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domingo, 22 de noviembre de 2020

¿A quién leer, por qué y para qué? Alfonso López Quintás aporta una estrategia.

 

Alfonso López Quintás. El arte de leer creativamente. Editorial Stella Maris, 2014. Versión Digital.


Cuando vi el título de este libro, sentí curiosidad sobre “este arte de lectura creativa” Siempre he defendido la lectura, y como profesora de primer grado (y de adultos también),  durante años me esforcé en formar lectores apasionados por las ideas de otros.  Por ello, he buscado forma de enseñar a leer y escribir mediante un uso creativo del lenguaje escrito, para no construir resistencias a la escritura, la lectura (y a los adultos, profesores, los sitúe ante infinidad de textos para explorar ideas y pensar mejor nuestro mundo).   

 Me asomo a mi experiencia, me veo en mi soliloquio lector y pienso, siento, que no he logrado mucho.  Ahora mismo vienen a mí recuerdos de mis alumnitos de primer grado, quienes iniciaban el año (aún tengo que aclararme por qué) en niveles presilábicos, y poco a poco iba logrando su movimiento, hasta verles escribir, leer como se esperaba, sin embargo, cuando se trató de fortalecer la lectura, y los situaba ante textos llenos de vida, vi como esta habilidad lectora se paralizó.  Por ejemplo, me recuerdo entre ellos, de mesa a mesa invitándolos a leer un extracto de “Lilus Kikus”, llevándolos a pensar-sentir la metáfora de las uñas emitiendo rayos de luz para leer por la noche, pero al dejar un lado del salón e ir al otro, al voltear ya los niños dejaban de leer, es decir, solo leían en mi presencia, bajo mi solicitud, pero no continuaban, por tanto, la lectura profunda, la que cambia la vida, era difícil de impulsar.   Y de mi experiencia con adultos, no vi a todos titulados, la lectura era fundamental para lograrlo.

 Me pregunto con preocupación sobre esta resistencia a la lectura (sé que hay sus excepciones), pero ¿Por qué  solo algunos y no todos? leer es una habilidad que abre las ideas, aleja de los dogmatismos, enriquece en todo sentido a las personas, favorece la toma de decisiones, da cultura, postura, sentido de vida.  

 Como afirma un apasionado de la lectura, Alberto Manguel, al leer se recrea el libro en nuestras manos, leemos desde nuestra experiencia íntima, desde la necesidad de explorar dudas, de atender deseos ocultos, pasiones no confesadas, que son solo de uno y la comprensión que se logra, ese florecimiento de ideas, emociones, es muy personal; cada lector responde al libro desde un lugar tan propio, y al hacerlo se ve transformado, por ello, “leer” es un verbo, que cobra vida, sólo frente a un sujeto que “quiere” leer. Y he aquí la pregunta ¿Se quiere leer? ¿Se siente el llamado del libro que nos susurra “tengo respuesta a tus misterios”? Y si leemos ¿Qué leemos?...

 He escuchado, (algunas veces) a personas decir “Yo me leo 30 libros al año” y yo,  me volteo hacia mí misma y me pregunto ¿Y yo por qué leo tan pocos? Hasta he sentido vergüenza de promover algo que hago con tanta lentitud, pero por suerte, el mismo Manguel me ayudó a comprender esto, pues dice que no todo libro está escrito para ser leído por todos, que uno va reconociendo qué y cuándo, que tiempo dedicarle a ese proceso de autotransformación que ofrece el libro seleccionado. Sentí alivio.  Yo leo un promedio de 10 libros hondamente significativos para mí, al año, y para atender exigencias laborales, otro tanto tal vez, pero esos no cuentan, son  más índole instrumental. Y tal vez, siendo consciente de mi lentitud-apasionada por un libro determinado, buscando la manera de leer de un modo más creativo y eficiente dado el eterno problema del tiempo, me acerqué a esta obra de  López Quintás, ¿Qué encontré?

 Es un libro interesante, nada instrumental, pues en el trasfondo de la obra se percibe la necesidad de formar a personas sensibles, que encarna los valores más excelsos para guiar su vida, que sale de sí hacia los demás desde un amor responsable en busca del encuentro creativo con los demás, y nos explica una teoría de cuatro niveles de desarrollo:

·       Estamos en el nivel 1, cuando todo lo que nos rodea, se asume como medio para un fin concreto, todo se cosifica, y lograda la razón instrumental de su existencia, se desecha.

·     El nivel dos, por el contrario, lo que nos rodea conforma “ámbitos” es decir, son realidades que brindan opciones, y podemos tener posibilidades de interrelación amplia con los  otros, y lo otro que nos rodea, permitiendo el desarrollo de nuestras potencias más creativas.

·     En el nivel tres, tiene ver la conciencia de un ideal que guía la vida, ideal enriquecido por valores fundantes de la vida en armonía  como la belleza, la bondad, la justicia, la unidad.

·    Y el cuarto, encontramos un fundamento trascendente (me pareció religioso) para sentirse religado con la humanidad desde un fe que se encuentra con algo más allá de lo terrenal, esa Unidad con Dios.

 Y pues hasta aquí todo bien… todo fundamento que nos hable de ser mejores personas, de superación desde los argumentos que se tengan, son válidos.  El problema es encontrarnos con esos niveles al revés, que marchan de manera contraria y de los cuales también habla y llama “vértigo”, esto es, que del nivel uno, vamos en caída, siendo personas egoístas, mezquinas, envilecidas por el ideal de dominar, poseer y disfrutas al cualquier costo. Y este es el PROBLEMA, (de lo cual no habla) porque nuestra época se caracteriza por una ruptura, por la decadencia de instituciones que no tienen la fuerza y fortaleza para regular las nuevas emergencias de subjetividad humana.

Nos invita a leer obras como el Principito, Juan Salvador Gaviota, Obras de Shakespeare, El túnel de Sábato, Poesía, escuchar música, etc., anotando la estrategia de situar el contexto de la obra, reconocer el sentido del autor, aprender el mensaje que no aporta. Ver a las obras como la integración de diversos niveles de realidad, no reducirlas, sino verlas como  ensamblajes de varios ámbitos, que dan lugar a un sinfín de interpretaciones dependiendo de quien lo lee.  Qué necesitamos provocar esta relación de encuentro con los textos, buscar escritores que no describen objetos, sino que nos ponen en presencia de realidades abiertas; autores que no sólo narran hecho sino que tejen tramas de vida, relaciones de encuentro humano. Con todo esto, definitivamente concuerdo, pero sigo preguntando:

¿Cómo hacer que se quiera leer? ¿Cómo tener esta actividad en un lugar de prioritario dentro de la vida cotidiana de cada uno? ¿Cómo convencer de que la lectura es una actividad que nos transforma?

 Soy maestra, y no tengo respuestas. Creo que el nivel uno del desarrollo humano que describe este autor va ganando la batalla formativa,  y que por tanto, cuando terminamos viendo a los demás como un medio para nuestros  fines más inmediatos, la capacidad de preguntar por lo que ocurre, las consecuencias de lo que hacemos, de la emociones complejas que nos embargan y llevan actuar en la inmediatez, sin tener ideas sobre el futuro, queda empequeñecida, y entonces terminamos sin preguntas íntimas, sin  una conciencia que nos alerte, sin sentido de vida, sin ver la como  ámbitos relacionados unos con otros… Por tanto, no tenemos preguntas, y sin esas preguntas íntimas, no buscaremos ese texto que nos aporte respuestas para continuar.

 Si perdemos día a día esta capacidad de preguntar sobre el sentido de nuestra vida, si nos vamos extraviando en la banalidad, en el presentismo, el placer del ahora, entonces esa lectura en la cual fundirse para abrevar de los sentidos de los autores que nos narran experiencias importantes que puedan dar luz a nuestra vida, no se dará. 

 El libro es bueno, lo recomiendo, hace pensar en la importancia de crecer, de aprender de los escritores, y si bien el método es interesante, pero no ahonda en el severo problema de estructuración de la subjetividad humana de estos tiempos.  Hay que seguir apostando al poder de la lectura, buscando respuestas sobre nuestra falta de deseo de leer.

