la mente de la infancia, de los jóvenes, una educación que adormece el sentido ético, y que lleva a normalizar todo, donde priva el deseo de competir y destronar al otro.  Me hizo pensar que estamos en medio de una generación que no puede leer los desafíos de su tiempo, que no puede pensar en los nuevos problemas, y por tanto no tiene estrategia para avanzar frente a los retos del tiempo actual; cada vez, esa formación de quincalla, nos empobrece, impide reinventarnos, nos coloca en estado de sobrevivencia, donde soy primero yo, y después el otro, el prójimo, no importa.   Y llegando a esta idea, Luigi Zoja, tiene razón.  La idea de prójimo, agoniza.
Pero yo diría que no agoniza solo por el avance de la técnica, por los cambios en nosotros que produce, sino porque tal vez, no hemos sabido conservar ese amor al otro no importe que nuevo invento se dé.  Pienso, y esto me da esperanza, que si aprendemos a usar el Internet, las redes sociales, las nuevas plataformas de enseñanza, la nube, que se yo, todo eso que ahora no rodea, buscando los modos de impregnarlos de la esencia humana, si somos capaces de “estar-ser”, en todo lo que hagamos en estos nuevos contextos virtuales, el prójimo no se nos pierde de vista, nos acompaña, lo acompañamos.
Somos las personas, nosotros mismos, lo más complejo y retante de explorar, de conocer, se necesita hacer un trabajo de auto-encuentro, y autorregular nuestras emociones, pensamientos, sentimientos como afirma Victoria Camps.  ¿Podremos hacerlo? Es aquí cuando la educación necesita revisar sus prioridades y evitar a toda costa, que se siga difundiendo esa “sabiduría de quincalla”,  esa formación-basura, que en nada ayuda.
Bueno, el libro de Zoja cumplió su cometido, quedo inquieta, preocupada, cuestionada como educadora, preguntándome sobre este gran problema irresuelto de la formación humana. Un terreno siempre poroso, informe, magmático  cuyo centro de reflexión somos nosotros mismos.
A leerlo y a vivir sus propias reflexiones... buen libro. Creo que seguiré con un tercer libro que tengo de este autor: PARANOIA, ya les cuento.