 Por el momento aquí dejo la liga, ojalá se sientan invitados a leer los argumentos y estrategia de este autor, que no conocía, pero me ha parecido interesante.

 


sábado, 3 de octubre de 2020

Hugo Zemelman Merino: El pensar histórico como necesidad humana.

 


Escribir sobre el pensamiento zemelmaniano es una tarea compleja pero definitivamente, desafiante.  Soy educadora, mi campo de trabajo se vincula con lo que Zemelman llama “movimiento del sujeto”, ya que la educación en su sentido paidéico tiene que ver con estimular el desarrollo de lo potencialmente contenido en cada uno de nosotros.  Así, que toda mi vida profesional he tenido que ver este problema largamente abordado por Hugo Zemelman Merino, de quien comprendí que el reto de asumirse como sujeto,  y decir sujeto es comprender que somos puro despliegue de uno mismo,  como el afirmó en otro de sus añorados libros, somos “existencia y potencia”.

Hace exactamente hoy 7 años de su ausencia física, y como cada año lo menos que puedo hacer es agradecer el aprendizaje sobre el poder de mi despliegue bajo la calidez de su obra.  Para esta fecha, pensé abordar su último libro, “Pensar y poder, razonar y gramática del pensar histórico”, que adquirí en  2012, y que leí en su mayor parte, pero con este eterno problema de no terminar los libros por falta de tiempo por no tener como única ocupación la lectura y la escritura (que me encantaría), lo revisé en un 75%, y hace un mes lo retomé para atender este reto anual de hablar de él, pero como sé reseñar libros y por otro lado, es sabido que sus libros no se pueden reseñar, solo se pueden leer para pensar en tiempo presente, he decido, escribir sobre una idea central de su obra “el pensar histórico”, aclarando que lo hago desde mi lugar de a pie: como educadora.

Zemelman especialmente en esta obra (pero presente en todos sus libros), se refiere a una forma de pensar histórica en las personas de carne y hueso como ustedes y yo misma.  ¿Qué quiere decir con esto? ¿Por qué desde que percibí el significante de esta idea quedé invitada desde mi hacer-docente a impulsar esta forma de pensar? tanto en los adultos que llenaron mi aula, como los “peques” entre 6 y 7 años con los que trabajado los últimos años. La Epistemología del Presente Potencial es un bien histórico para todos (aún recuerdo la carita de un niño que me decía ante un ejercicio ¿va estar difícil como los otros? Y yo le dije, “lo harás bien, sólo tienes que pensar y hacer lo que se necesite desde lo que sabes” esto porque se trataba un ejercicio no para repetir lo sabido, sino para usar lo que sabía en algo nuevo. He querido llamarle pedagogía del límite, algo que tengo pendiente, pero mis alumnos de maestría conocen bien de lo que hablo,  creo que siempre se sintieron en su límite…)

“Pensar histórico” tiene que ver con forma de pensar que pretende reconocer la  “presencia de lo históricamente necesario”, esto es, que situados frente a la real-realidad, la verdadera, esa que nos aporta evidencias, síntomas, ante la cual crece una  disconformidad que permite considerar la trama de los sucesos, las inercias personales o sociales cuya marcha no aporta dignidad humana, y da lugar a un NO, a una resistencia, pero no como reacción, sino producto del esfuerzo de problematizar, de reflexionar, reconocer y comprender  “eso” que molesta y  percibiendo lo que excede los límites de esa situación, lo que está en la penumbra esperando potencialmente sus desenlaces, preparándonos para enfrentarlos.

En palabras zemelmanianas, radica en tener conciencia de lo “dado-dándose” porque en lo que está por darse urge poner la mirada, estar atentos a esos múltiples desenlaces del acaecer presente donde estamos situados inexorablemente y la mejor parte, es que nosotros tenemos una participación, pues somos creadores de esa realidad que nos importa, y podemos, desde nuestra cotidianidad, como sujetos de a pie, dar un giro a la historia.

Por tanto, “el pensar histórico” es la capacidad de asomarse y asumirse, de trascender al propiciar que un simple acto de pensar deje de ser limitado, que no se conforme con un pensamiento que solo prediga el destino, sino que sea capa de su rompimiento, de lo que parece inexorable en el largo tiempo.  Ayuda a situarse en lo “dado-dándose” y tan visión nos reclama tener proyecto que impulse lo potencialmente necesario, esto es, atender lo que apenas está por “nacer” en la historia y es mejor social y humanamente hablando.

Entonces la pregunta que sigue es ¿Cómo impulsar un pensar histórico dejando de lado es pensar determinista de la realidad? Aquí se encuentra en meollo del asunto zemelmaniano, y por ello, desde mi perspectiva está muy vinculado a la educación.

Hace poco hablé del valor del concepto de crítica en Hugo Zemelman, pues al plantearla como “forma de razonamiento capaz de referirse a la potencialidad de lo dado”, nos lleva a preguntarnos por nuestra formación, por nuestro “movimiento como sujeto”, un movimiento subjetivo, pues en la medida en seamos capaces de movilizar nuestros estereotipos, rutinismos, ideologías, todo atributo social que nos constriña y limite, nos modele, seremos capaces de construir un distanciamiento con respecto a la realidad presente, la cual dejaremos de ver como estructural y sin posibilidad de modificarla.

Por tanto, si nuestra formación se asume como movimiento, como esfuerzo atento a nuestros límites, viviendo el desafío de avanzar hacia estados subjetivos capaces de ir al ritmo del movimiento de la realidad, hablaríamos de una dialéctica entre el  ajuste-desajuste de  lo que somos  frente a nuestra circunstancia.  Zemelman a esto le llama “autonomía del sujeto” con lo que quiere decir, que podemos reconocer las múltiples condiciones que nos definen, limitan, y al ser conscientes del afuera, al comprenderlo, podremos nuestro atrapamiento en las estructuras instituidas, siendo capaces de pensar en lo que está más allá esperando por nosotros para ser potenciado.  En palabras de Castoriadis quiere decir “reconocer mi autonomía en la heteromía” o como decía Sor Juana “…si porque me vez encerrada, me tienes por impedida, para estos impedimentos, tiene el efecto las limas”.

Por tanto, necesitamos aprender a “colocarnos”, en el momento histórico, aprender a leer la realidad como una articulación de tiempos y espacios, abrirla respecto de los límites, percibir sus fuerza hegemónicas, así como lo que sigue en la penumbra de lo histórico.  Esto no sucede por voluntarismos, por un deseo ingenuo, sino por una formación cuidadosa, que atiende formas epistémicas del pensar histórico, que muchas veces son mutiladas por la educación convencional. Se trata de educar al sujeto reconociendo su propia historicidad, verlo como movimiento que se despliega hacia sus oportunidades futuras, que se están forjando en el presente, esto nos exige a los maestros, tener una mirada horizóntica sobre la formación de nuestros alumnos, preguntarnos por lo que potencialmente pueden ser en un tiempo por venir, sin someterlos a encajar con un perfil muchas veces ajeno a las necesidades históricas de la realidad que urgen potenciar, en la que ellos, serán los responsables.

El pensar histórico  por tanto, es una capacidad que nos permite “acechar los objetos” de la realidad en palabras de E. Bloch, lo cual, nos coloca en fuertes desafíos para impulsar esta capacidad, enfrentando ésta de quedar atrapados en las inercias instituidas.   Por ello:

-Necesitamos situarnos en la realidad, “colocarnos” y en sus límites ir tras inédito, lo cual no se detecta por un acto de voluntarismo, sino por contar con una capacidad de lectura de la realidad, que exige lenguaje, la capacidad de teorizar para nombrar con conceptos pertinentes lo que sucede en tiempo real.

-Disposición y capacidad para desplegarse como sujeto a partir de un para qué e influir en la construcción de ideas que visualicen y muestren lo que excede a la realidad presente. 

-La creación de proyectos desde el cual se  aborde lo potencial de la realidad, que implica asumirse como “ámbito de sentido”, tener necesidad de expandirse con la fuerza que una visión horizóntica capaz de nombrar lo que ve en la lejanía, pero no en la imaginación, sino con la fuerza de los datos que aporta la misma realidad.

Bueno, esto algo de lo que sé sobre la Epistemología del Presente Potencial, y que me adentro por ideas sobre la docencia  que me han movido de esas otras de corte técnico e instrumental.   Ahora, puedo hablar sobre el   “pensar histórico”,  que más que un dato duro, tiene que ver una sensibilidad, una necesidad de ir en la cresta de la realidad socio-histórica como responsabilidad.

Sé que yo misma necesito explicar-me este tipo de lenguaje.  Leyendo a Zemelman por algunos años, no acabo de aprehenderlo, y entiendo que así necesita ser, que su lenguaje epistémico, cada vez que lo visito, estimula el pensamiento, no lo cierra.  Y siempre favorece el deseo de volver a escudriñar los misterios de su lenguaje epistémico.

Estando en esta lectura por algunos años, me he hecho de un cúmulo de palabras que enriquecieron mi decir, que ampliaron “mi gramática del pensar”, creo.  Hoy, sin estas palabras no puedo hablar de cualquier situación; con Zemelman aprendí a no definir, a no cerrar ideas, a tratar de situarme en el caos, y desde allí, pensar en posibilidades horizónticas, abiertas al tiempo de la real-realidad. Haciendo esto, he sentido que he perdido a muchos conocidos (no puedo decir amigos, se hubieran quedado conmigo) con esta forma de pensar, hablar, de escribir, se contradice lo que se espera de mí, esas ideas puntuales, definidas en el corto tiempo arrojando resultados, y eso no lo puedo hacer más… intento tener un pensamiento histórico, sé que es una gran tarea autoimpuesta, haber convivido con este gran pensador latinoamericano, me ha dejado esta responsabilidad. 

Pues no se diga más, a continuar en ella, es una necesidad humana, por tanto, histórica.

  

domingo, 6 de septiembre de 2020

La “crítica” tiene diferentes acepciones ¿Cuál es la propia? Les cuento mi opción...


Conversatorio: la pedagogía crítica ante las problemáticas educativas contemporáneas.  https://www.facebook.com/watch/?v=1771063779718399&extid=GBmceAel3QTLddeL


Por los años 80s, nos llegaron y consumimos teorías que dieron cuenta de un cierto modo de nuestra realidad, y tal manera de interpretarla, orientó una actitud de denuncias y plantear férreas defensas y solicitudes para transformar el mundo que se sentía tan injusto.  La idea de "crítica" en esos momentos tomó un sentido revelador, denunciador, y por consecuencia, luchas en defensa de lo social por medio un plural activismo en diferentes ámbitos, lo sexual, las mujeres, los marginados, el ambiente, etc.  Vengo de esa forma de pensar, como hija de esa formación me afilié a  esas ideas, y como muchos, en nuestro campo, le llamamos, "pedagogía crítica", de la cual me empapé y pude trasmitir  como docente.  

Hoy, al tiempo, me pregunto  ¿qué nos dejó? sinceramente, algún cambio debió darse, pero a la larga, seguimos padeciendo esos problemas, algunos, de manera más intensa.Por fortuna para mí (y no sin dificultad), a mediados de los 90s, fui adentrándome por otras ideas “La epistemología del Presente Potencial”.  Confieso que fue un horror entenderle algo, pero fui terca, disciplinada, y creo que por el 2010, me fue quedando cierta claridad en esos sentidos teóricos (que me llamaban a pesar de la dureza de ese lenguaje tan ajeno a mi formación empobrecida como docente de escuela primaria).

¿Por qué insistí? ¿Por qué me atrajo algo tan complejo? Recuerdo una frase de Bachelard, que decía que cuando uno insiste en una obra, es porque esas páginas, nos conciernen, tienen que ver con lo que uno desea, y venciendo mis ignorancias, descubrí que con esas ideas, podía asumirme como sujeto, es decir, saberme atrapado en un mundo hecho, pero en ese espacio que me tocaba habitar, existían un espacio infinito para mi auto-realización.

Y con este "saber-no-sabido", continué  y poco a poco dejé de hablar de la hegemonía como la culpable de todo, para comprenderla como el mundo que tocó vivir, ese que se me impuso al nacer, donde mi tarea sería conocerlo, entender a qué estaba sujetada para aprender a "soltarme" de esas estructuras tan determinantes e injustas. Comprendí el poder que tiene responder preguntas como éstas ¿Qué mundo vivo en tiempo-real? ¿Qué realidades se están dando y hacia dónde van? ¿En cuál de ellas  puedo insertarme y desde mi ser, pensar, hacer la puedo re-orientar hacia sus futuros? En pocas palabras, en este enfoque, uno mismo dado su conocimiento y sensibilidad, es el creador de la historia posible reconociendo su ámbito de intervención en el dado-dándose; uno necesita hacerse de la fuerza para reorientar esos sentidos anómalos que irrumpen la socialidad. 

Soy profesora, he trabajado con niños enseñando a leer y escribir desde formas diferentes empeñada en provocar nuevos caminos didácticos en este campo, porque "eso" está en mi ámbito de acción y sé que se necesita, que nuestra infancia necesita estas herramientas para enfrentar su futuro, lo cual no ha sido fácil, pero igo buscando modos de seguir con esta tarea.  

Como formadora de docentes, igual, he buscado diferentes maneras de provocar la “apropiación de la práctica”, de que los alumnos a mi cargo, vivieran una “pedagogía del límite” donde experimentaran la provocación de buscar dentro de sí mismos ese poder para hacer lo que parece no puede hacerse, pero que sienten es urgente, y así, apasionados con su propio movimiento formativo, vivan una pedagogía que que provoque a su vez el movimiento subjetivo de sus alumnos, desde su propia movilización. que aporta un “goce oceánico” retomando a Freud.

Por tanto, el sentido que le demos a la crítica que usamos, tiene  mucho que ver en lo que terminamos haciendo.  No es lo mismo una crítica denunciante del sistema de cosas que nos rodea y alimenta un activismos ingenuo, a esta idea “forma de razonamiento capaz de referirse a la potencialidad de lo dado”(Hugo Zemelman, en Problemas Antropológicos y Utópicos del Conocimiento, COLMEX, 1996, p. 47), la cual nos invita a mirar el horizonte de eso que nos preocupa y reconocer sus diversos sentidos abiertos al futuro, así podemos decidir en cuál insertarnos desde lo que somos y sabemos hacer.  De esto trata la Epistemología del Presente Potencial, un enfoque donde el sujeto social es el protagonista de la historia.

Este conversatorio sin duda es un gran esfuerzo, todo es útil, aporta, pero, escuchando con atención, sentí esa vieja idea de crítica denunciante, que moviliza en pro de derechos muy justos, pero que están inmersos en estructuras determinantes de todo tipo tan complejas y difíciles de vencer con denuncias, proclamas, marchas, plantones, que no dudo influyan en algo ¿pero cuánto dura ese cambio?

Pero si nuestra idea de crítica nos lleva a abrir, revelar dónde estamos inmersos, qué fuerzas nos gobiernan, y nos inducen a modos de ser y pensar,  sabremos cómo enfrentarlas, aprenderemos a visualizarlas como fuerzas que se mueven hacia el horizontes, y que no tiene un solo modo, que existen opciones, así podremos optar, situarnos adecuadamente, y hacer aquello que nos remonte en ellas mismas, haciendo todo lo que nos sea posible para modificar sus nefastos desenlaces.

Ha pasado el tiempo, tengo en la obra de Zemelman más de 25 años.  Invertí mucho tiempo para comprender el mensaje formativo de la propuesta zemelmaniana, y sigo haciéndolo porque en este enfoque se va comprendiendo esa frase tan dinámica “la historia se hace desde la cotidianidad”, y cuando queda claro, cuando se nos revela la responsabilidad histórica que tenemos y descubrimos desde dónde la podemos vivir, viene este reconocimiento de asumirnos como "ámbito de sentido" desde  lo que nos apasiona hacer, para influir en las fuerzas determinantes de la historia en que nacimos, pasando por ellas dejando nuestra huella.  En nuestro caso, como docentes tenemos una invaluable trinchera: La educación. 



sábado, 29 de agosto de 2020

"Buscando caminos para hacerle frente al desconsuelo.”

enfrentar el desconsuelo 

La templanza y el silencio discriminante.  Emma León Vega 

En: Virtudes y sentimientos sociales para enfrentar el desconsuelo.  Emma León Vega (Coord) Sequitur-UNAM, 2012.  www.crim.unam.mx  › Muestra Virtudes y sentimientos 

En este escrito, se habla de la desgracia, del desconsuelo, del dolor humano que nos invade cuando algo se nos arrebata, cuando  sentimos la crueldad de la adversidad sin que esté en nuestras manos controlarla y ahí, se entiende que dolor, el sufrimiento, parece ser una  condición sine qua non  de los humanos por vivir en un mundo inhóspito que produce sufrimiento, que no es por tanto, constitutivo, nos agota, nos devasta y extravía a lo largo de nuestra vida.

Las desgracias no nos faltan, nos asaltan, y sentimos una desesperante angustia que nos atraviesa, y nos hunde en la más profunda desesperanza, al grado de volvernos a ajenos, extraños hasta para nosotros mismos.  En esos momentos, se siente el peso brutal de la existencia, clamamos y queremos huir de ella, pues todo en lo que creemos se disuelve, el dolor es tal, que nos  apesadumbra, y sentimos soledad, abandono.  En situaciones así, se busca su cese, que pare, se detenta ese desconsuelo, donde lo que sí se sabe es no se puede más  vivir en esa experiencia que lastima en lo más profundo del ser y cuando se toca este punto, se sabe que es el punto del retorno, que urge salir de esa experiencia.

Para hacerlo, dice Emma León que no contamos con remedios simples, fáciles que puedan ayudarnos a salir de ese desconsuelo tan imposible de seguir habitando. Pero nos habla del poder del llanto en estas situaciones, que llorar es una expresión sentida y genuina del dolor humano que permite el desahogo, ayuda a exteriorizar el drama; cuando se llora, los otros, experimentan una movilización de sus propios sentires, y por un momento, se disuelven los límites endurecidos entre las personas, y el llanto del doliente, les hace partícipes de su dolor al evocar  su dolor propio, entonces lloramos juntos, creando un momento de encuentro (recordé el libro de Bucay, “El camino de las lágrimas” ahora tiene más sentido).

De este modo, el llanto, tiene el poder de licuar las emociones, (sin negar la posibilidad de manipulación y del chantaje de lo que hay que estar atentos), pero nos avisa que ese llanto surge desbordado, desordenado, por lo que es necesario trabajar ese lado unificante que se siente cuando lloramos juntos.  Atestiguar el llanto, exige un auto-dominio de la persona en aras del bien común, dominio que se logra mediante el control de las emociones e impulsos que el llanto del otro despierta en uno mismo y para lograr tal estado,  nos habla de la importancia de rescatar una virtud humana presente en todos: la templanza.

A esta  virtud, debemos nada menos que la capacidad de atemperar los actos y expresiones que se advienen ante los pesares, atemperarse, impiden dejarse arrastrar desenfrenadamente por el sufrimiento. Como puede verse, esta virtud humana, si bien es una luz que lo sombrío de estos tiempos, cuyas fuerzas depredadoras arrasan la vida social dejando tanto dolor, encarnarla, darle vida, no es fácil, nos reclama el ejercicio de una responsabilidad que funja una como chispa que propicie hacer “algos” ante el  sufrimiento de los otros y el propio.

Esta responsabilidad deviene de una ética que vuelca en acciones sinceras, necesarias, sin simulaciones ni falsas empatía.  El dolor del otro tiene la cualidad de invocar en nosotros generosidad, amor, bondad, compasión, misericordia, piedad, es decir, se siente una inclinación nata de hacer el bien, solo porque “se sabe” que urge hacerlo, sin esperar nada a cambio. Esto se fundamenta en la ética levinesiana, quien plantea la presencia de un imperativo de responsabilidad  esencial respecto de otro ser humano,  quien inspira y demanda no ser abandonado en su soledad, a no quedar indiferente, pues su presencia es “aquí estoy”, y su asunto, nos importa por lo que nos vemos instados a reconocer a los más desafortunados, restaurando desde nuestra posibilidad lo perdido, ayudando a recuperar la firmeza y el aplomo que falta.

Restituir lo perdido, enfrentar el desconsuelo y las circunstancias que lo provocan sólo puede hacerse si se pone en movimiento el contacto humano en medio de la adversidad, desafiando la soledad que se gesta a pesar de las grandes interconexiones que más que apoyar, generar ruido, distorsiones de sentido, distracción provenientes de otros hombres y mujeres que viven situaciones tal vez tan desgarradoras o más que las propias, que al encontrarse aumenta la angustia y lleva a un deshacimiento de uno mismo, que separa más y más, aísla, provocando miedo, terror generalizado.

En tal situación actuar con templanza produce salidas al sufrimiento, propio y ajeno que hereda todo desastre; la templanza, este “saber atemperarse”, autorregularse en medio del dolor que en ese momento domina la mente provoca un bienestar propio y minimiza la fricción provocada por tal crueldad.   Un estado de dolor extremo, produce relaciones que infectan a los otros y en nada ayuda a la socialidad, en esos momentos se necesita aprender a tornar ese sufrimiento en una experiencia útil y en vez de aislar, separar, pueda reconectar a las personas, y en esta transformación radica el reto.

Alcanzar tal autorregulación de sí mismo en medio de la desgracia más devastadora, aprender a contener el dolor de manera constructiva nos va a exigir cambiar nuestra idea de comunicación, que por lo general, entendemos como trasmitir un mensaje a otro, y en este caso, trataremos de construir un silencio discriminante.

Atemperarse, exige hacer pausa, auto silenciarse en medio del “ruido de uno mismo”, de comunicarse hacia uno mismo, eso que se está sintiendo. Emma León le llama “comunicación apofática”, que no se orienta hacia afuera, sino hacia uno mismo para escuchar las voces internas reconociendo las propias emociones, sentimientos, calmándolos.  Este acto frente al otro doliente, permite situarse menos exaltado ante las voces externas, ante el rostro del otro, ante sus lágrimas y necesidades.  Este comunicación apofática ayuda a “negarse expresar la interno”, a silenciarse para discriminar los ruidos del afuera, para escuchar quitando lo que estorba, para comprender mejor lo sucedido.  Este silencio de uno mismo, es un distanciamiento del afuera que aquieta y ubica  frente a la tragedia del otro, y se da prioridad al dolor del otro, desde el dolor propio, que auto postergado, comprendido, más consciente, se torna entonces un dolor útil.

Encarnar, vivir en esta capacidad de templanza de nuestro propio dolor frente al dolor de los otros, permite no responder con emociones desbordadas, para dar lugar a la escucha, y ayudar al otro que reorganice el desbordamiento de sus emociones, que perciba las resonancias de su desconsuelo y pueda hacer algo constructivo ante él.  Esta capacidad de atemperarse, de silenciar el dolor propio escuchándolo, pensándolo, permite a su vez, escuchar, hablar, sentir percibiendo en tiempo real, las llamadas de auxilio, el llanto del afligido, se pueden entonces cuando menos llorar con él, emergiendo de nosotros, aquellas palabras que construyen vínculo, comunidad.   

Ser templado, volverse sobre sí, callar lo que se siente discriminando las voces del afuera cuando todo se nos descontrola, será una forma de situarse frente a otros, quienes como nosotros sufren, pero atrapadas en el pesimismo, despojadas de su aliento, exaltadas emocionalmente, se ven lanzadas hacia emociones negativas que rompen romper lazos de socilialidad, a destruir cuando la urgencia es aprender a volverse sobre el sufrimiento de uno mismo, y ser capaz de sentirse en el sufrimiento en el otro como responsabilidad intransferible solo porque somos humanos.

Indiscutiblemente, estamos frente a un tipo de ética con validez universal, la cual no tiene reglas codificadas explícitas, sólo se viven sin seguir un decálogo dado.  Por el contrario, es una ética que resulta de la decisión de cada persona, quien comprende y asume lo que “sabe” le concierne.

Y en esto último me detengo, me queda claro esto de atemperarse, de volverse hacia uno mismo y autorregularse y en este autocontrol, volverse parte de los otros con responsabilidad; y puedo ver este modo de ser, no puede ser impuesto, ni objeto de sanción frente a situaciones de desconsuelo social, que solamente puede ser vida en el terreno mismo del amor al prójimo, cuando somos auténticamente sensibles a las desdichas de los demás, a quienes nos acercamos sin avasallarlos  con el dolor propio,  un dolor que igual nos amenaza con desquiciarnos, pero atemperados, practicando ese silencio discriminante del afuera, somos capaces de ofrecer en esos momentos lo más valioso, compañía, hospitalidad, una mano fraterna… pero me pregunto con un dejo de incredulidad  y angustia ¿realmente sentimos este llamado tan íntimo y a la vez tan social de dar consuelo al más desvalido que nosotros?, más desvalido porque ha perdido el control y es arrastrado por los pesares que lo invaden.

El mundo al que arribamos es inhóspito, duele la primera bocana de aire, nacemos llorando. Desgracias de todo tipo nos acechan sin poder controlarlas, son sistémicas, propias de cada época de cada ethos social. En tales atmósferas se sobrevive, se aprende a sobrellevar los pesares a veces sobresale esta capacidad amorosa entre los humanos para prodigar apoyo, pero ¿Cuándo esta capacidad es ocultada por el aumento fatal de la indiferencia qué sucede?  Esta virtud llamada templanza es esperanzadora, necesitamos conocer más de ella y desde el ethos familiar practicarla, volverla una práctica social, de otro modo, puede ocultarse en el fondo de nuestro ser, necesitándola tanto.

Practicar la templanza en tiempos de desconsuelo definitivamente no es un mero deseo, exige tener la convicción de aprender a tornar el sufrimiento personal en una experiencia útil, y como afirma Emma León, tiene que ver con librar una gran batalla en el interior de uno mismo, de “trabajarnos” hacia adentro,  buscando y encontrando lo mejor de nosotros y así relacionarnos con  los otros y el mundo para crecer y orientarse mejor.  Somos portadores de un cúmulo de potencias por descubrir, escuchar, y trabajar pacientemente, para como afirma Emma León, volcar “…sobre todos aquellos que están, siguen  y seguirán, como nosotros, buscando caminos para hacerle frente al desconsuelo.”

Releí este texto (lo revisé hace años), invitada por esa idea tan conocida de la empatía "ponerse en los zapatos de otro" y después de revisarlo, sigo pensando que es fácil pronunciarla, gritarla, regodearse en ella, termino pensando que se torna un placebo para nuestros malquerimientos inconscientes.  Leyendo, pensando estas ideas sé que sólo me acerco a mayores problemas de nuestra condición humana, pues ser empático, amerita practicar la templanza, idea que tiene mucho acercamiento a la resiliencia,  "aprender de los problemas",  sólo que aquí aporta más elementos para comprender por qué no se práctica como deseo, sino que emerge de la autoconstrucción de una ética que emerge al buscar dentro de uno, nuestras mejores potencias (Zemelman igual tiene mucho que aportar), en fin, estoy metida en un laberinto de ideas, de cual espero salir algún día, por el momento a terminar, "El monstruo en el otro", donde por lo que he leído, lo malo que veo en el otro, son resortes oscuros de uno mismo, que el otro con su presencia activa... interesante, ya les contaré.

enfrentar el desconsuelo



martes, 23 de junio de 2020




Las fuentes de la vergüenza (Sociología clínica) (Spanish Edition ...

Estamos en la vida.  Un día nacimos, no lo pedimos, sólo nos abrimos paso hacia la vida hasta construir conciencia para vernos inmersos en un mundo hecho, al cual necesitábamos –por sobrevivencia-, adaptarnos, y continuar con el milagro de existir con una durabilidad desconocida.
Indiscutiblemente, ya veníamos con una alquimia genética única, ya éramos seres listos para desplegarnos en nuestra diferencia, sólo que en medio de otros que nos reclamarían “volvernos iguales” y ser parte de la comunidad, socializarnos, aprender los usos y costumbres, para sentirnos y hacerles sentir que somos de ellos y con ellos.  Es decir, nacimos con una doble responsabilidad, por un lado, existir en el tiempo, tan abierto, tan abismal de sentidos posibles encontrándonos a nosotros mismos, y por otro, vivir la batalla diaria de coexistir con los otros.  Como le escuché a Antonio Damasio, el fin de la vida es la felicidad... ¡Menudo problema en el que estamos inmersos y de por vida!
En este libro, Gaulejac sostiene que la estructuración de nuestra subjetividad, de quien somos-siendo, tiene dos grandes ejes, por un lado, mucho le debemos a los fenómenos sociales en lo que estamos inmersos desde el nacimiento, los contextos, el afuera se intercepta con nuestra vida hasta definir y condicionar en gran medida nuestra personalidad, carácter, sentido de vida, y a la vez, esta constitución interior forjada desde el afuera, se torna una fuerza que actúa sobre uno mismo en el proceso de existencia. A estas dos vertientes de estructuración de la subjetividad, nos impulsan o nos detienen, Gaulejac les llama “irreductibles sociales y psíquicos”, los cuales, se nutren uno al otro y son indisociables. 
Entonces, somos producto-producente de mundo.  La dimensión social actúa sobre nosotros dando lugar a pensamientos, sentimientos, deseos, sentidos, sufrimientos que devolvemos a lo social, nuestro mundo interior, nuestro psiquismo, crea a su vez, más realidad.  Por ello, los sucesos sociales son definitivamente “socio-psíquicos”, esto es, todo lo que acaece socialmente es el resultado de decisiones humanas, y lo que le sucede al humano en su interior, tiene raigambre social.
Esta dialéctica, lleva a pensar en la importancia de pensar en la salud psíquica de los sujetos, quienes irremediablemente, en su coexistencia con los otros, creamos el mundo que habitamos todos.
¿Qué pasa si en el mundo en el que nos tocó nacer no es favorable a nuestro desarrollo? ¿Qué nos sucede cuando crecemos en medio de carencias de todo tipo, entre violencias diversas que humillan, denigran, lastiman el amor propio? ¿Qué daños psíquicos se adquieren cuando crecemos en un mundo que no consideran las necesidades infantiles y se impone una realidad que desgarra la imaginación, la voz propia, el sentido de dignidad? 
Definitivamente son preguntas complejas, que me traen la reflexión de Freud sobre lo que denominó “Malestar de la Cultura”, donde se libra esa batalla de socializarnos, de educar nuestro sentido de placer con el que nacemos para educarlo y adoptar el criterio de realidad, y así volvernos parte del mundo social, lo cual tiene que suceder con el menor costo de sufrimiento posible ¿Pero si esto no sucede con el cuidado que se amerita? ¿Qué nos sucede? ¿Cómo terminamos como seres sufrientes sin herramientas para salir de él? ¿Quiénes sí lo logran?
Vincent de Gaulejac, interesado por el sufrimiento humano, se adentra por él, desde este sentimiento llamado “vergüenza”, definitivamente es un sentimiento doloroso y sensible, del que no se quiere hablar, que engendra silencio y un repliegue sobre sí mismo, que empequeñece, hunde en un profundo dolor existencial.
A través del análisis de varios casos de personas con grandes sufrimientos, va abordando este problema aportando ideas como estas:
“La vergüenza es perturbadora, causa malestar y uno prefiere evitarla.  El silencio que la acompaña no es sólo producto de la dificultad de hablar de ella, sino que depende también de la resistencia a recibirla”
“...cuando la vergüenza mora en nuestro interior nos sentimos inútiles, incomprendidos, desvalorizados y solos. Intentamos disimular la vergüenza a cualquier precio... pensamos que hablar de la vergüenza no sirve de nada, que nuestra existencia está vacía y no presentar interés alguno.”
 “La vergüenza y el secreto se hallan indisolublemente ligados...”
“El sentimiento de inferioridad es una herida narcisista profunda...herida que modifica la relación con los padres dos planos, el de la culpabilidad   y el de la vergüenza.
 “Si la vergüenza es indecible es porque el sujeto trata de disimularla, pero también porque no sabe qué le pasa y no sólo no lo comprende sino que tampoco se anima a hacer las preguntas que le permitirían saber.”
“La vergüenza es el desamor de sí mismo, es pensar que uno es malo en el fuero interno...Se trata de desplazar la responsabilidad del nivel individual al nivel social: las personas no son malas ”
“La vergüenza contamina la totalidad de la existencia”
“La vergüenza se instala porque es indecible.  Es indecible porque hablar de ella implicaría poner al día cosas inconfesables y correr el riesgo de ser uno mismo desaprobado.”
“El sujeto teme las situaciones que podrían revivir la herida. Evita las situaciones, tiende a aislarse, a replegarse sobre sí mismo, a cortar toda relación para no correr el riesgo de revivir una violencia semejante.”
“La vergüenza es la consecuencia de una humillación...el desprecio, la invalidación que sufre el individuo producen una reacción psíquica, una huella que persiste aun cuando la humillación ha cesado y ya no tiene razón de ser.”
Las historias de vida analizadas, son solo unos cuantos casos, que llevados a procesos de teorización, revelan que encauzar la vida psíquica es un problema nodal de la sociedad.  Este trabajo nos dice que finalmente, que nadie está exento de este sentimiento, pero que algunos, o tal vez muchos, lo sobreviven en medio de grandes sufrimientos.
Las personas crecemos en medio de diversas violencias, por ejemplo, analiza el caso de la pobreza extrema, que lleva a la  mendicidad, a la estigmatización, dependencia, pérdida de dignidad, deshumanización confusión. Una situación de este tipo, impide la realización del sujeto, no puede ser lo que puede ser, se trata de un sufrimiento destructivo, de un mal-estar originado por una falta de confort, la miseria duele en el cuerpo, daña moral e intelectualmente, la herida desde el exterior, humilla, y las consecuencias hacia el exterior pueden ser fuertes violencias en una agresiva necesidad de salvaguardar la dignidad.  “Recuperar el orgullo se sí mismo es fundamental, probar que uno vale tanto como cualquiera.”
O tal vez, se han padecido violencias físicas,  psicológicas o simbólicas y ante ellas se ha reaccionado en función de la propia historia, pero no ha se podido evadir que la vergüenza se instale en su interior, así, lo real social actúa sobre el funcionamiento psíquico reorientando, dando lugar a un inconsciente donde se enquistan experiencias humillantes, que movilizan afectos y emociones.  ¿Qué tan graves son? Dependerá de la capacidad del sujeto para librarse de ellas, de tornarlas experiencias retadoras de vida, de impulso que alienta al individuo a existir como sujeto, por lo que tendrá que enfrentarla, y aprender a dominar sus pulsiones y aceptar los valores de la comunidad social.
Para ello, necesita comprender de qué manera su pasado le afecta, cómo ha actuado sobre él, tendrá que mostrarlas, sacarlas del anonimato, definir qué parte corresponde a las determinantes sociales y cuál a las determinaciones psíquicas.
Gaulejac, plantea la necesidad de que el sujeto diferencie  la causa y el efecto, lo interno y lo externo, lo que viene de los otros, lo que concierne al proceso de desvalorización que ha padecido y lo que concierne al conflicto intrapsíquico que lo desgarra,  sabrá cuando tiene reacciones defensivas, repliegues, actos de fuga como el alcoholismo, drogas, burla, orgullo, y sabrá que tiene una historia real, que no la puede cambiar, pero sí puede transformar el vínculo que mantiene con ella, así, podrá sustituir las emociones inhibidoras por una expresión liberadora. La vergüenza no debe ser tragada, hay que mostrarla, simbolizarla por diversos medios, y ya en el lugar de la conciencia, utilizarla como impulso para ser sujeto.
Los caminos para encontrarse con los orígenes de nuestras vergüenzas están sembrados de obstáculos, dudas y sufrimientos, no es fácil, y la razón es que se trata de una tarea personal, pero íntimamente enraizada con los demás, si bien uno sabe lo que le ha ocurrido en la vida, para comprender nuestra vergüenza, se tendrá que arribar a cómos, cuándos, quiénes  están implicados y las afectaciones y consecuencias que esto tiene. Desprenderse de la vergüenza es un trabajo delicado, necesitará de reconquistar la historia familiar, discernir entre lo verdadero y lo falso en las relaciones consigo mismo y con los demás.
Como afirma Gaulejac, se trata de “Poner palabras allí donde la vergüenza genera silencio es desarrollar la capacidad de simbolización, operar una restauración de las historia, lo cual tiene por consecuencia una verdadera reconstrucción biográfica.”
Por tanto, hacer una confesión, y comprender que hacer esto que sucede no solo le sucede a uno, sino que se inscribe en un momento social, en una situación determinada y que si uno se creía único frente a tal sufrimiento, se da cuenta de que los semejantes viven situaciones que hablan de violencias compartidas, que ellos también han sido confrontados y humillados, y que el hecho de hablar de ellas, lejos de reforzar la vergüenza, la vuelve a colocar en su lugar, como una experiencia existencia entre tantas otras.  Entonces, se trata de reconocer que:
1º la vergüenza es un sentimiento moral provocado por la necesidad de adaptarse a las exigencias de su ideal para sentirse digno de estima, que cuando no lo logra, se siente indigno, su autoestima se ve perturba, y siente vergüenza.
2º la vergüenza es un sentimiento existencial, que hablar de ella, desnuda, revela la intimidad de cada ser, la subjetividad profunda.
3º que es de carácter social, que somos miembros íntegros de una sociedad, donde se afirma la singularidad y sentido de pertinencia con prudencia o con sufrimiento.
 Estos reconocimientos, logrados por diversas vías o estrategias (escribir u otra forma de expresión –cantar, componer, teatro-,  hacer una novela familiar, hablar en grupos de ayuda mutua) favorece el reencuentro con nuestras posibilidades, remontar por la vergüenza hacia momentos de crecimiento, siendo conscientes, que esos episodios dolorosos no desaparecen, pero que nuestra relación con ellos ahora, en vez de humillación y achicamientos, son motores de impulso que dignifican y orientar para retomar el desarrollo personal, como un acto de “resiliencia”, recordando las ideas de Boris Cyrulnick.
El autor termina reflexionando, que la idea de la vergüenza es histórica, que no es lo mismo sentir vergüenza en el mundo antiguo, en la edad media o en la actualidad, que las fuentes de la vergüenza en su naturaleza social hoy día están marcadas por la exigencia del culto a la excelencia, y que hoy, la vergüenza de no tener los méritos para competir por el mejor trabajo, no dar ese máximo que el exterior solicita, nos hunde en procesos de vergüenza que nos llevan por caminos de sufrimientos diferentes, estamos frente a una “ideología de la realización de sí mismo” que produce ansiedad, estrés,  ser exitoso en todos los registros, físico, sexual, psicológico, profesional, social, etc. Un ideal difícil de alcanzar, generador de una vergüenza latente.
Un libro interesante, confrontador, leerlo conlleva pensar en las propias vergüenzas, y como afirma, poner en relieve lo que se oculta, duele.  Yo agregaría que a parte de sus recomendaciones para sacar lo que nos humilla del anonimato, está la lectura, leer conlleva un diálogo con las ideas del autor, y esas palabras que se dialogan son buscadas dentro nuestro por la fuerza de la idea del autor, que actúan como lámparas que se asoman a nuestro inconsciente e iluminan esas zonas de las que sin saber, no queremos hablar, pero ahí están, mostrándose, afectándonos, doliéndonos cuando menos lo esperamos...
Libro recomendable para quienes nos dedicamos a la educación (y a vivir nuestra vida).  ¿Cuántas veces sin darnos cuenta, hemos generado una violencia verbal, actitudinal, y hasta física que pudo humillar a nuestros alumnos?  ¿Verdad que hablar de ellas no es nuestro deseo inmediato? Sentimos vergüenza de nuestra vergüenza... Pero, como afirma nuestro autor:
“Más vales convivir con las propias vergüenzas, las imperfecciones, las bajezas, sin pretender elevarse demasiado. Así no se corre el riesgo de caer y uno se preserva del riesgos de avergonzar a quien sea.”

Y bueno, siempre, un buen libro lleva a otro.  Hace tiempo había iniciado éste, pero entre el tiempo que lo inicié y terminé me hice de otro del mismo autor: “La historia que heredamos”, ahora enfocado a invitarnos a reconocer en nuestra historias “herencias” que tienen que ver, lo que somos.  No se si siga con él, si lo termine en este tiempo, sólo diré que es igualmente interesante. 

La historia que heredamos eBook: De Gaulejac, Vincent, Del Nuevo ...

Aquí una entrevista interesante, no habla español, pero tiene subtítulos.

martes, 26 de mayo de 2020

"Para volver a vivir, es preciso no pensar demasiado en la herida."



Boris Cyrulnik. Los patitos feos. La resiliencia. Una infancia infeliz no determina la vida. Traducción de María Pons Irazazábal. Edición digital, abril de 2013, Penguin Random House Grupo Editorial,S.A.U. Barcelona.

Ya casi al final de su libro escribe: “Cuando la herida está abierta, la negación es una tentación. Para volver a vivir, es preciso no pensar demasiado  en  la herida”  y terminé el libro con cierta angustia.. ¿por qué?

Habla de niños y cuando digo niños, pienso en mis hijos, pienso en la enorme cantidad de alumnitos que han pasado por mi vida y yo, por la vida de ellos y me que preguntando: ¿Tuve esa frase, esa acción, esa actitud que mis alumnos, mi hijo, mi hija necesitaban y les ayudó en su autotransformación, a orientarse hacia una mejor de versión de sí mismos pese a la adversidad que percibieron alrededor suyo?

Y es que hay tanto que puede lastimar a un niño; desde su presencia en un contexto adverso, pues como leí en el libro, a veces “...volver a casa no es volver a la dulzura del hogar...” sino a un lugar de agresión que tortura hasta la médula, o dejar llorando a nuestros hijos porque vamos al trabajo, y se sienten igualmente abandonado, y aunque no son las mismas causas, afectan... y así, en esos pequeños o nefastos actos, se da el proceso de adaptación que los niños necesitan en la vida social, y a veces, no lo hacemos bien por miles de razones y se les van  abriendo heridas, dejando huellas mnésicas de un sufrimiento, que si no se trabaja bien, traumatiza (pensé en mi propia historia infantil), y sí, así sucede... en la infancia vivimos heridas que dejan cicatrices, huellas de un sufrimiento que a veces aparece y otras no como bien dice ““Una herida precoz o un grave choque emocional dejar una marca cerebral y afectiva que se mantiene oculta bajo la reanudación del desarrollo"... Ahí sigue, pero depende entonces de los procesos de resiliencia para continuar, no quedar paralizados.

Boris Cyrulnik se pregunta ¿Por qué en el hombre un determinismo ha de ser una fatalidad? esto es, ¿eso que nos pasó en la infancia tiene que determinar un destino de desgracia, de dolor intermitente en cada etapa de nuestras vidas? Y a lo largo de su libro, va dando una serie de reflexiones, argumentos muy sólidos para ayudarnos a comprender que si bien existe un pasado doloroso, somos un proceso, y que seguimos construyendo vínculos con los demás donde podemos encontrar a otros que nos ayuden a mirar dentro de uno mismo y a invitarnos a continuar con nuestro desarrollo, pero ahora desde la fuerza que nos aportan los propios recursos internos en medio de los externos (los que hubiese).  El problema, es que esto depende (y aquí mi angustia de madre)  si en la primera infancia estuvieron rodeados de padres firmes, capaces de aportarles seguridad, confianza, le llama él "un buen apego", contar con recursos externos sociales y culturales favorables.  En su libro, va describiendo cómo son estos procesos "resilientes de la primera infancia, les habilita para experiencias adversas, les ayuda a poner en actos sus estrategias para trabajar lo que les afecta y construir un relación más sana para su desarrollo personal y social.  

Divide el libro en dos partes, "La oruga" y "Metamorfosis", en la primera nos hace ver cómo los niños pueden ser resilientes desde sus primeros meses y la segunda, como, quienes tuvieron esta posibilidad, pese a que vivieron fuertes agresiones, fueron lastimados (hay tantas formas desafortunadamente: agresión física, psicológica, sexual, el abandono, la miseria, la guerra, tantas...) , en medio de esa adversidad, pueden guardar un deseo de amor, lo fraterno del encuentro,  y dejarles "rescoldos de imágenes tiernas" que se les instalaron en algún momento de una caricia, en el buen trato, y que eso resurge y les puede salvar la vida. Estos rescoldos, son una matriz de resiliencia, que se torna en seguridad de sí mismo para no victimizarse y hacer algo para aprender de su dolor, trabajarlo y dignificarse así mismo transformándose, moviéndose, continuando con la vida desde sus mejores opciones.  

Boris Cyrulnik, va insistir en que quienes nos dedicamos a convivir con niños que tratemos de relacionarse de un modo más empático con ellos: “Ya no se trata de hablar de degeneración cerebral, de paralización del desarrollo en un nivel inferior, de su regresión infantil o de inmadurez, sino más bien de tratar de comprender la función adaptativa momentánea de una conducta y la reanudación de su evolución, que es posible cuando han propuesto guías de resiliencia internos y externos adecuados.”

Y esto, invita, como padres, como docentes, a pasar por la vida de ellos, siendo esa persona que a veces sin saber lo que les ha pasado, seamos alguien que escucha y favorece la continuidad de su vida, la que le toca sortear en las buenas y en las malas, desde sus propios recursos, pero con dignidad y valentía.

Me quedé pensando... creo que he hecho de la lectura una elemento de resiliencia en vida... pues como dice nuestro autor, cada uno construye las formas de metamorfosear sus traumas... Me ha encantado este libro, y pienso que es una lectura obligada para padres y maestros, sé nunca es tarde, pero como me hubiese gustado leer esto, cuando nació mi hija y cuando me hice madre de un hermoso niño que no nació de mi cuerpo, quien llegó a mi vida a los 4 años, cuatro meses, algo herido, lastimado, y me duele pensar si fomenté ese apego que paliara y le ayudará a continuar su desarrollo, que en ese momento venía algo disminuido, pu caminar en la vida. No lo sé, pero siempre le he dicho, y hace poco, ya en los 22 años, le vuelto a decir que si bien no nación de mi cuerpo, nació de mi corazón y que haga lo que haga, siempre será mi hijo, y que nunca dejaré de insistir en un  "amor responsable" hacia él. 

Pienso que Boris Cyrulnik debería escribir sobre la adopción de niños con sus "almas heridas", es toda una experiencia llena de incertidumbres, y necesita padres resilientes, definitivamente. Dios, en medio de mis ignorancias espero haber hecho bien mi tarea de madre... y si no, el camino sigue para continuar, para tratar de mejorar... Es un libro que ayuda a ver la vida como camino, así, que a seguirle.

Quedo invitada a continuar con: "Las almas heridas" y "La psicoterapia de Dios"... Ya los tengo listos.










miércoles, 13 de mayo de 2020

La patria y la muerte. Los crímenes y horrores del nacionalismo mexicano. Una lectura reveladora que todos necesitamos.


José Luis Trueba Lara. Grijalbo. Edición Digital, julio de 2019.


Siempre he tenido resistencia a enseñar historia cómo esos hechos apologéticos, realizados por personas con arrojo, heroicas, entregadas a causas sociales, dando su último aliento para salvar las vidas de los demás. Nunca supe la razón de mi resistencia a estas prácticas de adoración irracional, pero como profesora normalista, tenía el deber de transmitir la historia sacrosanta de la creación de la Patria Mexicana, viviendo en el dilema de seguir los avisos de mi intuición, u obedecer ciegamente los dictados de una amor patriótico y fanatizado de la historia oficial.
Aún no sé cómo llegué a esta final de ejercicio docente sin enlistarme en el engaño de la historia patria.  Ahora soy jubilada de una institución superior dedicada a formar profesores (UPN) donde pude hacer crítica a la realidad en la medida de mí conocimiento y posibilidad analítica.  Y aún activa en la escuela primaria, dada  mi orientación hacia la lectoescritura en mi ejercicio docente, mi trabajo siempre se ha enfocado hacia los “peques” de la escuela, y con ellos, las dosis de historia oficial, son apenas perceptibles (bueno, así las hice yo), sólo con un poemita, una lecturita biográfica, unas efemérides, unos coritos, pude salvar la situación.  
Y ahora, estoy frente a un libro (tomé la opción electrónica) que al leerlo me ha llevado por un relato que he de confesar me ha causado “náusea”.  Tardé en su lectura, fue agobiante, duro de leer, no por la teoría, no, es una escritura sencilla, bien argumentada con datos, bien elaborada, pero lo que nos cuenta duele, deja un malestar en la boca del estómago y es necesario ausentarse para procesar las ideas que ofrecen la versión de que nos hemos inventado una historia, una identidad fincada en la negación de lo que somos, en la justificación de los oprobios y daños vividos como sociedad y como personas, para hacer nacer una Patria, una idea de Nación Mexicana que se yergue sobre los crímenes y horrores vividos por tantos y tantos,  quienes quedaron enmudecidos en medio de la tragedia, y sin saber cómo (yo diría que no tuvieron opciones) prefirieron guardar silencio, y se adentraron por esos discursos idílicos que ayudaron a negar y olvidar el dolor,  a negar lo que lastima, quedando como sobrevivientes en medio de estrategias políticas que paulatinamente fueron haciendo un invención que fue validándose a fuerza de repetirla.
En este libro se narra el mito de la revolución mexicana, la vivencia de una década donde privó el  asesinato, robos, ultrajes, violaciones, hambrunas, epidemias, y cómo, quienes se instalaron en el poder, impusieron una visión por sobre la realidad, evitando que las personas contaran sus historias, cómo la construcción de un discurso oficializado, impuesto, pudo justificar lo sucedido, cómo eso indecible, vergonzante, fue silenciado imponiendo una narrativa sobre la revolución como el fenómeno histórico vivido por un pueblo capaz de erradicar al mal gobierno y capaz de instalar otro de corte filantrópico, un gobierno que nace del pueblo bueno y por ello, con justicia para todos y que debía ser debía ser guiado por la magnificencia de sus caudillos, los nuevos mesías, con cuyo heroísmo y sacrificio, llevaban a todos hacia la abundancia merecida.
Hubo entonces una gran tarea para estos nuevos ídolos nacidos de la revolución, la de construir la Patria, y para ello, las ideas de la época, hijas del mundo de comienzos del siglo XX ayudaron, como la idea eugenésica del cuidado de la raza mexicana, (que no solo era parte de la Alemania Nazi, sino una ideal del siglo naciente por lo que vemos), hacer nacer al mestizo con ciertas características que lo hicieran digno de ser mexicano.  Desde este precepto, se realizan políticas de limpieza racial, como alejarnos de otras razas consideradas indignas, como  los chinos y los negros, contra quienes se ejercicio un indecible exterminio; igualmente se buscó alejar las mentes de ideas fanáticas y se vio como enemiga la religión, queriendo imponer una religión en la que se endiosa al héroe (de ahí las masacres de los cristeros), el uso de la literatura, la pintura (el muralismo), la cinematografía, para ideas preconcebidas sobre el deber ser de la mujer mexicana, dulce y sacrificada, santificada, y del hombre fuerte y varonil, macho,  del indio sumiso, y hermoso pintando en los cuadros, negándose a enfrentar al  indio real que aun reclamaba justicia.
La realidad mexicana, el desgarro social, la miseria, la destrucción de lo material y espiritual era ofensiva, no era posible, ya que todo debía adecuarse a los sueños de los caudillos, todo lo que no que quedará dentro de estos parámetros debía extirparse.    Pero, la verdad es la verdad, y por más sueños que se tuvieran por concretarlos, la realidad siempre grita, salta, y asalta. La verdadera-verdad es que teníamos y tenemos una sociedad lastimada, una indiada resentida y olvidada y unos dirigentes que no son dioses, sino personas con ambiciones, emociones, que han jugado el juego del poder, donde todos hemos sufrido las consecuencias, llegando a este tiempo presente, donde a veces nos comprendemos cómo es que hemos llegado a este punto de desorden, desencuentro.
Esta lectura me asomó a un desfile de ideas que cuentan como construimos un nacionalismo surgido de crímenes de guerra, asesinatos, culto a la muerte, pues se aspiró a una religión sin Dios, que llevó a violentar las creencias y fanatismos de la gente y a instaurar un régimen de caudillos, de salvadores de la patria, donde reinaría con los nuevos mexicanos, producto del triunfo de la revolución. Y desde esta imposición de visión, ¿Quién pudo contar esa realidad maldita de muerte, miseria, abusos y enfermedades que se vivió durante más de una década? Todo se apologizó, se ocultó, se deificó...
Y como educadora, pienso en la necesidad de una formación de nosotros mismos, una formación que se preocupe por que el auto-encuentro del sujeto mismo, que se explore así mismo, capaz de ubicarse en su propia historia, haga el recorrido de su vida en la misma vida social, como afirma Vincent de Gaulejac, haga narrativa de su vida personal, haciendo las conexiones con la vida de los demás, que descubra que es quien es en medio del existir de los otros, y que entienda que le pasa, no es un asunto personal, sino que es el resultado de la convivencia, de las problemas comunes, de las formas en que se han resuelto, y cómo ha quedado implicado, interconectado.  Así, sabiéndose parte de la realidad, se esfuerce por ser responsable consigo mismo y tome las decisiones que le permitan ser una versión mejor de sí mismo, la que necesita dado el mundo que le toca vivir.
Considero con preocupación, en qué hacemos los profesores cuando educamos, pienso que es un acto tan idílico como la historia oficial, que soñamos en formar al ser humano que no existe, porque no reconocemos al sujeto real, ese ser humano complejo, desconocido, no tan hermoso ni benevolente como nos han dicho que hay que formar en las aulas.  Los maestros fuimos formados en pensamientos salvadores de almas, en constructores de esa patria que no existe, de personas idealizadas que tampoco están.
Me quedo preocupada, pero a la vez, con la seguridad de ir por el camino de lo real, abriendo brechas, reconociendo a mi capacidad,  acercándome a las verdades que agudizan la mirada, que ayudan a atreverse, a hacer cosas diferentes, sin aceptar todo y quedar esclavizada en el engaño de lo que otros les molesta y tratan de negar. 
Pero la realidad es la realidad..., no se puede disecar, no se puede enlatar, siempre, para fortuna nuestra, se revela; el problema es estar preparados para vivir en ella, porque lo que la conforma exige una mirada aguda y horizóntica, de otro modo, nos arrasa y nos lleva en su tropel dado-dándose, al que ocupamos necesariamente  aprender a dar sentido.